Fragmento:
Con el tiempo, los rumores de sus prodigiosas obras alcanzaron los oídos de Aviero, el último sacerdote de un culto antiguo, quien aún conversaba a solas con los dioses menguantes de la ciudad. Aviero vio en Belisario al que estaba destinado a restaurar la balanza entre los sueños de los hombres y las visiones de los dioses. Llevó al tejedor hasta un palacio construido enteramente de espejos, donde le mostró el mayor de sus secretos: había en el corazón del laberinto un espejo que no reflejaba el presente, sino todos los posibles pasados y todos los futuros condenados al olvido.
Duración: 03:21
Hubo un tiempo anterior a los nombres y a los calendarios, en el que los hombres desconocían la distinción entre el vigilia y los sueños, y las ciudades se levantaban y desvanecían al compás de la imaginación de algún dios indolente. De ese albor se cuenta, entre el rumor de los días viejos, la historia de Belisario, un hombre sin gloria ni ambición, cuya vida era una sucesión de repeticiones en el taller de su padre, un humilde tejedor de alfombras. Un atardecer de oro y ceniza, mientras tejía una trama que escapaba a su entendimiento, Belisario halló entre los hilos una aguja que reflejaba, no la luz como las otras, sino formas y paisajes que ningún ojo humano parecía haber visto nunca.
Embriagado por la maravilla, Belisario descubrió que cada vez que traspasaba la aguja por la urdimbre, visiones de extrañas ciudades, criaturas con rostros olvidados y símbolos secretos pasaban ante él. Comprendió entonces que aquélla no era una herramienta común, sino la reliquia de un tiempo en que los objetos aún sabían soñar. Noche tras noche, mientras el mundo dormía, Belisario tejía no ya alfombras, sino mapas diminutos de universos posibles: algunos repletos de alegría y simetrías imposibles, otros abismos de desesperación y laberintos sin centro.
Con el tiempo, los rumores de sus prodigiosas obras alcanzaron los oídos de Aviero, el último sacerdote de un culto antiguo, quien aún conversaba a solas con los dioses menguantes de la ciudad. Aviero vio en Belisario al que estaba destinado a restaurar la balanza entre los sueños de los hombres y las visiones de los dioses. Llevó al tejedor hasta un palacio construido enteramente de espejos, donde le mostró el mayor de sus secretos: había en el corazón del laberinto un espejo que no reflejaba el presente, sino todos los posibles pasados y todos los futuros condenados al olvido.
—Por siglos —dijo Aviero— los hombres han temido el poder de este espejo. Quién lo mira absorto olvida su nombre, su historia y hasta las heridas que le hizo el tiempo. Pero tú tienes, aún sin saberlo, el don de mirar sin ser visto, de tejer los sueños ajenos sin perder el hilo de tu destino.
Así, Belisario se contempló y vio no un reflejo, sino una multiplicidad vertiginosa de sí mismo: héroe y villano, padre y asesino, mendigo y profeta. Comprendió que la aguja no era otra cosa que la llave de todos los destinos, pero también el peso de la elección. A partir de ese día alternó su jornada entre el taller y el laberinto de espejos, tejiendo realidades como si cada hebra fuese el nervio de un mundo distinto.
Unos dicen que aún camina entre nosotros, disfrazado de tejedor anónimo, y que los sueños de algunos hombres no son sino retazos de su labor nocturna. Otros aseguran que, enloquecido por las posibilidades, se desvaneció en uno de los pasillos del palacio de espejos, quedando prisionero para siempre en el umbral entre lo que fue y lo que nunca pudo ser.
Yo, que sólo soy quien recoge historias como quien recoge migas de un banquete ajeno, sé que la ciudad en la que Belisario vivió ya no existe, y que el verdadero milagro no es la existencia de la aguja ni el espejo, sino esa sutil certeza de que, aun cuando el universo sea un tejido desbordado de significados y repeticiones, un hombre cualquiera puede, en la fugacidad de su oficio, torcer el telar del destino y ser, por un instante, el dios de su propia fábula.
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