Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
La niñera
MEMENTO MORI: Las Tumbas
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
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Portada del relato Entre la raíz y el susurro
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Fragmento:


Después vino la voz. No era un gruñido de bestia ni el lamento de un espíritu, sino un hilo tembloroso, deshilachado, como los calcetines viejos que su madre guardaba. “Ya era tiempo”, susurró la voz. “Al final, todos entran al Bosque para recoger lo que han perdido”.

Duración: 04:05

Entre la raíz y el susurro
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Cuando el reloj del pueblo marcó la medianoche, aún chisporroteaban algunas lámparas de aceite en las casas dispersas sobre la colina. Más allá del aullido del viento y de los dedos nudosos de los árboles muertos, estaba el Bosque Podado, un lugar que, según los viejos, no pertenecía a ningún tiempo y menos aún a este pueblo fatigado por la memoria.

En la ventana de su cuarto, Vera contaba las luciérnagas y registraba cuál de ellas caía a la tierra para no levantarse. En esta noche, la número treinta y dos no volvió a bailar. Bajó silenciosa, o todo lo silenciosa que le permitía su rodilla floja, y salió a buscarla. Detrás de la vieja iglesia, entre tumbas enmohecidas, encontró el cuerpecillo verde, quieto sobre una losa. Cuando levantó la luciérnaga, un suspiro de viento tibio le acarició la nuca, y Vera no supo si era alivio o advertencia.

Caminó con la luciérnaga muerta en la palma, siguiendo un murmullo que, cuanto más lo intentaba ignorar, más se adhería a sus sentidos. El bosque la esperaba. Cada paso era un giro en la madeja del miedo: con cada crujido de rama, su sombra parecía encogerse y ella con ella. Los árboles allí no tenían hojas, sino fragmentos de espejo; Vera se vio multiplicada, pequeña y temblorosa, en todos los ángulos.

Después vino la voz. No era un gruñido de bestia ni el lamento de un espíritu, sino un hilo tembloroso, deshilachado, como los calcetines viejos que su madre guardaba. “Ya era tiempo”, susurró la voz. “Al final, todos entran al Bosque para recoger lo que han perdido”.

Vera sintió que la luciérnaga cobró peso en su mano, como si la muerte tuviera gravedad física. Siguió avanzando hasta llegar a una hondonada donde la tierra palpitaba. Allí, un gigante dormía, invisible para cualquier alma menos la suya. Solo la piel de la tierra se elevaba y caía, como un enorme vientre respirando sueños.

En torno al gigante, estatuas hechas de sombras y huesos miraban con cuencas vacías. Vera notó que algunas, las más pequeñas, sostenían en sus manos animales diminutos, pájaros en pose de vuelo detenido, ratones entre dientes y, sí, hasta luciérnagas en sus dedos de sombra.

La voz del gigante retumbó, aunque sus labios no se movieron. “¿Por qué cargas con una luz apagada, niña con rodilla floja?” Vera, acostumbrada a no responder preguntas cortantes, apretó su presa y replicó con otra pregunta: “¿Por qué coleccionas recuerdos olvidados?” La sombra de una sonrisa recorrió la tierra, y el gigante invisible pareció apesadumbrarse. “No los colecciono; los guardo para cuando sus dueños deseen regresar, aunque nunca nadie viene”.

Vera pensó entonces en todo lo que había querido devolver: las lágrimas no lloradas ante su abuelo muerto, la canción que jamás pudo tararear sin llorar, la promesa rota a la niña que fue. Cada luciérnaga en el bosque era un intento de iluminar esas ausencias. Y era cierto: al Bosque Podado iban los que sentían el vértigo de aquello que no podía decirse en voz alta a mediodía.

Se sentó junto al gigante y, mientras la corteza del mundo palpitaba bajo ella, conversó en silencios larvados. Con suavidad, ofreció la luciérnaga muerta, y el gigante invisible la tomó entre dedos de aire. “A cambio”, pidió Vera, “quiero una memoria limpia, una herida pequeña en vez de una grieta inmensa”.

Así, el gigante abrió una grieta diminuta en la tierra, de la cual brotó un instante: la niña Vera riendo por primera vez después de su pérdida, un eco risueño y dulce. La memoria se posó en su pecho, y el corazón, tan a menudo perdido entre la niebla, latió con una melodía sencilla y verdadera.

Vera regresó al pueblo, y ya nunca esperó las luciérnagas en el alféizar, ni contó las bajas cada noche. El dolor viejo se volvió manejable, una piedrecita en el zapato en vez de una montaña insalvable. Y desde entonces, cuando las sombras extrañas susurran en el umbral del sueño, ella sonríe sin miedo, recordando que en el límite entre lo que se pierde y lo que se guarda habita la posibilidad de empezar otra vez.

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