Edición limitada de la novela Anatema.
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
La chica del lago
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
Portada del relato El susurro de las serpientes de luna
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Fragmento:


En el corazón de una estepa tan extensa que los mapas quedaban exhaustos intentando abarcarla, despuntaba un pueblo bruñido por siglos de viento y soledad. Era un lugar donde los habitantes se parecían cada vez más a las historias que contaban: algunos tenían cejas de cuervo, otros gaitas en vez de voz, y los más ancianos almacenaban en los ojos el reflejo de todas las lunas vistas desde el comienzo de la memoria. A ese pueblo, en una noche asediada por los rumores de una tormenta aún invisible, llegó un hombre del que poco se puede decir salvo que las estrellas parecían parpadear con prisa cuando él contemplaba el cielo.

Duración: 04:15

El susurro de las serpientes de luna
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En el corazón de una estepa tan extensa que los mapas quedaban exhaustos intentando abarcarla, despuntaba un pueblo bruñido por siglos de viento y soledad. Era un lugar donde los habitantes se parecían cada vez más a las historias que contaban: algunos tenían cejas de cuervo, otros gaitas en vez de voz, y los más ancianos almacenaban en los ojos el reflejo de todas las lunas vistas desde el comienzo de la memoria. A ese pueblo, en una noche asediada por los rumores de una tormenta aún invisible, llegó un hombre del que poco se puede decir salvo que las estrellas parecían parpadear con prisa cuando él contemplaba el cielo.

Entró en la posada —que, por esos azares del destino, estaba regida por una mujer que coleccionaba lágrimas ajenas en frascos diminutos— y pidió un vino. Tenía los labios blancos como la leche de las serpientes y, cuando habló, la voz le salía veloz y serpenteante, como si arrastrara consigo una legión de palabras mudas. "He venido a buscar la piel perdida", dijo, y nadie se atrevió a preguntar más, porque todos sabían que, en aquel rincón fatigado por las leyendas, las verdades eran aún más peligrosas que las mentiras.

Aquella noche, los árboles cuchichearon entre sí cuando el viajero pasó, creyendo que él no los oía. "Ha llegado, por fin", murmuró un sauce de ramas encanecidas, "el que viene con la marca de la luna". Y, en efecto, bajo la manga del forastero asomaba una cicatriz en forma de creciente, viva y titilante como si un pedazo de la noche hubiese anidado en su piel.

Por aquellos días, los sueños de todos los habitantes estaban habitados por un mismo animal: una serpiente caída del cielo, con escamas de obsidiana y voz de mujer, que prometía saber todos los secretos y deshacerse de todas las culpas si se le entregaban los recuerdos más antiguos, aquellos que uno no sabe que posee. Algunos se despertaron llorando y no supieron por qué; otros, en cambio, sonrieron como si acabaran de recordar el rostro de un dios olvidado.

El hombre preguntaba, con metáforas prestadas y metálicos reflejos en la mirada, por una vieja leyenda: la del alquimista que, deseando vencer la muerte y la tristeza, se arrancó la piel para fundirse con el viento. Aquella piel mágica, decían, otorgaba el poder de transformarse en cualquier ser —hombre, animal o sombra— y quien la hallara podría comprender, sólo durante una noche, todos los deseos del mundo, propios y ajenos.

Pero la piel no estaba enterrada bajo tierra, ni colgada de algún campanario. No. Había que cortarse las propias raíces para dar con ella: renunciar a los nombres heredados, a la música oída en la infancia, a los rostros que se pierden en los portales. Y era ese tránsito de desposesión lo que amilanaba incluso a los más atrevidos.

El viajero, sin embargo, bebió el vino y persiguió los susurros que reptaban por las calles. Siguió a la posadera a la biblioteca oculta, a lo más profundo del sueño de un niño, al borde de un lago donde nada se reflejaba. Buscó bajo la lengua de los árboles y sobre las espaldas dispersas de los caballos eremitas. Por cada respuesta que creía encontrar, perdía una historia más: olvidó su aniversario, la risa de su primer amante, los domingos en los que casi fue feliz. Poco a poco, se desmoronaba hasta volverse luz débil, etérea, apurada.

Por fin, una madrugada azulada, la serpiente de las leyendas se le presentó en medio de la plaza desierta, bajo la atenta vigilancia de los gatos y uno que otro fantasma deshabitado. Le entregó la piel, tan ligera que parecía no pesar, pero, al tocarla, el hombre se disolvió en las palabras de todas las fábulas. Por un instante único, supo lo que era arder en deseos ajenos, vivir cien vidas en un parpadeo y ser nadie en todas ellas.

El pueblo nunca recordó el nombre del viajero, pero durante muchos años, cuando la luna era joven, los sauces reían y los hombres y mujeres sentían, al rozar la hierba, el fuego tembloroso de una piel extraña bajo sus pasos. Algunos, los más sensibles, se apartaban temblando y murmuraban: "Es la leyenda que vino a buscarnos y quedó enredada en nuestro olvido".

Y así pasó, como pasan todas las cosas que quisieron ser eternas y sólo pudieron ser contadas.

Edición limitada de la novela Anatema.
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
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