La inspectora gitana
Alchemised: No queda nadie a quien salvar
Edición limitada de la novela Anatema.
La niñera
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La grieta del silencio
Portada del relato El eco de las caricias
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Fragmento:


La verja entornada chirrió cuando Amanda la empujó con un leve roce, apenas un sonido ahogado bajo el sopor del otoño. Las hojas se agolpaban contra el muro, formando pequeños remolinos que parecían deshacerse al paso de sus botas. Más allá de la verja, el caserón semejaba un navío varado entre la niebla y los recuerdos, y las ventanas abiertas como bocas que jamás lograrían articular sus secretos.

Duración: 04:51

El eco de las caricias
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La verja entornada chirrió cuando Amanda la empujó con un leve roce, apenas un sonido ahogado bajo el sopor del otoño. Las hojas se agolpaban contra el muro, formando pequeños remolinos que parecían deshacerse al paso de sus botas. Más allá de la verja, el caserón semejaba un navío varado entre la niebla y los recuerdos, y las ventanas abiertas como bocas que jamás lograrían articular sus secretos.

Había abandonado la ciudad tras la muerte de su madre, buscando un espacio donde los recuerdos no la encontraran a cada esquina. Sin embargo, la herencia llegada con el aire frío le devolvía la memoria propia y ajena: la casa era suya ahora, y aquello era responsabilidad y condena. Cuando atravesó el umbral la recibió una ráfaga de aire rancio, polvoriento. Una grieta recorría la pared del vestíbulo, ramificándose hasta el zócalo, y Amanda se preguntó si alguna vez había estado entera.

La primera noche cayó pronto, como si el día se hubiera esfumado por miedo a lo que acechaba tras las cortinas. Se instaló en la habitación principal, pero el sueño, traicionero, se resistió a llegar. A medianoche la despertó un murmullo, una vibración tenue, casi imperceptible, que parecía provenir de detrás de la pared. El corazón le latía con fuerza, sin motivo, solo por la certeza de estar siendo observada.

Bajó las escaleras envuelta en una manta. El frío era una presencia física, una mano que la tomaba del brazo y le susurraba cosas que no quería comprender. Las cortinas de la galería temblaban, y al apartarlas descubrió que la luna apenas existía, apenas un arañazo de luz sobre el vidrio. Pero allí, en el reflejo opaco, vio algo moverse: una sombra que no era suya, que no tenía dueño.

Se quedó inmóvil, fijando la vista en la imagen. El rostro de una mujer, tan vagamente delineado que parecía surgir de la bruma, la observaba desde el más allá del cristal. Amanda sintió un dolor repentino, una punzada entre las costillas, como si un recuerdo ajeno se incrustara de golpe en su memoria. Cerró los ojos, intentando escapar de esa mirada, pero al abrirlos la figura permanecía, más nítida, más real.

Volvió apresurada al dormitorio y, con el amanecer, solo quedó la duda si había soñado. Revisó los álbumes antiguos en busca de pistas, deseando encontrar la razón de aquella aparición. Entre las páginas amarillentas, distinguió a la misma mujer, de pie en la escalera del jardín, la mirada directa a la cámara, la sonrisa forzada. “Elena”, anotado con una pluma temblorosa al pie de la fotografía.

Buscó entre los documentos familiares y halló cartas intercambiadas entre su abuela y Elena. El tono era íntimo, de confidencia: promesas de lealtad, arrepentimiento por palabras no dichas, invocaciones a la paciencia de las amigas traicionadas por el tiempo y los hombres. Entre esas líneas, una confesión apenas velada: Elena había desaparecido, de repente, y nunca se supo más de ella.

Las semanas pasaron. Cada noche Amanda escuchaba pasos en el pasillo, el leve quejido de la madera. Un perfume dulce, antiguo, llenaba el aire cuando se refugiaba en la oscuridad. Empezó a hablar con la presencia, primero palabras mudas, después susurros en la penumbra. Sentía la necesidad de reconciliarse con su propia historia, de ofrecer redención a esa sombra que la miraba desde la otra vida.

Una noche, la tormenta sacudió la casa con furia. Los relámpagos iluminaban por instantes el corredor, y en uno de esos destellos Amanda distinguió, de pie junto a la ventana del ala oeste, a Elena. No era más que transparencia y melancolía, pero sus ojos estaban llenos de súplica. Amanda la siguió, por impulsos que no entendía, hasta el desván. El frío era insoportable.

Allí, entre cajas y muebles olvidados, Amanda encontró un diario encuadernado en cuero. Reconoció la letra de Elena, diminuta, apretada, como si luchara por contener el horror en pocas palabras. Relataba amores prohibidos, secretos que nunca debieron salir a la luz, y una traición irreparable: la promesa rota de un regreso que jamás ocurrió. “No me iré hasta que me escuchen”, terminaba la última página.

Amanda comprendió. La casa no era solo una herencia, sino un testimonio de silencios y culpas sepultadas. Bajó de nuevo a la galería y aguardó, con el diario entre las manos, hasta que la madrugada la envolvió. “Te escucho”, murmuró. El perfume se hizo más intenso. La figura de Elena apareció una vez más, deshaciéndose en la primera claridad del día, llevándose el frío consigo.

Quedaron, entre Amanda y la casa, el rumor constante de las hojas secas y la tranquila certeza de aquellas palabras por fin pronunciadas. Desde entonces, cuando la brisa se cuela tras la puerta, Amanda ya no se siente sola. El eco de las caricias pasadas la acompaña, y la casa respira aliviada.

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