Fragmento:
Las primeras noches fueron inquietas, pero explicables. Madelaine atribuyó los susurros al viento y los portazos al cambio del clima. Pero fueron los espejos empañados en medio de la madrugada, con palabras garabateadas en la condensación —palabras nunca pronunciadas, promesas rotas que solo ella y su abuela conocían— lo que empezó a erosionar su sentido de la realidad.
Duración: 03:31
Las tablas antiguas del piso crujieron bajo los pasos suaves de Madelaine. Había regresado a la casa de su infancia después de la muerte de su abuela, y aunque la residencia en el borde del acantilado había guardado secretos durante generaciones, esta vez el aire la recibía cargado de algo más que recuerdos. Tardó poco en advertir que no estaba sola.
Las primeras noches fueron inquietas, pero explicables. Madelaine atribuyó los susurros al viento y los portazos al cambio del clima. Pero fueron los espejos empañados en medio de la madrugada, con palabras garabateadas en la condensación —palabras nunca pronunciadas, promesas rotas que solo ella y su abuela conocían— lo que empezó a erosionar su sentido de la realidad.
Una noche, mientras la luna llena filtraba su luz plateada entre las cortinas, Madelaine se desveló. El frío de la habitación era inusual para junio y, extendiendo la mano a tientas, tocó el anillo de esmeraldas que su abuela le había dejado en herencia. La piedra estaba helada, y la sensación pareció descenderle por el brazo, rígida y viva como un escalofrío. Del otro lado de la puerta del dormitorio, escuchó pasos. No fuertes ni apresurados, sino suaves, arrastrados, como si alguien descalzo flotara apenas sobre el suelo de cedro.
Madelaine se incorporó y salió al corredor bañado en penumbra, su aliento vistiéndose de vapor en el aire gélido. La voz llegó entonces, tenue y rota, como un eco de su propia mente: “No me dejes atrás…”
Cada paso hacia la escalera era una negociación con el terror. A medio descenso, vio la figura envuelta en una niebla blanquecina, con el rostro traslúcido y los ojos, esos ojos tan familiares, fijos en los suyos. Era su abuela, pero no como la recordaba; era más joven, conservando la herida de un amor interrumpido por el tiempo. Extendió la mano y Madelaine sintió su propio corazón latir, rebelde, hiriente bajo la piel.
La abuela susurró secretos de noches pasadas, fantasías escondidas entre las sábanas de juventud, confesiones nunca pronunciadas en vida. Habló de Samuelle, el marinero que naufragó, el amante secreto cuya risa aún agitaba los ventanales de la casa durante las tormentas. Le pidió a Madelaine que buscara la carta, la última, enterrada entre las páginas de un libro olvidado en la biblioteca.
Al día siguiente, la joven descendió aún temblorosa las escaleras de la casa y buscó en la biblioteca. El polvillo flotaba en el aire, como motas de memoria suspendidas en la luz de la mañana. Encontró el libro —un poemario de Byron— y allí, entre hojas añejas, estaba la carta. Se sentó en un sillón desvencijado y la abrió, las palabras precipitándose como lágrimas sobre el papel amarillento: promesas de un amor más allá de la muerte, juramentos de reencuentro entre mundos.
A medida que leía, el aire se tornó más cálido y una paz sorprendente descendió sobre la casa. Aquella noche, Madelaine soñó con los amantes perdidos, bailando entre las olas negras bajo la luna. Cuando despertó, supo que la abuela había partido finalmente, liberada por la verdad.
Pero mientras las sombras del amanecer se retiraban, la joven escuchó un leve susurro en su oído, agradecido y triste, despidiéndose. Y Madelaine, por primera vez en años, supo que nunca estaría verdaderamente sola en la casa de los susurros, porque el amor —como las promesas olvidadas— nunca muere, solo cambia de forma, aguardando entre dos mundos hasta que alguien se atreve a recordar.
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