Fragmento:
Una figura nació de ese lago, una sombra sin sombra, formada solo de deseo y memoria. No tenía rostro, más sí tenía voz. —Has venido, Viktor, a cumplirse la promesa que hiciste aun sin palabras, cuando fuera niño deseabas saberlo todo. ¿Sabes el precio del verdadero conocimiento?—
Duración: 04:36
En una noche tan quieta que los árboles temblaban de ansias y la luna afilaba su rayo contra la corteza del tiempo, en el borde de un pueblo olvidado por los mapas y las leyendas, vivía un hombre marcado por el destino. Se llamaba Viktor, y sus ojos habían aprendido a contar las horas en reflejos: el reflejo de la vejez en su cabello ralo, el de la esperanza muriendo en cada mirada furtiva lanzada al horizonte difuso. Nada se movía en su pequeña vida más allá del círculo de rutina, hasta aquella medianoche en que el aire parecía arrastrar un aroma nuevo, indescifrable pero profundamente inquietante.
Esa noche, cuando los grillos dejaron de cantar y el reloj dejó de latir, Viktor fue despertado por un susurro, semejante al susurro de las cenizas cuando el viento las roza. Se levantó, caminando descalzo sobre el suelo frío de piedra, y al salir al umbral, se encontró ante un espectáculo imposible: el lago que había visto decaer año tras año, se presentaba ahora ante él como un vasto espejo bruñido, terso y negro, reflejando no el cielo encapotado, sino un vestido de estrellas que danzaban componiendo nombres olvidados y advertencias antiguas.
Una figura nació de ese lago, una sombra sin sombra, formada solo de deseo y memoria. No tenía rostro, más sí tenía voz. —Has venido, Viktor, a cumplirse la promesa que hiciste aun sin palabras, cuando fuera niño deseabas saberlo todo. ¿Sabes el precio del verdadero conocimiento?—
Viktor, atemorizado y fascinado, respondió con lo único inalterable que lleva cualquier hombre: su duda. —¿Qué puede ofrecerme el lago que la vida no haya ya tomado?—
La sombra extendió una mano líquida: —La verdad de los ancestros, la libertad de los dioses, la absolución de tus errores. Pero mira, no se otorga luz sin exigir sombra.—
Viktor se inclinó sobre las aguas y contempló su reflejo. Pero no era él; vio a un joven, al hijo perdido, aquel ser de mirada luminosa y labios risueños que se había extraviado en la niebla de la guerra y la desmemoria. El corazón de Viktor palpitó con un dolor tan reciente como el primer día. Quiso tocar ese rostro, y el agua tembló. Del fondo surgió un zarcillo, una joya verde y fría, la serpiente de la sabiduría que durante siglos había dormido bajo el lodo del remordimiento humano.
—¿Qué quieres a cambio? —roncó Viktor, los ojos ardiendo.
—Lo que todos entregan y ninguno comprende —declaró la sombra—: tu historia.—
Viktor dudó un instante, pero la visión de su hijo era un anhelo demasiado poderoso. Tocó el agua y, al instante, sintió cómo miles de recuerdos eran succionados de su mente como hilos arrancados a un telar centenario: las risas bajo la lluvia, los días de cosecha y amor, hasta el dolor y la angustia de la pérdida. La sombra absorbía todo, mientras Viktor recibía un manto nuevo sobre sus hombros: una claridad que dolía, un entendimiento tan vasto e imponente que apenas podía respirar. Podía ver a través del tiempo, leer los nombres inscritos en las piedras, entender la melodía secreta de los bosques y el idioma olvidado del viento.
Pero la voz, ya en eco distante, lo advirtió: —Ahora que lo sabes todo, no serás creído por nadie. Y lo que posees no puede ser dicho.—
Viktor volvió al pueblo cuando la aurora empezó a desmayarse sobre el este. Caminó como un alma solitaria, reverenciado por las bestias del campo, incomprendido por los ojos humanos. Ya no recordaba su infancia ni el nombre de su hijo, sólo la multiplicidad de todas las historias que había absorbido en el lago. Nadie le preguntó nunca, pero incluso de haberlo hecho, no hubiera hallado palabras.
Los años pasaron, y en el umbral de la muerte, Viktor miró una vez más el lago ya seco, esperando una señal. En su último suspiro, escuchó el tintineo de una risa, la risa de un niño, y supo entonces el significado de su viaje: ni la verdad ni la sabiduría llenan el pozo del hombre, mientras olvide el simple y fugaz milagro del amor humano.
Las gentes del pueblo inventaron historias: que Viktor era brujo, que había vendido su sombra, que hablaba con los lobos o que conocía el lenguaje de las ramas. Pero nadie supo nunca que, en una medianoche de espejos, un hombre legó su humanidad a un lago y recibió a cambio el peso enorme del silencio eterno.
Porque a veces, la búsqueda del saber nos arranca todo aquello que hace soportable la vida, y sólo las aguas antiguas guardan memoria de los nombres y los abrazos perdidos en el eco del tiempo. Ésa fue su leyenda, y es la fábula que el viento susurra todavía, cuando alguna noche, en las orillas del olvido, un hombre se enfrenta al reflejo de lo que fue.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.