Fragmento:
El primer día de marcha se disipó entre la maraña de los humedales. El aire, saturado de aromas embriagadores y vapores, era cortante, resumiendo la promesa de la muerte con cada exhalación. Samuel —o Tiembeka— iba siempre adelante, abriendo paso con un machete ceremonial de empuñadura de cobre, susurrando a veces plegarias a una deidad lacustre. A nuestro alrededor, los insectos orquestaban una pieza inquietante y la luz se volvía esmeralda al filtrarse entre lianas y palmas. El polaco, von Lubecki, disparó sin aviso a un lagarto de un metro de largo, solo para descubrir horrorizado que lo que había abatido era una serpiente emplumada, objeto de tabú entre los pobladores.
Duración: 06:31
El atardecer teñía de carmesí y oro la vasta extensión de la sabana, mientras el tren de vapor ralentizaba su marcha a la entrada de un villorrio polvoriento, perdido en la frontera meridional del África desconocida. Los postes telegráficos, recién instalados por orden de Su Majestad, cortaban el azul como lanzas, tan anacrónicos y frágiles frente al rumor eterno de los baobabs y la mirada enigmática de las marabuntas, que cualquier testigo habría considerado su construcción un acto de osada arrogancia humana. Cuando descendí del vagón, el rechinar de mis botas resonó como un disparo entre los escasos nativos apostados junto al andén, sus rostros escondidos tras máscaras de respeto o resignación. Solo uno de ellos, un hombre alto de ojos acechadores, mostró una chispa de astucia, como si hubiera reconocido en mí a un aliado natural en el juego peligroso de secretos y designios más antiguos que el Imperio mismo.
Su nombre era Tiembeka, aunque para mis acompañantes europeos, él prefirió el apodo pulido de Samuel. Con la discreción de un hombre acostumbrado a la sombra, me entregó, apenas el crepúsculo disolvía los contornos de la aldea, un extraño amuleto: tres colmillos de animal pequeño, labrados con runas irreconocibles y enhebrados en una trenza de cabello humano. "Protección contra los sueños que persiguen", murmuró en un inglés quebrado, haciéndome experimentar un escalofrío nada inventado al sentir el peso del amuleto sobre mi palma.
Nuestra expedición —un campeón de armas polaco, la viuda de un cónsul belga, un botánico holandés de nervios sensibles y yo mismo, Cornelius Havelock Dundas— tenía por objetivo atravesar el pantano de Zana-Mwilo, un territorio sobre el cual ni los cartógrafos del Royal Geographic Society ni los comerciantes buscadores de caucho daban fe precisa. Más allá de la ciénaga, en el corazón de la selva, los rumores hablaban de una ciudad prohibida, edificada enteramente en obsidiana negra, donde los antiguos, decían, dejaron una fortuna en zafiros tallados y esculturas de dioses olvidados cuyo solo nombre traía la locura. Se relataba también de guardianes: felinos espectrales —caracales de ojos azules y pelaje antinatural— que acechaban a los intrusos e, incluso, de una sombra que tomaba rostro humano solo para enloquecer a quienes la mirasen demasiado tiempo bajo el claro de luna.
El primer día de marcha se disipó entre la maraña de los humedales. El aire, saturado de aromas embriagadores y vapores, era cortante, resumiendo la promesa de la muerte con cada exhalación. Samuel —o Tiembeka— iba siempre adelante, abriendo paso con un machete ceremonial de empuñadura de cobre, susurrando a veces plegarias a una deidad lacustre. A nuestro alrededor, los insectos orquestaban una pieza inquietante y la luz se volvía esmeralda al filtrarse entre lianas y palmas. El polaco, von Lubecki, disparó sin aviso a un lagarto de un metro de largo, solo para descubrir horrorizado que lo que había abatido era una serpiente emplumada, objeto de tabú entre los pobladores.
Esa noche, la viuda, madame Deault, vociferó entre terrores nocturnos. Uno de los porteadores, un muchacho de apenas quince años, había desaparecido. Hallamos solo su gorro flotando en las aguas cenagosas, empapado de sangre fresca. Nadie osó recogerlo. El holandés, Van Loos, declaró que era innecesario internarnos más allá, pero para entonces ninguno de nosotros quería parecer cobarde ni ante Samuel ni entre nosotros mismos.
El segundo día, la marcha se volvió tortuosa. Los caminos desaparecían bajo nuestras botas, reemplazados por dunas de hojarasca podrida y raíces tan gruesas como un brazo adulto. Samuel nos urgía en voz baja. "No detenerse. No mirar atrás. La sombra sigue". Nadie replicaba, pero en los ojos de todos flotaba la misma pregunta: ¿qué clase de sombra? Al mediodía, la ciénaga se abrió en un claro, al borde del cual encontraron una estatua: un animal felino de obsidiana, erguido como un centinela. Los símbolos tallados en su base mostraban figuras humanas en posturas súplicas, bajo la garra implacable de la bestia.
La noche descendió tan rápida como una trampa. Encendimos hogueras antes que las sombras se espesas en torno nuestro. La viuda Deault volvió a murmurar sobre voces, silbidos en los juncos y manos invisibles que la tocaban. Acepté su histeria como algo inevitable en esa tierra cargada de presagios.
El tercer día, el aire se tornó tan denso que andar era como enfrentarse a una niebla sólida. De pronto, emergió ante nosotros el objetivo: entre troncos retorcidos y lianas nudosas, una fortaleza color ónix, los muros cubiertos de relieves extraños y pavorosos. Nos adentramos entre los escombros, cada uno tirando de una mezcla de avaricia y miedo. La botánica del grupo comenzó a catalogar los líquenes y enredaderas, mientras yo desenfundé mi revólver, más por superstición que por confianza ante lo desconocido.
Fue en el centro del templo, bajo un domo abierto al cielo, donde sucedió el milagro o la condena: al depositar el colgante de los colmillos en una base ritual, la estatua del caracal vibró, emitiendo un rumor lastimero y levemente humano. Una sombra, líquida y palpitante, surgió detrás de la escultura, tomando forma de hombre y animal al mismo tiempo. Samuel cayó de rodillas, gritando palabras que ninguna lengua humana debería articular. Una fuerza invisible nos empujó hacia atrás y uno de los porteadores, el más asustadizo, desapareció entre las tinieblas ante nuestros propios ojos.
Comprendí entonces: la ciudad de obsidiana era una trampa antigua, una prisión para los sueños y quienes los perseguían. Solo Samuel, herido y semiconsciente, logró guiarnos hacia la salida en medio de los gritos y la oscuridad. Cuando finalmente vimos la luz de la mañana, los supervivientes éramos solo cuatro. El amuleto había desaparecido y, al mirar atrás, la fortaleza ni siquiera dejaba rastro en la jungla implacable, como si nunca hubiese estado allí.
No hallamos riquezas. Solo cicatrices, físicas y mentales, y una historia para ser creída solo por aquellos que ya han mirado demasiado tiempo la oscuridad y saben que, tras ella, acecha algo más antiguo que el miedo mismo. Cuando volví a Londres, en las noches de insomnio, creí ver a veces, en el reflejo de mi ventana, el relámpago azul de unos ojos de caracal: paciente, inteligente, esperando que el hombre olvide, para invitar al siguiente soñador más allá de la ciénaga rubicunda.
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