Fragmento:
En la taberna Tres Piélagos, los adultos acostumbraban hablar de otras cosas: cosechas imposibles, cartas jamás enviadas y amores que nunca volvieron tras la tormenta de los pájaros negros. Sólo los que habían sentido en los huesos el brillo de la maravilla miraban de reojo el jardín mientras bebían. Palestina Torla, que había perdido un hermano a las fluctuaciones del río y ganado una brújula que nunca apuntaba al mismo lugar, fue la primera en atreverse a cruzar la verja en la noche más oscura del año.
Duración: 04:04
El polvo del crepúsculo caía sobre Vialia, un confín donde el tiempo era tan maleable como la arcilla entre los dedos de un niño absorto. Aquí las casas tenían ventanas que miraban sueños y calles que recordaban a quienes las habían pisado aún mucho después de que sus huellas se hubieran desvanecido. En el centro de este pueblo improbable, exactamente donde el río Quedaluz cambiaba de sentido sin que nadie tuviera memoria de cuándo ni por qué, había un jardín.
Quienes paseaban por él durante el día apenas notaban particularidad alguna. Solo cuando el sol rozaba el horizonte y las primeras sombras perseguían a sus dueños, el jardín soltaba la imaginación embotellada durante siglos. Los setos cortados en formas extrañas susurraban palabras inaudibles, y de los magnolios brotaban siluetas translúcidas que, a menudo, se atrevían a cruzar a la realidad apenas un paso. Nadie sabía quién las había sembrado, si nacían o eran restos de viejas historias olvidadas.
En la taberna Tres Piélagos, los adultos acostumbraban hablar de otras cosas: cosechas imposibles, cartas jamás enviadas y amores que nunca volvieron tras la tormenta de los pájaros negros. Sólo los que habían sentido en los huesos el brillo de la maravilla miraban de reojo el jardín mientras bebían. Palestina Torla, que había perdido un hermano a las fluctuaciones del río y ganado una brújula que nunca apuntaba al mismo lugar, fue la primera en atreverse a cruzar la verja en la noche más oscura del año.
Las siluetas la aguardaban, pulsando suavemente como luciérnagas en su primer vuelo. Una de ellas, la más pequeña, extendió la mano. Palestina sintió un hormigueo extraño, una promesa de palabras que aún no entendía. Al tocarla, el jardín se ensanchó y la noche se abrió como un libro.
“¿Cuál es tu nombre, viajera?” preguntó la silueta, aunque Palestina supo que la pregunta no se refería a su nombre tal y como lo conocía. Respondió con una risa nerviosa, y, de algún modo, sonó como la primera campana de una catedral recién nacida. Las plantas susurraron. El aire olió a libros jamás escritos.
Las siluetas la guiaron a través de senderos cambiantes, cada uno bordeado por recuerdos de personas nunca vistas: los pasos de una cartógrafa que dibujó mapas del futuro, la sombra de un ladrón que robó verdades a la mentira, la tristeza risueña de quien amó a una idea y no a una persona. Palestina, que sentía el peso de todas las historias jamás contadas, entendió que el jardín no era un lugar, sino la posibilidad misma de ser más de lo que se es.
A medida que recorría el jardín, los susurros se convertían en imágenes, las imágenes en recuerdos, y los recuerdos finalmente en promesas. Fue entonces cuando llegó a la fuente central, de la que no manaba agua sino tiempo, y cada gota era un eco de algo que casi había sido y no fue. Las siluetas, ahora tan reales como la brisa de media tarde, danzaron a su alrededor y la invitaron a probar el agua.
“No temas a lo que podrías haber sido,” murmuró la silueta pequeña, “teme a olvidar que aún puedes elegir.”
De un sorbo, Palestina supo lo que nunca había sabido: que en cada noche, por anodina que parezca, late una bifurcación secreta. Comprendió que aquellas siluetas habían sido viajeros como ella, que cruzaron el umbral y aceptaron perderse para encontrarse de otro modo. Cedió una lágrima, y cayó a la fuente, donde se volvió reflejo y parte de la corriente.
El jardín la dejó ir antes del amanecer, con el mismo silencio con el que una antigua promesa se desvanece en mitad de una risa. Nadie notó nada distinto en Palestina Torla al día siguiente, excepto quizá un leve titilar en la pupila, como si al mirar muy adentro, se viera florecer un universo entero.
En Vialia, el jardín siguió creciendo, como crecen las historias que se niegan a terminar. A veces, uno de los habituales de la taberna se ausenta una noche y regresa con ojos que han visto demasiado. Pero nadie pregunta, porque todos custodian una silueta a la que aún temen poner nombre, y esperan, quizá sin saberlo, a que el jardín de las posibilidades vuelva a abrir sus puertas bajo una luna que no es, ni será, nunca la misma.
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