Fragmento:
La luna posó su luz sobre la escena, revelando a Alder su propia imagen multiplicada: cada versión de sí mismo representaba una vida que pudo haber vivido, caminos que no tomó, palabras que guardó por miedo. Vio al Alder joven que había querido huir del bosque con su amada, vio al Alder que había reído con su hijo antes de la enfermedad, vio al Alder anciano, solo, apretado contra el frío, sin recuerdos ni sueños.
Duración: 04:17
Había una vez, en los confines sombríos de un bosque retorcido y milenario, un leñador llamado Alder. Alder era un hombre de manos ásperas y corazón endurecido, pues la vida lo había golpeado tanto como él golpeaba los viejos robles cada amanecer. Su cabaña crujía bajo el peso de los inviernos eternos, y su única compañía era una lámpara de aceite tan vieja que su luz vacilaba como la esperanza en el pecho de su dueño.
Una noche, agotado por una jornada interminable, caminaba Alder de regreso entre las sombras, cuando sintió que un frío distinto le helaba la sangre: una neblina plateada lo envolvía, pesada y densa como remordimiento. Alzando la mirada, vio la luna llena suspendida entre los pinos como un ojo vigilante. Notó entonces que no era la luna de siempre. Tenía en su superficie un pulso de vida, un suave destello que llamaba, que prometía entender lo que ni los hombres ni los árboles ni los lobos jamás habían entendido.
La luna habló, su voz hueca como el viento en una tumba abierta. "Alder", susurró con tristeza infinita, "caminarás esta noche mi senda, y conocerás lo que no se ve en la luz diurna ni lo que dicen las lenguas de los hombres."
Hipnotizado, Alder siguió un sendero de luz plateada que la luna iba dejando. El camino no pertenecía a este mundo: los árboles se apartaban, los ríos fluían hacia atrás, y el silencio pesaba como una lápida sobre los hombros del leñador. Pronto llegó a una hondonada en la que yacían las sombras torcidas de los deseos olvidados de los hombres: aquí un anhelo malogrado, allá una promesa nunca cumplida, y, en el centro, la sombra de un hombre abrazando el espectro de una mujer.
La luna posó su luz sobre la escena, revelando a Alder su propia imagen multiplicada: cada versión de sí mismo representaba una vida que pudo haber vivido, caminos que no tomó, palabras que guardó por miedo. Vio al Alder joven que había querido huir del bosque con su amada, vio al Alder que había reído con su hijo antes de la enfermedad, vio al Alder anciano, solo, apretado contra el frío, sin recuerdos ni sueños.
"¿Por qué me muestras esto?" preguntó el leñador, la voz rota por emociones que ya creía heladas.
"La madera más fuerte", respondió la luna, "es aquella marcada por los anillos del tiempo y la pena. Así es tu alma: hendida, pero no partida."
La luna le pidió un trozo de leña, y Alder entregó el más robusto y recto que llevaba. La luna lo partió por la mitad, y de él brotó sangre. "No es la fuerza, sino la compasión, la que debes buscar", susurró.
Alder se vio entonces ante tres criaturas sentadas junto al tronco sangrante. Un zorro de mirada maliciosa, un búho de ojos penetrantes, y una serpiente de escamas doradas. Cada uno le propuso un trato.
El zorro ofreció riqueza y astucia a cambio de su risa más sincera.
El búho prometió sabiduría y paz, pero Alder debería entregar sus recuerdos más bellos.
La serpiente le tentó con rejuvenecer el amor perdido, a cambio de vivir eternamente solo cuando caiga la noche.
El leñador tembló, recorrió sus opciones como quien pasa los dedos por la corteza de un árbol caído, y eligió el silencio. Se sentó con las criaturas, partió con ellas el poco pan que tenía, y les pidió escuchar sus historias a cambio. Danzaron hasta que la luna se retiró, avergonzada ante tanta entereza.
Al romper el alba, Alder despertó junto a la lámpara de aceite, que ardía más fuerte que nunca. Desde aquel día, sus manos seguían duras y su trabajo duro, pero la gente contaba que cuando le veían andar por el bosque, parecía que en sus sombras caminaban a su lado el zorro, el búho y la serpiente, y la luna misma se asomaba a su hacha con una sonrisa.
Las mujeres y los hombres de aldeas lejanas acudían a Alder para pedirle consejo, pero él sólo les ofrecía leña, pan, y la oportunidad de sentarse junto al fuego para contar sus propias historias. Porque la luna le había enseñado esa noche que ningún deseo cumplido pesa tanto como el que aún calla en el corazón; y que sólo al compartir el pan y el relato, el alma encuentra por fin reposo, y la soledad, consuelo.
Así fue, y así quedó inscrito en las cicatrices de los árboles viejos y en la memoria de quienes escuchan, cada vez que la luna se cuela entre las ramas y cubre con su luz las sendas de los que buscan algo que no tiene nombre.
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