La chica del lago
Pack Harry Potter - La serie completa
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
Viaje Sin Retorno: (El Proyecto Orfeo, Libro1)
Edición limitada de la novela Anatema.
Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
Portada del relato Ecos de Medianoche
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Fragmento:


La primera noche, costó dormir. Entre el murmullo del viento, le llegó un suspiro largo y denso, desde la habitación roja del extremo del pasillo. Ella se embutió más en las mantas, repitiéndose que era el aire navegando dentro de tuberías viejas. Por la mañana, en su ventana apareció dibujada la pálida forma de una mano. Limpiarla fue en vano; al caer el sol volvía, más definida.

Duración: 04:00

Ecos de Medianoche
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Al ocaso, la mansión Darwell se erguía entre la niebla como un recuerdo olvidado: arcos altos, jardines perennes, y una melancolía que parecía impregnada en los muros. Selena regresó tras catorce años, con los nudillos tensos empujando la verja oxidada. No era nostalgia lo que la traía, sino un encargo: catalogar la biblioteca privada para su subasta. Pero la madera crujía de un modo peculiar bajo sus pasos, como si reconociera su caminar, y el aire rancio parecía susurrar con voz familiar.

Mientras los empleados embalaban cuadros y lámparas antiguas, Selena se adentró en la biblioteca, un refugio de roble y olor a papel envejecido. Allí, el fuego danzaba débil tras la chimenea tapiada, y bajo la luz escapada de la tarde, la sombra de los estantes adquiría curvas humanas sobre la alfombra mohosa. Selena sabía, aunque nunca lo dijera en voz alta, que la mansión tenía su propio latido.

La primera noche, costó dormir. Entre el murmullo del viento, le llegó un suspiro largo y denso, desde la habitación roja del extremo del pasillo. Ella se embutió más en las mantas, repitiéndose que era el aire navegando dentro de tuberías viejas. Por la mañana, en su ventana apareció dibujada la pálida forma de una mano. Limpiarla fue en vano; al caer el sol volvía, más definida.

Dos noches después, el eco subió de tono: voces susurrantes que llamaban su nombre real, aquel nombre que hacía años había abandonado junto con la casa y la infancia. Tomando valor, recorrió las galerías oscuras. Lamparones de cera guiaban sus pasos, hasta que el frío se condensó en el salón donde murió la tía Lavinia aquella Navidad de 1998. Un olor a gardenias –imposible fuera de estación– llenó el aire y el reloj de péndulo se agitó solo, marcando la hora que Selena más temía: las tres y seis minutos, la hora de la muerte.

Un espejo empolvado la devolvía un reflejo distinto, más pálido y cincelado, y detrás de ella balbuceaba un contorno femenino, translúcido, no del todo definido. Las lágrimas en los ojos de Selena reaccionaron al dolor de un recuerdo antiguo, un pesar infantil. La voz de Lavinia fue un roce en la nuca: “No cierres la casa… No todos hemos terminado aquí.”

Volvió a su cuarto, el corazón galopeando. Sintió una presencia acurrucada a su lado en la cama, inhaló un perfume a polvo y violetas. No hubo miedo, sino una ternura extraña, profunda, el sentimiento de que quien una vez la arropó de niña buscaba ahora la reconciliación imposible. Al amanecer, halló sobre su almohada una pluma de ave, suave y blanca, igual que las que Lavinia solía colocar en sus cuentos antes de dormir.

La tercera noche marcó el clímax: tormenta y truenos, la luz vacilante cortando las sombras a jirones. En la confusión del sueño, se sintió besada por el frío y removida por dedos ausentes. “Sálvalos a todos”, murmuró la voz, como un juramento o una condena. En la biblioteca, volúmenes nunca leídos caían de sus estantes. Selena, en trance, descifró que debían ser abiertos: entre las páginas, cartas de amor jamás enviadas, recortes de diarios olvidados, pétalos marchitos entre versos de ciencia oculta y promesas.

La revelación la azotó con rabia y verdad: los fantasmas de la casa, la familia, antiguos amantes, servidumbre, todos querían ser recordados. No pedían venganza ni olvido, solo una mano que volviera a tejer sus historias. Al comprenderlo, Selena prometió guardar los secretos con la dignidad que merecían; la casa, liberada, suspiró una última vez y ese olor a gardenias floreció en los rincones, dulce y perdurable.

Antes de irse, Selena supo que alguien, en algún rincón de la niebla, miraba y sonreía. La mansión no estaba sola; nunca lo estuvo. La vida y el deseo seguían tejiendo sus hilos, invisibles pero imborrables, esperando al siguiente corazón dispuesto a escuchar.

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