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Portada del relato Cuerpos de humo y pieles de agua
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Fragmento:


En una ciudad tan antigua que los árboles olvidaron sus propios nombres, los habitantes vivían con la certeza de que todo era posible, con la misma indolencia con la que se acepta una moneda quemante en la palma: el dolor mezclado al azar con la esperanza. Se decía que en los cimientos del ayuntamiento, más allá de tres capas de piedra y una losa sellada con saliva y sangre de bestia, había una caja de madera sin llave donde dormía, esperando su momento, el corazón del primer habitante. A veces, en las noches que el viento llevaba el olor del hierro viejo, alguien creía oír un aleteo, como de pájaro gigantesco atrapado bajo tierra.

Duración: 04:32

Cuerpos de humo y pieles de agua
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En una ciudad tan antigua que los árboles olvidaron sus propios nombres, los habitantes vivían con la certeza de que todo era posible, con la misma indolencia con la que se acepta una moneda quemante en la palma: el dolor mezclado al azar con la esperanza. Se decía que en los cimientos del ayuntamiento, más allá de tres capas de piedra y una losa sellada con saliva y sangre de bestia, había una caja de madera sin llave donde dormía, esperando su momento, el corazón del primer habitante. A veces, en las noches que el viento llevaba el olor del hierro viejo, alguien creía oír un aleteo, como de pájaro gigantesco atrapado bajo tierra.

Nadie supo nunca quién fue el primero en llegar, ni por qué decidió no marcharse. Algunas leyendas lo llamaban El Cartógrafo, pues trazó los límites de la ciudad desdoblándose en muchos cuerpos, cada uno capaz de atrapar el reflejo fugaz de una frontera irracional. Otros aseguraban que era solo una mujer, la Madre de los Ríos, que al cortar sus cabellos inventó las corrientes que rodean y aíslan la ciudad del resto del mundo.

En esa ciudad, los relojes no marcaban horas. Las manecillas retrocedían unos días y saltaban adelante en un juego caprichoso, tan sólo para confundirse unas con otras y acabar señalando caminos en lugar de instantes: el relojeros se habían resignado y ahora fabricaban brújulas que se negaban a orientarse. Sabios y mendigos pasaban horas siguiendo con el dedo las agujas errantes, como si en ese caos pudiera esconderse un mensaje oculto.

Fue por entonces—cuando nadie esperaba nada más de la realidad—que llegó el hombre sin nombre, envuelto en un abrigo cosido con pieles distintas; su sombrero parecía armar y desarmar formas variadas según el humor del día. Dondequiera que pisaba, brotaban brotes blanquecinos, y quienes se atrevieron a seguir su rastro, encontraron diminutos caracoles de un oro pálido.

Trazó círculos perfectos en la tierra polvorienta de la plaza mayor; murmuraba algo entre dientes y de cada sílaba emergían vapores que después, rápido, se transformaban en pájaros de ceniza que ascendían en hélices. Pronto la gente de la ciudad comenzó a reunirse durante el crepúsculo alrededor de aquellos círculos, intoxicados por la promesa de una revelación o de una simple distracción de la rutina, sin que nadie supiera qué era más preciado.

El hombre sin nombre les habló, aunque sólo lo hizo en sueños. Habló de un río que podía cruzarse caminando sobre sus propios reflejos; de un árbol cuyo fruto era imposible de distinguir de las piedras comunes; de una niña que cada mañana, antes de que las campanas despertasen al pueblo, tejía su propio destino y lo arrojaba a volar con los primeros pájaros. Nadie se atrevía a preguntar por el sentido de las historias, y sin embargo, no tardó la ciudad en cambiar.

Los relojes, aunque todavía errantes, empezaron a marcar las estaciones: en cada círculo trazado, quien se sentaba y cerraba los ojos sentía los inviernos recientes, los veranos futuros, como el roce de una tela olvidada. Los árboles ya no temían recordar sus nombres y el viento mezclaba sin esfuerzo noticias pasadas y porvenir. Las brújulas, obstinadas, indicaron no el norte, sino la memoria más dolorosa y el olvido más buscado.

Una noche, cuando los pájaros de ceniza formaron una estalactita sobre la plaza y el aire vibraba con silencio nuevo, el hombre sin nombre desapareció. Algunos dijeron verlo entrar en el ayuntamiento y escuchar—esta vez, nítidamente—el duro aleteo bajo tierra. Había, sin embargo, aquellos que lo encontraron desenredando los hilos del destino tejidos por la niña, liberándolos sobre los techos para que cada quien pudiera elegir un hilo y, al hacerlo, perder algo importante que ya no recordaría después.

Al alba, bajo las copas del jardín de relojes sumergidos, fue encontrada la caja de madera abierta. Un corazón palpitaba dentro, remendado por cicatrices que no eran dolor, sino la amable memoria del daño compartido. La ciudad supo entonces que nada era suyo excepto las historias que hubiesen contado y que el verdadero sentido de ella—y del hombre sin nombre—era el de ofrecer a cada generación la fábula irrepetible de sus propios temores y anhelos.

Desde entonces, en esa ciudad, nadie intenta contar las horas. Se recitan, en cambio, las leyendas tejidas por la niña, se escuchan los nombres de los árboles y se honra el círculo efímero de cada encuentro. Y al caer la noche, cuando los vasos se rompen como aplausos de vidrio, todos buscan en el eco una nueva historia, sabiendo bien que tal vez nunca pertenecerán al principio ni al final, sino solamente a la frágil maravilla de la mitad.

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