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Portada del relato La Ciudad donde los relojes olvidaban
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Fragmento:


Fue en ese pliegue irrepetible que Sombría Miranda, conductora de incógnitos y buscadora de sueños que se pierden, descendió por la escalinata lunar acompañada de sus inseparables lunares —uno en la mejilla, otro en el talón y el último, oculto bajo la lengua, para pronunciar silencios impronunciables. Su equipaje era misterioso: una botella medio llena de destellos, un peine con memoria, unas gafas empañadas por futuros alternos, y un libro sin palabras cuyas páginas solo se escribían al ser lamidas por el viento.

Duración: 05:34

La Ciudad donde los relojes olvidaban
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Érase en el pliegue de un día tan perezoso y retorcido que incluso el sol decidió dormirse encima de una nube, un lugar que jamás podrás encontrar dos veces, porque cada vez que giras la esquina allí, la esquina gira contigo y termina en otro lado. Debería advertirte desde ya que aquí ningún sentido es completamente digno de confianza, y sin embargo, prometerte que todo lo que no suceda será tan verídico como aquello que suceda tres veces seguidas.

En aquel sitio —puedes llamarlo como gustes; los nombres que le pongas sólo serán parte del escondite— el aire olía a nuez moscada y brea, la niebla tenía pestañas largas y, a veces, picaba la nariz con sus pensamientos perdidos. Allí no volaban pájaros: los paraguas sí, tan periódicamente que nadie se preocupaba cuando uno le hacía cosquillas en la oreja. Y los relojes no daban la hora exacta, demarcaban anhelos, estornudaban segundos, y carraspeaban minutos, como actores aburridos en una obra infinita.

Fue en ese pliegue irrepetible que Sombría Miranda, conductora de incógnitos y buscadora de sueños que se pierden, descendió por la escalinata lunar acompañada de sus inseparables lunares —uno en la mejilla, otro en el talón y el último, oculto bajo la lengua, para pronunciar silencios impronunciables. Su equipaje era misterioso: una botella medio llena de destellos, un peine con memoria, unas gafas empañadas por futuros alternos, y un libro sin palabras cuyas páginas solo se escribían al ser lamidas por el viento.

Miranda buscaba un susurro que olvidó. Eso le pasa a muchos, pero a pocos les da por buscarlo. Se dice que era un susurro azul, lo que ya lo hacía particular entre los murmullos anaranjados de aquel bosque parlante. Sabía que podría encontrarlo entre los haflings, esos seres de estatura desmenuzada, que relamían las sombras de las farolas y dormían encaramados en las sílabas caídas de los nombres prohibidos.

Caminando de puntillas (porque aquí la tierra se ofende fácilmente si le aplastan los callos), llegó hasta un claro donde una orquesta de grillos tocaba valses para babosas enamoradas y las estalactitas caían del cielo y no de las cuevas. Allí, un carrusel de espejos hacía jirones el reflejo de quien se atrevía a mirarlo de frente, así que Miranda lo miró de lado, y de inmediato su reflejo la invitó a bailar una mazurca retorcida.

Bailaron, y mientras los pies giraban en el aire donde debía haber suelo, el reflejo susurró algo en un idioma que Miranda casi recordaba, hasta darse cuenta de que eran los nombres olvidados de todos los que había amado accidentalmente. Si un beso es un paréntesis en la realidad, aquel baile fue un inciso garabateado con tinta de ballena—imposible de borrar.

Al terminar, el reflejo desapareció en una nube de puntos suspensivos y Miranda quedó de nuevo sola, aunque más acompañada que nunca. Sabía que debía cruzar el Puente de las Dudas Repicadas, ese que cambia de color al ritmo de la incertidumbre de quien lo pisa. Mientras avanzaba, cada huella suya contenía un pequeño poema que solo podía leerse en el reverso de las lágrimas.

Al otro lado esperaba la Plaza de las Oportunidades Exiliadas, donde los sueños no cumplidos organizaban protestas inducidas por la cafeína de la medianoche. Allí, Miranda se encontró con el Maestro Panza, un gato que había comido tantos mapas inexplorados que maullaba en dialectos de frontera. El Maestro Panza le ofreció tres consejos a cambio de una pequeña duda: “No creas en los relojes que sonríen, confía en las puertas que se alejan y, por sobre todo, nunca, nunca bebas vino tiritón mientras cantes himnos agridulces”.

Juntos, siguieron el rastro del susurro azul, que en ese momento se deslizaba por una escalera de caracoles que tocaba el cielo y bajaba al sótano de la nostalgia. La escalera crujía, susurrando secretos de la madera que antes habían sido remos de barcos piratas o columnas en palacios de humo. A cada peldaño, Miranda recordaba algo que nunca había vivido y, por eso, lo atesoraba aún más.

Finalmente, en la cima de la escalera (o quizás en su base, pues aquí arriba y abajo suelen intercambiarse cartas de vez en cuando), aguardaba una criatura imposible: mitad luciérnaga, mitad bibliotecaria, con seis anteojos y mil palabras por pestañeo. Esta bestia le ofreció un trato: “Te daré el susurro azul, pero a cambio, debes donar una de tus dudas más preciadas y una certeza podrida”.

Miranda aceptó y, al instante, sintió cómo le crecía una certeza fresca como pan caliente bajo el corazón. De repente, comprendió que los susurros solo se pierden porque tienen miedo de pronunciarse en voz baja, y que a veces lo que buscamos nunca estuvo extraviado, sino escabullido cautelosamente en el rincón donde menos miramos.

Con el susurro azul acunado bajo su lengua (junto con aquel tercer lunar), descendió de la escalera-caracol, murmurando fragmentos de sueños, mientras el Maestro Panza se deslizaba entre las dudas recientes, tan orondo que parecía un lobo disfrazado de nube. Al llegar al punto donde comenzó su travesía (o, quizá, a su interminable final), Miranda no sacó conclusiones; solo abrió el libro sin palabras y dejó que el viento escribiera lo que le viniese en gana.

Quién sabe si, cuando vuelvas a girar una esquina imaginaria y el aire huela a nuez moscada y brea, te toparás con el eco de un susurro azul. Si lo escuchas, no lo dudes: atrápalo con el parpadeo más lento que puedas permitirte, y no olvides preguntarle, apenas lo atrapes, cuál de tus sueños quiere ser librescrito en el reverso de una lágrima, aunque sea solo por esta noche.

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