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Portada del relato Ecos entre las Sombras
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Fragmento:


La primera noche, mientras deshacía cajas, sintió el olor. No era el perfume apacible de la madera envejecida, sino un aroma penetrante y delicado a lilas. Miró bajo la cama, apartó las cortinas, incluso bajó al cuarto de baño buscando la fuente floral, pero no la encontró. En vez de eso, la sensación de una presencia se posó sobre sus hombros, fría y húmeda, como una tela untuosa. Pensó —casi deseó— que fuese la mente jugando con ella. El duelo suele disfrazar sus heridas con fantasías extrañas.

Duración: 05:38

Ecos entre las Sombras
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Manuela cerró la puerta del apartamento que acababa de alquilar, sabiendo instintivamente que el aire estaba demasiado quieto. Era un sexto piso en una de esas casas antiguas del centro, techos altos, vigas de madera a la vista y ventanas que respiraban la tarde con resoplidos de vidrio antiguo. Había venido buscando anonimato tras la muerte de su esposo, y prefería el silencio a cualquier compañía. Solo a veces, cuando los ruidos del exterior menguaban, parecía que el tiempo se estancaba entre las paredes, como si el edificio entieramente aguardara un suspiro, un crujido, una actualización de su propia historia.

La primera noche, mientras deshacía cajas, sintió el olor. No era el perfume apacible de la madera envejecida, sino un aroma penetrante y delicado a lilas. Miró bajo la cama, apartó las cortinas, incluso bajó al cuarto de baño buscando la fuente floral, pero no la encontró. En vez de eso, la sensación de una presencia se posó sobre sus hombros, fría y húmeda, como una tela untuosa. Pensó —casi deseó— que fuese la mente jugando con ella. El duelo suele disfrazar sus heridas con fantasías extrañas.

Rindió el cuerpo al cansancio. Las horas se fragmentaron en sueños breves, llenos de pasillos infinitos y rostros apenas recordados. Al despertar, el olor se había ido, pero una silla en la esquina se había desplazado unos centímetros. Manuela dudó, atribuyéndolo a la mudanza, la actividad frenética, el propio olvido. Pero algo animal en su interior la hizo mirar dos veces antes de meterse en la ducha.

Los días siguientes oscilaron entre lo habitual y lo insinuado. Ruidos leves al despuntar el alba: el tintineo de una taza que nunca había tocado, pasos lejanos más allá de las paredes, la melodía susurrada de alguien tarareando en una lengua que no conocía. El aroma volvía en oleadas, a veces tras un suspiro, otras en medio de conversaciones telefónicas o al abrir una ventana.

Una noche, mientras hojeaba un libro en el viejo sillón de orejas, notó que el ambiente se espesaba, como si el aire mismo exigiera no ser respirado. Entonces la vio: un destello en el reflejo de la ventana, apenas un parpadeo, un vestido grisáceo, y un perfil femenino, el cabello apagado por la sombra. Giró bruscamente, llamando, pero no había nadie. Solo su propio reflejo, distorsionado por el vidrio.

Le costó dormir, inmersa en recuerdos de cuentos espectrales que su abuela le contaba al calor de la lumbre, y el miedo irracional, infantil, de mirar bajo la cama.

A la tercera semana la situación trascendió lo inexplicable para adentrarse en lo intolerable. Manuela despertó al borde del grito una madrugada, el pecho comprimido, un frío afilado como cuchillos helados aferrando sus muñecas. La estancia apestaba a lilas podridas. Trató de encender la lámpara, pero la electricidad parecía negarle auxilio. En ese instante, la misma figura apareció al pie de la cama: etérea, casi traslúcida, pero con un odio antiguo brillando en los hundidos ojos cenicientos.

—No eres bienvenida —dijo una voz seca—. Ese no era el trato.

La voz traspasó sus pensamientos, como el eco de un trueno lejano.

Acurrucada entre las sábanas, Manuela sollozó, pero algo dentro de ella, quizá la mujer que había sobrevivido a una pérdida inconmensurable, la urgió a preguntar:

—¿Qué trato? No sé de qué hablas…

La figura giró apenas el rostro. Un haz de penumbra recorrió sus facciones.

—Le prometiste a él que no olvidarías. Prometió que aquí viviría alguien recordando siempre, que harías memoria ante cada ventana, cada ruido. Y mentiste.

La realidad invadió a Manuela con furia: su esposo, días antes de morir, le había pedido que siguiera viviendo, que trajera historias a sus lugares, que no dejara que la memoria cayera en el silencio. Abandonó esa vida por miedo, por desolación. Ahora entendía que la casa no la recibía como un refugio, sino como recordatorio de un pacto quebrado.

La aparición avanzó un paso, cruzando la habitación como si la materia no fuera más que niebla:

—No puedes quedarte sin ofrecer algo.

Manuela, temblorosa, forzó las palabras:

—¿Qué ofrezco?

La figura extendió una mano, huesuda y tensa:

—Tu relato. Cuéntalo, háblame de tu dolor, entrégame tu historia. Dame lo que te pesa y yo cuidaré de tu paz.

El miedo cedió, dando paso a una ternura inevitable. La mujer invisible ante ella había sido también alguien despojado. Con voz trémula, Manuela empezó a hablar: relató su amor y su pérdida, su fuga y su culpa, el frío del duelo y la amargura de los años desperdiciados escondiéndose de la memoria. Lloró y rió, soltando cada frase como quien escarba la tierra para plantar un nuevo brote.

Cuando terminó, la figura era apenas un rastro de luz violeta. El aroma se convirtió en perfume fresco, y un murmullo suave, maternal, llenó el cuarto:

—Ahora decides tú si quieres quedarte. Ya no estás sola.

Manuela sintió la opresión retirarse, y por primera vez desde la muerte, el peso sobre su pecho desapareció. Entendió que la casa —como la vida— no exige olvido, sino reconocimiento. Se levantó, abrió la ventana, dejando que la brisa nocturna barrió los aromas antiguos, y supo que el verdadero exorcismo era nombrar a los ausentes, dejar que sus historias convivieran, sin miedo, con las nuestras.

Desde entonces, cada noche al cerrar los ojos, escucha el tarareo lejano en la casa vieja, pero ya nunca está sola. Ahora la memoria, y el misterio, son las nuevas habitaciones donde cree poder vivir en paz.

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