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Portada del relato El susurro del sauce negro
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Fragmento:


Un suceso inusual perturbó el tedio. Al amanecer, tras una noche de luna siniestra, apareció en el umbral de la taberna una figura, envuelta en harapos brillantes como escamas. Nadie la reconoció, ni juró saber su nombre. Llevaba consigo un saco; de él sobresalían, retorciéndose, ramas retorcidas y piedras con la forma exacta de corazones. La figura habló con voz que no parecía de hombre ni de mujer, ofreciendo a los aldeanos un trato: "Os concederé la sabiduría de todo lo oculto, solo debéis darme lo que más atesoráis".

Duración: 03:58

El susurro del sauce negro
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Cierta noche, tan densa como la tinta vertida sobre un pergamino olvidado, la aldea de Árida yacía silenciosa entre los aullidos del viento. Sólo los más viejos recordaban las historias de aquel paraje, aunque palidecían ahora ante los horrores y maravillas que acechaban desde la espesura. Entre ellos vivía un hombre, Elías, de rostro surcado por cicatrices y mirada perdida, cuyos días transcurrían entre cántaros vacíos y copas medio llenas, oyendo de lejos el ronco murmullo del bosque.

Un suceso inusual perturbó el tedio. Al amanecer, tras una noche de luna siniestra, apareció en el umbral de la taberna una figura, envuelta en harapos brillantes como escamas. Nadie la reconoció, ni juró saber su nombre. Llevaba consigo un saco; de él sobresalían, retorciéndose, ramas retorcidas y piedras con la forma exacta de corazones. La figura habló con voz que no parecía de hombre ni de mujer, ofreciendo a los aldeanos un trato: "Os concederé la sabiduría de todo lo oculto, solo debéis darme lo que más atesoráis".

Arrepentido, cada habitante calló, pues bien sabían que el oro era breve, el trigo corruptible y las palabras, solo aire. Pero Elías, sin mucho que perder, se acercó. Entregó al forastero el anillo de su difunta esposa, la única joya que jamás había empeñado. En ese instante, el misterio se alzó como una ola sobre aquel lugar, y todos sintieron vibrar el suelo bajo sus pies.

El forastero sonrió. Desplegó una rama del saco y, plantándola en el centro de Árida, recitó en una lengua vieja como la sed:

“Doy a tu mundo

Mi raíz torcida,

Y a tu saber, la herida.”

En una lenta danza, la aldea vio nacer del centro del pueblo un sauce, cuyas hojas eran ojos y cuya savia fluía espesa y carmesí. Bajo el influjo del árbol, comenzaron los aldeanos a soñar con secretos vedados: fragmentos de verdades perdidas, deseos nunca cumplidos, y horrores que aguardaban en los umbrales de la razón. Supieron del mal que habitaba bajo sus cimientos y de la red de pactos antiguos tejida por generaciones pasadas.

Elías, en sus sueños aquella primera noche, fue guiado hasta el corazón del sauce, donde encontró el eco del anillo perdido y el suspiro último de su esposa. Ella le habló desde el abismo entre el mundo y la memoria, advirtiéndole sobre el precio pagado: la sabiduría podía revelar tanto la belleza como la podredumbre, y no todos estaban preparados para soportar ambos extremos.

Al haber bebido de esa fuente, los aldeanos cambiaron. Algunos buscaron redimir viejos pecados; otros, al ver la negrura de sus propios anhelos, eligieron la desesperación o el exilio. Elías, sin embargo, encontró en el dolor la fuerza para reconstruir: alimentaba cada noche la raíz del sauce con lágrimas y promesas, y poco a poco, la voz de su amada retornó a él, aunque ya no fuese humana. Era el canto del viento entre hojas con pupilas, la reverberación de secretos compartidos en la neblina.

Pasaron años, y la leyenda se propagó más allá de Árida: el sauce negro que concedía la sabiduría completa a cambio del tesoro más recóndito del alma, y el hombre que dialogaba con lo imposible bajo la luna carmesí. Quienes venían en busca de respuestas, hallaban, en cambio, un espejo: la claridad de sus culpas y la magnitud de sus anhelos reflejadas en miles de ojos suspirando al viento.

Dicen que una noche –cuando la aurora fue derrotada y la ciénaga se extendió hasta la aldea– Elías se fundió definitivamente con el árbol. Sus palabras, ahora eco perpetuo, guían a quienes escuchan con atención el susurro de las hojas. Aquellos que han atravesado la noche tras el sauce comprenden que el verdadero precio del conocimiento no es la pérdida de lo amado, sino el encuentro inevitable con uno mismo, en el abismo donde ya no existen las mentiras piadosas.

Y así, entre la raíz torcida y la herida abierta, Árida florece entre la leyenda y la advertencia, recordando que todo pacto reclama su sombra, y toda sabiduría deja cicatriz.

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