El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
Dire Bound. Alma de lobo
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Portada del relato Las máscaras del padre de medianoche
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Fragmento:


Una noche de abril, Arthur decidió seguir al hombre de las gafas azules. Al girar la esquina, la figura menuda ya no estaba. En su lugar halló una nota, escrita a mano, con letras que titilaban como diminutas luciérnagas:

Duración: 04:05

Las máscaras del padre de medianoche
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Aquella primavera, la ciudad de Butterwick olía a tomate frito y nieve derretida, un contraste imposible que sólo notaban quienes creían en lo improbable. Bajo el toldo rojo y desteñido del anticuario Keeble, un hombre menudito con gafas azules se detenía cada atardecer, siempre a las ocho y cuarto, cuando el reloj del ayuntamiento daba sus oxidados campanazos. Nadie parecía ver a ese hombre sino Arthur, el joven aprendiz que aspiraba a algún día descifrar todos los secretos del tendero; y también, quizás, a amar a Marjorie, la hija de la panadera, que traía panecillos demasiado dulces como excusa para quedarse mirando los vinilos raros de la trastienda.

Una noche de abril, Arthur decidió seguir al hombre de las gafas azules. Al girar la esquina, la figura menuda ya no estaba. En su lugar halló una nota, escrita a mano, con letras que titilaban como diminutas luciérnagas:

“No creas lo que ves. Cree lo que huele a verdad.

Esta ciudad duerme sobre un corazón antiguo.

Rómpelo y verás el mañana.”

Arthur no entendía. Metió la nota en el bolsillo, donde parecía calentarse sola y latir contra su muslo. No se lo dijo a nadie, ni siquiera a Marjorie, aunque una mañana, mientras le servía rosquillas, ella lo miró largo rato, como si supiera algo y deseara no decirlo.

Hacia el final de mayo, la nieve había vuelto, un hecho que no sorprendió a los viejos habitantes pero sí a los pájaros recién llegados, que piaban airados por los cambios súbitos. A Arthur le sorprendió ver al anticuario Keeble discutiendo airadamente con el hombre de las gafas azules, sólo que ahora este último tenía alas de polilla sobre los hombros, translúcidas y repletas de letras microscópicas. Un parpadeo, y Keeble le arrojaba una esfera de cristal del tamaño de una almendra.

Aquella bola rodó hasta los pies de Arthur.

Temblando, Arthur la recogió y sintió cómo un cosquilleo le recorría los dedos. La esfera era cálida, pesada y extrañamente palpitante. Bastó que Arthur la apretara con fuerza para que, en una nube de humo dorado, se encontrase en otra parte, bajo la ciudad, entre raíces que olían a menta rancia.

Allí, en una enorme caverna, cientos de esferas latían como huevos gigantes. Bajo cada una dormía alguien que Arthur conocía: la panadera, el alcalde con cara de berenjena, el barrendero tuerto, la niña pelirroja que vendía coleccionables japoneses. Todos soñando, con una expresión tranquilísima y bobalicona.

Pero lo más extraño de todo: Arthur se vio, tendido bajo una esfera como esas, con la nota en el bolsillo y una sonrisa que él juró jamás haber practicado.

El hombre de alas de polilla apareció a su lado, posando una mano sobre su hombro. “Esto es lo que Butterwick nunca cuenta: cada día es un sueño de otro. Cuando despiertas aquí, duermes allá. Somos custodios de los sueños ajenos.”

Arthur quiso preguntar algo, pero de pronto supo las respuestas. Siempre había sentido que vivía a medias, como actor en un teatro de papel maché. Ahora veía los guiones escritos en las alas de las polillas, los hilos de oro que unían a cada durmiente con sus dobles en la superficie.

“¿Y si no quiero soñar más lo de otros?”, susurró Arthur.

El hombre de las alas lo miró con infinita tristeza. “Nosotros tampoco. Nadie recuerda cuándo empezó. Pero alguien debe custodiar el reloj.”

Al volver a la superficie, Arthur lo comprendió todo. Butterwick era un escenario para mentes inquietas, una ciudad donde todos, tarde o temprano, se topaban con la verdad y después decidían si seguir soñando o tomar el turno del reloj y custodiar a los demás.

La nieve volvió a derretirse. Al día siguiente, Marjorie esperó a Arthur bajo el toldo del anticuario. Él no apareció. Ella halló una esfera en el suelo, palpitante, y una nota que decía:

“Cuando entiendas el aroma del corazón antiguo, búscame bajo las raíces.”

Así continúa la ciudad: cada quien soñando los días de otros, y a veces, sólo a veces, despertando para elegir si cruzar el umbral de las esferas y cuidar el reloj, aunque huela por siempre a tomate frito y nieve derretida.

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