Fragmento:
El posadero era un hombre de largas manos y sonrisa afilada, cuyas palabras parecían colarse en la mente como serpientes en un saco de harina. Aquel que llegaba cansado, sintiendo aún la bruma de los caminos, recibía una copa de vino negro, cuya dulzura era tan intensa como el lamento de un viudo. Y, sin falta, con el primer sorbo, aparecía la Señora del Velo Gris.
Duración: 03:56
En los días en que aún los árboles sabían hablar y los lobos acechaban más allá de la linde del pueblo, existe una historia que sólo los hombres solitarios se atreven a susurrar junto al fuego, cuando el viento hurga en las rendijas y la luna observa fría desde el cielo. Se cuenta, pues, que al otro lado del gran bosque, donde la luz apenas se atreve a colarse, hubo una vez una posada. Nadie recordaba cuándo se construyó ni quién fue su primer huésped, pero todas las noches se iluminaba con un resplandor mórbido, y quienes entraban buscando refugio, rara vez encontraban el mismo rostro al amanecer.
El posadero era un hombre de largas manos y sonrisa afilada, cuyas palabras parecían colarse en la mente como serpientes en un saco de harina. Aquel que llegaba cansado, sintiendo aún la bruma de los caminos, recibía una copa de vino negro, cuya dulzura era tan intensa como el lamento de un viudo. Y, sin falta, con el primer sorbo, aparecía la Señora del Velo Gris.
Ella bailaba entre las mesas, susurra los nombres olvidados, y ofrecía a cada viajero un papel blanco, plegado con arte. El papel contenía, siempre, un secreto: a veces, era la confesión de un crimen, otras, la última palabra de madre moribunda, y otras, simplemente, la fecha exacta de la propia muerte del huésped.
Aquella noche, llegó a la puerta un hombre de capa raída y ojos que conocieron demasiados cuerpos colgados en el alba: era un verdugo jubilado, jubilado no por edad, sino por culpa y remordimiento. El vino le supo amargo, pero el frío era peor. Siguiendo el rito, la Señora del Velo Gris le dio su papel.
El verdugo lo desplegó y sólo halló cinco palabras: “Devuelve lo que no es tuyo.”
Perplejo, buscó al posadero, que se limitó a inclinar la cabeza y resplandecer bajo la luz enferma de la lámpara. El verdugo, en la soledad de su cuarto, deshizo el nudo de un viejo pañuelo y sacó aquello que nunca había mostrado a nadie: la pluma de un ave quizá legendaria, robada hace años del lecho de muerte de su última víctima. Con esa pluma, la leyenda decía, se escriben los nombres en el libro de los vivos y los muertos, y quien la posee puede borrar o añadir una página.
Tentado por la posibilidad, el verdugo, bajo la opresión del papel y el vino, bajó al sótano, donde el posadero y la Señora del Velo ya esperaban. Sin palabras, le indicaron una puerta de hierro. Del otro lado halló un cuarto sin luz salvo un resplandor lechoso que manaba de un estanque inmóvil. En el agua no se reflejaba su rostro, sino todos los rostros de aquellos hombres y mujeres a los que arrebató la vida. Gritó entonces; el grito fue tragado por el agua, y pareció al mismo tiempo, que los rostros sonreían.
La pluma cayó de su temblorosa mano al estanque. El agua la absorbió como si nunca hubiera existido. Entonces, una sombra se levantó desde los fondos: era el primero de sus ajusticiados, un joven con la marca aún fresca en el cuello.
—¿Qué harás ahora? —susurró la sombra, y la voz resonó en todos los rincones de aquella posada.
El verdugo quiso huir, pero no tenía fuerza. Comprendió que el vino, el papel y la posada era parte de un juicio antiguo, sin sala ni juez salvo sus propios recuerdos. Sentado junto al estanque, lloró la vida perdida y el daño irremediable.
A la mañana, ningún viajero notó diferencia en la posada, salvo que faltaba uno de los huéspedes y que el estanque, invisible de día para ojos limpios, brillaba con un destello ligeramente carmesí. Desde aquel día, algunos aseguran que los caminos llevan menos rápido a la horca, pero más rápido a la posada, y que el posadero siempre tiene una copa de vino negro esperando para todo aquel que carga una pluma o un secreto demasiado pesado.
Así acaba la historia que, bajo el disfraz del rumor, se convierte en advertencia: no todo lo que tomas en tu viaje te pertenecerá para siempre. Y en la posada al final del bosque, hasta los secretos saben a vino negro y remordimiento.
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