MEMENTO MORI: Las Tumbas
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Portada del relato La casa de los susurros tranquilos
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Fragmento:


Los que venían aquí venían porque no tenían más lugar adonde ir. Cada visitante traía un nombre distinto: a veces eran muchachos perdidos huyendo del sueño de sus padres, a veces mujeres cansadas de soportar auroras pesadas en los párpados. Al llegar, la casa les pedía una pequeña promesa —nunca cruzar su puerta con el mismo nombre con el que entraron.

Duración: 04:33

La casa de los susurros tranquilos
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En el corazón del bosque más silencioso del mundo, la niebla dormía con el perezoso afán de una sábana blanca olvidada. Los árboles miraban desde arriba, de pie desde hacía siglos, observando el paso de las criaturas como si cada amanecer pudiera romper el hechizo que los mantenía en pie. Allí, donde cruzan las sombras al mediodía y los ciervos mueven las orejas buscando melodías secretas, se alzaba la Casa al Final de las Horas, una construcción tan vieja como el primer bostezo del tiempo.

Nadie sabía realmente quién había construido la casa. Algunos decían que fue esculpida a cuchillo por la abuela Tiempo, otros, que había crecido sola, alimentada por los susurros de los que temieron mirar. Sus ventanas siempre estaban encendidas con un resplandor azul, y en cada reloj colgado en su interior, brillaba una aguja dorada atrapada a las siete y veintitrés.

Los que venían aquí venían porque no tenían más lugar adonde ir. Cada visitante traía un nombre distinto: a veces eran muchachos perdidos huyendo del sueño de sus padres, a veces mujeres cansadas de soportar auroras pesadas en los párpados. Al llegar, la casa les pedía una pequeña promesa —nunca cruzar su puerta con el mismo nombre con el que entraron.

El primer visitante de quien es preciso hablar fue Lira, que antes de llamarse así, fue una niña extraviada por las letras de una canción antigua. Su madre había dejado de cantar a causa del miedo, y Lira, solo Lira, llegó hasta la casa usando una vereda de piedras que nunca eran las mismas.

Al entrar, la recibió una voz sin cuerpo que canturreaba a ritmo de reloj descompuesto: “¿Deseas que olvide tu nombre o que lo esconda en mis bolsillos?” Lira pensó en el nombre que ya casi no recordaba, ese que a veces flotaba en el agua cuando se bañaba en el río, y respondió: “Escóndelo, pero recuérdamelo si lo olvido del todo.” Solo entonces pudo sentarse en la sala sin ventanas, donde las paredes respiraban despacio.

Cada noche en la casa era un cuento distinto. Afuera, los árboles se mecían sin viento, dentro los visitantes aprendían a intercambiar historias como quien cambia un abrigo curtido por uno recién tejido. Lira escuchó a Silas, que venía de un pueblo donde la gente envejecía al escuchar promesas vacías, y a Otoniel, que era aficionado a encerrar palabras tristes en frascos de mermelada.

Las reglas de la casa eran pocas, pero terribles: nunca encender la segunda lámpara, nunca pedir la hora, nunca preguntar a otro por qué vino. Pero la peor de todas era la que nadie recordaba, la que solo la casa conocía, por eso a veces los relojes crujían como huesos de gaviota cuando alguien se quedaba demasiado tiempo mirando el fuego azul.

Los años dentro de la casa pasaban de modo extraño, como si el tiempo se inmutara y decidiera acariciar a los visitantes con guantes de terciopelo, dejando que se desperecen en un largo domingo sin fin. Lira, con su memoria jorobada por el peso de su nombre escondido, decidió explorar el sótano una noche en la que el sueño la esquivaba.

Bajó por la escalera interminable, contando los peldaños en voz baja, y los oyó responderle con ecos en otros idiomas. En el fondo, encontró una puerta de hierro oxidado. Al abrirla, una ráfaga de aire poblada de ecos se coló en el corazón de la casa. Allí estaban los nombres, apilados como libros perdidos, susurrando historias entre sí. Nombres que nunca fueron pronunciados en voz alta, algunos olvidados hasta por los pájaros. Lira sintió el suyo vibrar, pero estaba blando, casi desecho de tanto esperar.

Al día siguiente, al volver arrastrando los pies, Lira supo que todos los demás visitantes la llamaban diferente cada vez que hablaban con ella. Eso la tranquilizó. Sabía que mientras la casa recordase su promesa, nadie podría robarle el nombre o la memoria. Pero una preocupación comenzó a tejerle telarañas en las costillas: ¿Qué sucedería cuando la casa se cansara de esperar, cuando los relojes por fin se atreviesen a correr juntos, cuando todos los nombres se apelotonaran en la puerta, exigiendo salir?

Empezó un pequeño motín en sus sueños, en el que los nombres olvidados trepaban hacia la luna, dejando tras de sí la casa vacía, la sala fría, los relojes mudos. Así fue como, entre murmullos y encierros, la casa al final de las horas dejó un día de encender sus luces, cansada de guardar tantas promesas y tan pocos recuerdos.

Afuera, el bosque susurró una última vez y Lira, o como quiera que se llamara ya, salió a la madrugada de un mundo nuevo, dispuesta a inventar para sí, por fin, un nombre propio que nadie pudiera robar ni olvidar.

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