Fragmento:
La niebla comenzaba a arremolinarse en el jardín cuando Evelyn empujó la verja oxidada. Sus tacones resonaron sobre la grava húmeda y la sensación de humedad noturna se filtró por la solapa de su abrigo, como una advertencia de lo que la esperaba dentro. El viejo caserón de los Hawthorne no era para visitas nocturnas, decían en el pueblo, pero Evelyn sentía el impulso de desobedecer.
Duración: 04:09
La niebla comenzaba a arremolinarse en el jardín cuando Evelyn empujó la verja oxidada. Sus tacones resonaron sobre la grava húmeda y la sensación de humedad noturna se filtró por la solapa de su abrigo, como una advertencia de lo que la esperaba dentro. El viejo caserón de los Hawthorne no era para visitas nocturnas, decían en el pueblo, pero Evelyn sentía el impulso de desobedecer.
Había algo entre sus muros que no la dejaba dormir desde su llegada. Un susurro, una plegaria rota entre sueños, la promesa de un secreto enterrado bajo la alfombra raída del salón principal. Colocando una mano sobre la puerta, empujó y la madera cedió con un quejido largo y profundo.
El olor a polvo, rancio y acre, la hizo estornudar, y el eco de su propio sonido pareció multiplicarse entre las paredes, distorsionado, como si se rieran de ella. Evelyn avanzó, deslizándose sobre el corredor alfombrado, guiada por una linterna que apenas conseguía cortar la penumbra. Los retratos de los Hawthorne, colgados a ambos lados, la espiaban con esos ojos negros tan profundamente pintados que eran casi abismos. El aire se espesaba con cada paso, la bruma del jardín parecía filtrarse por las ventanas astilladas y desdibujar los contornos de todo alrededor.
Llegó al salón principal. Allí estaba el piano de cola, aún reluciente a pesar del polvo. Y algo más: en el gran espejo manchado, un vapor difuso tomaba forma. Más allá de su propio reflejo, casi oculto por la niebla acumulada del exterior, la imagen de otra mujer: un rostro familiar, los cabellos oscuros recogidos bajo una redecilla, la boca temblorosa y los ojos reflejando una tristeza infinita.
Evelyn sintió el frío tierno y denso de unos dedos invisibles deslizándose sobre su piel. El reflejo femenino la observaba, pero ninguna de las dos se atrevía a hablar. Recordó entonces los relatos apenas musitados en las esquinas del hostal —la esposa encerrada, el amante prohibido, el ahogo inexplicable una noche de tormenta— y comprendió, sin palabras, que aquél era el eco de una soledad que no se resignaba. El piano emitió un acorde suave, como por accidente, pero Evelyn supo que no había tocado ninguna tecla.
Caminó hacia el espejo. El reflejo se fue solidificando hasta que la mujer, vestida con un camisón de algodón antiguo, pareció habitar realmente la habitación. Evelyn distinguió lágrimas en el rostro de la mujer, y sintió un deseo intenso de consolarla sin saber por qué. Fue entonces cuando todo el pasado comprimido en esas paredes la asaltó: gritos, risas, promesas rotas y el dolor desafinado de una melodía jamás concluida. La mujer alzó la mano, reflejando en el cristal el mismo gesto que Evelyn acababa de hacer.
“¿Por qué no puedo irme?”, susurró la voz, apenas vibrante en el silencio absoluto de la casa.
Evelyn no respondió con palabras. Solo apoyó los dedos sobre el vidrio helado, y sintió el contacto más leve, más allá de lo tangible. En ese momento, la niebla del jardín se arremolinó y penetró con fuerza en el salón, apagando la linterna y sumiéndolo todo en sombras. Un estremecimiento recorrió el aire; las paredes crujieron, y un fuego blando brotó en la cornisa, iluminando el salón con el brillo dorado de las memorias.
La mujer del espejo lloró en silencio, y Evelyn sintió que compartía su condena, cada latido de nostalgia, cada promesa inconclusa. No sabía cuánto tiempo pasó en presencia de aquella tristeza antigua, pero cuando la linterna volvió a encenderse, el espejo estaba vacío y la bruma comenzaba a disiparse.
Al salir de la casa, Evelyn se detuvo un momento bajo la luna difusa. Las lágrimas que sentía en su mejilla no eran del todo suyas. La puerta del caserón se cerró suavemente a sus espaldas, y la niebla de medianoche pareció susurrar un nombre olvidado entre las ramas de los árboles.
En el pueblo, aquella noche, la campana de la iglesia sonó a deshora. Evelyn supo que la historia de la mujer atrapada no había terminado, pero tampoco la suya. Sabía, con un conocimiento helado y absoluto, que hay puertas que nunca deben abrirse… y ventanas que, una vez atravesadas, dejan una marca que ningún tiempo puede borrar.
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