Black Bird Academy: Amor a la muerte
Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
Pack Harry Potter - La serie completa
Edición limitada de la novela Anatema.
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Portada del relato El estrépito de la luna caída
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Fragmento:


Avanzaron en fila, machetes despiezando la oscuridad verde. Los nombres de sus compañeros se transformaban en murmullos al ser tragados por la maleza: Travers, con sus anteojos siempre empañados; Ju-kwan, el guía chino con una risa nerviosa; y detrás, el doctor Loiseau, su diario de cuero tan raído como la fe de un misionero borracho.

Duración: 06:14

El estrépito de la luna caída
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Las brasas moribundas del último fuego titilaban, su luz escarlata derramando figuras que eran casi monstruos en las paredes de la tienda de lona. Siegfried Arlen se levantó pesadamente de su jergón de viaje. Durante semanas había soñado siempre con las mismas imágenes: una mujer oscura bajo los árboles, el tintinear de brazaletes, la promesa de una danza prohibida que terminaba en la vasta negrura de dientes y colmillos. El coronel Braithwaite roncaba, el pecho hinchado como un tambor, ajeno al zarpazo de humedad salvaje que invadía el campamento. El resto de la expedición se había rendido hacía tiempo; pero Siegfried sabía que el mundo aún era tierra de promesas para los audaces y de castigo para los pusilánimes.

El río parecía susurrar con voces humanas al deslizarse entre la maleza. La selva, en algún punto entre realidad y delirio, olía a sudor, sangre y frutas podridas. Habían cruzado tres tribus enemigas, evitado las trampas de los caníbales, y perdido a dos hombres por la fiebra en los cienos del delta. Nadie preguntaba ya si el mapa robado a los franceses era auténtico; seguían porque hacia atrás no había retorno, sólo hambre y muerte entre el lodo.

Ysin embargo, la noche en que la luna más densa y amarilla que Siegfried recordara se alzó sobre las copas de los ceibas, encontraron el paso entre las colinas. No era sólo la ansiedad de conquista lo que movía a Siegfried a seguir adelante. Era algo inmenso y terrible: la certeza de que la jungla ocultaba respuestas a preguntas prohibidas. Y cuando al amanecer siguientes oyó el chillido lejano de una criatura imposible, comprendió que todo había cambiado.

Avanzaron en fila, machetes despiezando la oscuridad verde. Los nombres de sus compañeros se transformaban en murmullos al ser tragados por la maleza: Travers, con sus anteojos siempre empañados; Ju-kwan, el guía chino con una risa nerviosa; y detrás, el doctor Loiseau, su diario de cuero tan raído como la fe de un misionero borracho.

El torrente del deseo, mezclado con un miedo voluptuoso, mantenía alerta a Siegfried a cada sombra inesperada. Había algo en esa latitud que afinaba los sentidos, dotando a cada roce y cada mirada de un filo casi erótico. No era raro encontrar a los hombres jadeando, la piel perlada por la humedad y el terror, mientras hablaban apenas en susurros para no ofender a los dioses antiguos que resonaban bajo las raíces.

Fue durante una marcha penosamente lenta, justo cuando cruzaron aquella hendidura repleta de helechos gigantes, que Siegfried notó que Travers se estaba rezagando. Cada toque en su brazo era como una descarga eléctrica. El inglés se apoyó contra el tronco de un árbol y le murmuró al oído su secreto: había visto luces más allá del promontorio escarpado, luces que bailaban como serpientes. “Esta tierra no es para hombres,” jadeó, tembloroso. “Sólo dioses y bestias copulan aquí.”

A medida que la humedad lo empapaba todo, Siegfried sintió que su deseo de avanzar era casi indistinguible del deseo físico que vibraba en la médula de sus huesos. Había algo en la selva—acaso un perfume subterráneo, una música imposible—que iba desenroscando las inhibiciones, volviendo a cada miembro de la expedición una bestia primitiva de hambre y lujuria.

A la tercera noche, acampados en un claro donde enredaderas colgaban como cortinas entre las columnas de viejos árboles, llegó ella: la mujer de los sueños, envuelta en tejidos rojos, los ojos como brasas y la voz deslizándose por su piel como vino derramado. Nadie la vio entrar. Simplemente apareció, de pie junto al fuego, y cada hombre la deseó devorar pero también temió tocarla.

Siegfried fue el primero en acercarse. Ella habló en una lengua que no podía entender, pero su significado era claro. Con un dedo señaló al oriente, donde los árboles se abrían para revelar la boca de una gruta. El doctor Loiseau, siempre racional, sintió temblar su ciencia en presencia del mito encarnado. El coronel, incapaz de contener un gruñido, se abalanzó en busca de contacto. Ella apenas se movió, pero el coronel se encontró de pronto en el suelo, inconsciente, como si sus energías hubieran sido sorbidas de un sorbo.

Cada uno sucumbió a su modo: Travers se arrodilló y lloró, Ju-kwan intentó aferrarla y recibió solo un eco de risas que hicieron vibrar toda la floresta. Siegfried, sin entender por qué, fue el único a quien permitió tocar sus labios. Un beso simple, seco y eléctrico, que lo marcó para siempre.

Guiados por la mujer, descendieron a la caverna. La humedad aumentó. El aire se volvió espeso, sus lenguas midiendo apenas el sabor de la locura. Las túnicas de la mujer agitaron visiones: cuerpos entrelazados, historias antiguas de invasores y dioses, la danza inevitable de la muerte y el renacimiento.

En la profundidad de la gruta, sus sentidos explotaban; los músculos tensos, el pulso perdiendo el compás. Al final del descenso, encontraron un lago extrañamente iluminado por cristales. La mujer se desnudó con una lentitud exasperante, entrando al agua mientras su risa resonaba en las paredes húmedas. Uno a uno, los hombres dejaron caer sus prendas, abandonando toda pretensión civilizada.

El agua estaba tibia, cargada de esencias minerales que hacían vibrar la piel. Ahí, bajo la mirada líquida de la mujer, todo deseo fue permitido y consumado sin palabras. Se mezclaron los cuerpos, las lenguas, las culpas. Nadie recordaría más tarde haber sentido algo tan intenso y tan atrozmente dulce—aquello era el verdadero corazón de la selva, una orgía de vida y muerte.

Al amanecer, Siegfried encontró a la mujer dormida junto a él; el resto de la expedición yacía dispersa, exhausta o simplemente ausente. Él comprendió, en ese instante, que la mayor conquista no era el mapa francés ni el oro que prometían los reyes indígenas. Era aquello que solo podía arrancarse de lo más prohibido, lo más profundo, lo más abismal del mundo y de sí mismo.

Así, el explorador supo que no volvería. La selva, y la mujer, lo habían absorbido en su pulso lento e implacable, donde cada día era un renacimiento y una condena, y la pulsión de lo desconocido devoraba para siempre el espíritu y la carne del aventurero.

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