Fragmento:
La mañana en que todo empezó, el mar tenía el mismo color perpetuo e inabarcable del plomo fundido. Habíamos partido, mi socio el doctor Rainscroft, el contramaestre Nevan y yo, desde el puerto de Liverpool con la promesa de encontrar en los márgenes desdibujados del mapa algo que pudiera rescatar nuestra fortuna marchita: hablamos de riquezas, viejas ciudades devoradas por la selva, islas no anotadas en los registros civiles ni en los libros de viaje. Más que por ambición, salimos empujados por la sed de respuesta a las preguntas que sólo nacen de la desesperación.
Duración: 04:46
Lo que ahora pongo por escrito, movido más por el peso de la memoria que por la búsqueda de credulidad ajena, es la narración de una travesía que supuso para mí la ruptura irreversible del velo que separa lo que consideramos civilización del abismo incognoscible del mundo no hollado, tan sólo entrevisto en las pesadillas de los cartógrafos y en los relatos rotos de los viejos marineros. Me llamo Edgar Dervish, y, al contar esto, ya no pretendo ni honra ni perdón: sólo una especie de expiación.
La mañana en que todo empezó, el mar tenía el mismo color perpetuo e inabarcable del plomo fundido. Habíamos partido, mi socio el doctor Rainscroft, el contramaestre Nevan y yo, desde el puerto de Liverpool con la promesa de encontrar en los márgenes desdibujados del mapa algo que pudiera rescatar nuestra fortuna marchita: hablamos de riquezas, viejas ciudades devoradas por la selva, islas no anotadas en los registros civiles ni en los libros de viaje. Más que por ambición, salimos empujados por la sed de respuesta a las preguntas que sólo nacen de la desesperación.
La primera semana fue una sucesión de rutinas salobres y noches plagadas de esos sueños intranquilos que sólo el océano parece suscitar. Los hombres, duros, condenados todos a algún olvido, compartían teorías supersticiosas acerca de nuestra ruta. Rainscroft, obsesionado con los argumentos racionales, no les atribuía más valor que a la humedad de las peñas. Pero un atardecer, cuando la bruma arremolinada se volvió más densa y el compás osciló sin motivo mecánico alguno, la preocupación sustituyó a la cerrazón científica.
El día que el vigía divisó tierra, la euforia reinó apenas unos minutos. La costa era un dorso de acantilados cubiertos de vegetación prácticamente negra, con un extraño fulgor nacarado en las grietas. Rainscroft, armando su cuaderno, bajó primero, seguido por mí y por Nevan, que arrastraba a regañadientes una caja de instrumentos. Hallamos sendos cadáveres de aves de una especie que no conocía, con picos curvados hacia atrás y plumas iridiscentes como el acero bajo la luz de la tormenta distante. No hubo habitantes a la vista, ni señales de fuego o pesca, ni rastros de otras expediciones.
Al adentrarnos, la selva se tragó la poca luz que quedaba; ramas enrolladas como dedos, piedras cubiertas de inscripciones casi borradas allí donde el musgo no había ganado. La isla parecía un palimpsesto de civilizaciones que se sucedieron sin dejar historia. Rainscroft se mostró extraño: enmudecía al contacto con aquellos signos, y a cada paso sus bocetos y notas adquirían un desasosiego progresivo.
Fue en la tercera noche cuando escuché, entre sueños, voces lejanas— como si los árboles pudiesen liberar ecos no de nuestro tiempo; en una lengua irreconocible, arrastrada por el viento, cargada de una urgencia desolada. Creí soñar, pero al despertar encontré a Rainscroft doblado sobre sí mismo, pálido, los ojos entreabiertos y la tinta derramada sobre letras imposibles de leer. Nevan juró que la brújula giró varias vueltas durante la madrugada, y que el aire estaba henchido de lamentos.
Más profundos en la isla, hallamos los restos de una estructura, casi devorada por raíces y piedra. Era una especie de templo, con figuras medio humanas, medio marinas, y una inscripción que, según Rainscroft, no se conformaba a ningún alfabeto conocido pero evocaba extrañamente símbolos grabados en monumentos fenicios y tablillas babilónicas. A medida que explorábamos, la isla parecía actuar sobre nosotros, repitiendo casi en susurros nuestros pasos, nuestros miedos, tentándonos a quedarnos, permitiendo sólo la comprensión a costa de la cordura.
La noche final, Rainscroft, incapaz ya de contenerse, pronunció en voz alta las sílabas que había copiado desde el muro. El aire se tornó súbitamente pesado y un sonido subterráneo, semejante a los huesos arrastrados bajo tierra, nos cercó. Vi a Nevan caer de rodillas, y al propio Rainscroft, de cuya boca empezó a brotar una risa que se elevó en crescendo hasta confundirse con el viento que ahora arrasaba la selva. No recuerdo cómo huí, sólo recogí mi cuerpo ya de madrugada, cubierto de barro y con las manos sangrando mientras la isla parecía encogerse a mi alrededor, como si el mundo tratase de sellar nuevamente su secreto.
Llegué al bote sin más compañía que las marcas en mi memoria y el terror retumbando bajo mi piel. Al rescatarme semanas después, creyeron que la fiebre delirante explicaba mis relatos. Ignoro el destino de los otros; ignoro si las voces siguen llamando bajo la capa de jungla y tiempo. Pero cada vez que escucho el eco del viento en una casa vacía, juro oír las sílabas que abrieron esa puerta; el rumor que no pertenece ni al mar ni a la tierra, sino a la sombra que respira entre ambos.
Confío sólo en que, con este relato, al menos se advierta a los que aún creen que en el mundo sólo existen tesoros de oro: lo que no aparece en los mapas, generalmente, no desea ser hallado. La auténtica riqueza es aquello que el olvido ha protegido, pero incluso el olvido, como he aprendido, tiene su precio.
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