Viaje Sin Retorno: (El Proyecto Orfeo, Libro1)
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Pack Harry Potter - La serie completa
Hay algo malo en casa
La inspectora gitana
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Portada del relato El sendero de las nieblas susurrantes
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Fragmento:


—¿Han escuchado eso? Es una canción, creo.

Duración: 04:47

El sendero de las nieblas susurrantes
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La aurora aún no había despertado las faldas de la Gran Cordillera cuando Edward Mallow, explorador curtido y hombre de pasiones secretas, hizo la primera marca en su cuaderno de viaje. El papel crujía bajo la pluma mientras una brisa fría –más parecida al aliento de un animal dormido que al viento conocido– le acariciaba la nuca. Frente a él, la montaña se alzaba impenetrable, envuelta por nieblas que trepaban lamiendo los riscos como dedos ansiosos. Habían transcurrido semanas desde su partida del último asentamiento, adentrándose junto a cuatro compañeros en la tierra que los lugareños llamaban "Uqayllaq Orqo": la montaña de las voces.

—¿A qué tanto silencio, Mallows?— preguntó Elsa van Duin, la holandesa de ojos de lince, rompiendo el hechizo del amanecer. Acababa de despertar, envuelta en una gruesa manta de lana, y el cabello caía sobre su rostro como un velo de ceniza.

—No es silencio, señora Van Duin —replicó Edward, acomodando su chaqueta forrada—. Lo que escuchamos aún no hemos aprendido a oírlo.

El tercer día de ascenso fue el primero en que las voces se hicieron claras, no como eco ni viento, sino como fraseo humano, sucediendo al borde de la percepción. Walter, el joven cartógrafo alemán, se detuvo a medio paso en la cornisa que bordea el abismo y susurró:

—¿Han escuchado eso? Es una canción, creo.

El resto negó, pero poco después, Elsa misma calló a los demás con un gesto severo: esa vez, a todos les pareció oír un rumor dentro de la bruma. Más que palabras, era una urgencia en el oído interno, una punzada de deseo o tal vez de miedo, que les empujaba a caminar a pesar del cansancio.

A la caída de la tarde, hallaron un claro donde los árboles —pinos centenarios deformados por la soledad— crecían en círculo exacto. En el centro, los restos de una hoguera antigua ardían como si el tiempo no los hubiera tocado. Allí, en ese lugar que parecía dispuesto para un rito, Edward decidió establecer el campamento.

—Mis abuelos hablaban de esto —comentó Carlos, el sherpa peruano—. Decían que las montañas guardan aquello que no pertenece al hombre. Dicen que aquí las palabras de los muertos pueden encontrarte si las tuviste en tu corazón.

Sus palabras se quedaron colgando, entre la incredulidad europea y el respeto incierto de la noche. Cenaron sin hablar mucho, mientras la niebla se espesaba y parecía cubrirlo todo, incluso los propios pensamientos.

La madrugada fue un festín de pesadillas. Edward soñó con su hermano, perdido en otra expedición años antes, cuya voz le llamaba entre risas distorsionadas, mezcladas con el silbido del viento. Elsa se despertó con un grito, asegurando haber sentido una mano sobre su pecho; Walter sollozaba en alemán, repitiendo una palabra que nadie más entendió. Solo Carlos miraba el fuego, quieto y resignado.

Durante los siguientes días, las voces se intensificaron. A veces uno de ellos se volvía bruscamente, convencido de haber oído a un antiguo amante, a un padre ausente, a un hijo perdido. A veces era un murmullo colectivo: cánticos, órdenes susurradas, que cuando se atendían desaparecían, dejando tras de sí una oleada de angustia.

El sendero se volvió cada vez más imposible, obligado a trepar por rocas resbaladizas y superar paredes de hielo deslucido. Cuando la noche cayó en lo alto, sólo tres continuaban: Elsa se negó a seguir, acampando junto a Walter, que se negaba a moverse, pálido y sudoroso, muriendo de miedo y agotamiento. Carlos y Edward continuaron, siguiendo lo que ya no podía llamarse un sendero, guiados por una urgencia interior, una promesa implícita en las voces que les llamaban.

La cima los recibió con algo parecido a un espejo: la niebla se había disuelto, y quedaron solos en lo alto, el mundo extendido bajo sus pies. En ese momento, Edward comprendió que la montaña no era un lugar sino una conciencia: las voces, un eco de todos los humanos que habían subido y caído, sus deseos y remordimientos grabados en la piedra y el aire. Allí, los pensamientos de cada uno se proyectaban como un tapiz interminable, donde el arrepentimiento y el amor perdido te atrapaban.

Carlos cayó de rodillas y rezó por los suyos, pidiendo perdón. Edward, en cambio, permaneció de pie. Sus pecados eran muchos, pero a la vez comprendía que, como en toda montaña, el camino de regreso sería posible sólo si renunciaba a escuchar. Tapó sus oídos con las manos y comenzó el descenso.

Al día siguiente, sólo Edward regresó a la base, demacrado, aturdido, con la ropa hecha jirones y la mirada de quien ha sobrevivido al juicio final. Elsa y Walter nunca fueron hallados; Carlos fue encontrado más tarde, dormido para siempre junto a la cima.

Cuando Edward escribió el último apunte de su cuaderno, recordó las palabras de Carlos: "Aquí las palabras de los muertos pueden encontrarte si las tuviste en tu corazón." Y mientras el viento silbaba entre las piedras, supo que jamás podría contar lo que realmente había sucedido en la montaña. Porque hay voces que uno sólo escucha una vez en la vida —y esa vez basta para perderse para siempre.

Viaje Sin Retorno: (El Proyecto Orfeo, Libro1)
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
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