La grieta del silencio
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
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La niñera
Portada del relato Bajo la aurora dormida
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Fragmento:


Partimos cinco. Habíamos hecho el trato borrachos, como los pactos que Zapian la sangre y atan con hilos más finos que la memoria. Cada uno traía lo suyo: Henry Porter, encargado de abrir paso a machete y sonrisa. El sueco Anders, que decía haber navegado por los fiordos más mortíferos. Burns, el geólogo que escuchaba cantos en la piedra y en el hielo, y por último, la pequeña Vera, curtida en soledad y capaz de leer el viento como la prensa de Montreal.

Duración: 05:46

Bajo la aurora dormida
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Era el filo del siglo, y mi aliento salía denso como musgo arrancado, cargado con el olor tembloroso de la nieve pisada por animales y hombres. No era la promesa del oro la que me empujaba, sino la llamada vieja, perentoria, que arranca a los que nunca se conforman con la estancia junto al fuego. Allí estaban las tabernas de Skaguay, llenas de buscadores, de rostros expectantes, pero mi vista se perdía más allá de las luces y el ruido; se posaba en la franja oscura que era el dosel de los árboles, allí, donde el silencio era ley.

Partimos cinco. Habíamos hecho el trato borrachos, como los pactos que Zapian la sangre y atan con hilos más finos que la memoria. Cada uno traía lo suyo: Henry Porter, encargado de abrir paso a machete y sonrisa. El sueco Anders, que decía haber navegado por los fiordos más mortíferos. Burns, el geólogo que escuchaba cantos en la piedra y en el hielo, y por último, la pequeña Vera, curtida en soledad y capaz de leer el viento como la prensa de Montreal.

La última noche en Skaguay, llovía. El agua arrastraba la mugre de las aceras, devolviéndonos al estado primordial de la naturaleza. Pensé en mi madre, que temía por mi vida, y supe que si volvía sería otro, hijo de una selva blanca y no de la rutina gris. Quemamos nuestras cartas en la lumbre, gesto de desprecio a lo seguro, y callamos. Nadie sugirió nada sobre el futuro, porque el futuro es mentira donde el invierno manda.

El primer día ascendimos el Chilkoot como penitentes y condenados. La huella era pulida, traicionera, y el silencio sólo era roto por la respiración trabajosa. Pronto, el crujir del hielo se volvió lenguaje, los gruñidos de nuestros arneses, conversación. Los árboles retrocedían, y a cada paso sentí despojarme de la civilización, capa tras capa, hasta quedarme en los huesos que la Madre Tierra reconoce y acoge.

Desde la cumbre, con el mundo estrenándose de nuevo frente a nuestros ojos, el horizonte prometía y también amenazaba. El aire sabía a hueso y pólvora, y nuestras sombras se disolvieron bajo la luz quebrada de la aurora. Bajamos hacia el Dawson y el Yukon, donde la nieve formaba valles suaves y peligrosos. El hambre apareció más rápida que cualquier trampa. Los hombres sueñan con oro y aventuras, pero allí lo real era la boca pastosa, el estómago encogido, y las manos que ya no sentían frío sino ausencia de calor.

Cazábamos con humildad: ardillas raquíticas, un lobo temeroso. Una noche el viento aulló y Anders respondió con canto. Así nos encontró la ventisca: reunidos alrededor de una cuerda de carne seca, temerosos y envalentonados a la vez. Alguien mencionó la posibilidad de dar media vuelta; nadie dijo nada.

Día tras día, las huellas detrás de nosotros se borraban y el mundo quedaba intacto, como si nadie lo hubiera tocado antes. Nadie, salvo los espectros que nos vigilaban: viejos exploradores, pieles rojas, mineros muertos por la avaricia o el hambre. Vera decía que había visto sus sombras entre la niebla. No dudé de ella, porque yo también sentía una presencia —más densa cada noche— encogiéndose alrededor del fuego, respirando al compás del viento.

En el paso de Whitehorse, una avalancha nos truncó la senda. Perdimos provisiones, y Burns el geólogo casi pierde el brazo. Fue Vera quien se adentró en la nieve hasta rescatarlo, jurando contra todos los dioses mientras tiraba. Desde entonces, cambiamos de configuración. Ahora Vera iba delante, guiando, sus pequeños pies marcando el futuro sobre la blancura. Porter empezó a hablar poco, y yo comencé a escribir un diario con el carbòn de la hoguera, estúpido intento de retener palabras que el viento insistía en borrar.

La noche más larga llegó sin advertencia. El cielo se encendió de verde y púrpura, y los lobos aullaron desde los extremos del universo. Al principio pensamos que delirábamos, que el hambre nos hacía imaginar cosas. Pero cuando al calor gris del amanecer encontramos las huellas frescas rodeando el campamento, huellas humanas y de bestias mezcladas, supimos que algo más antiguo que nosotros acechaba. Aquella mañana, Burns temblaba. Quiso rezar y nadie lo detuvo.

Aquel día fue el día de la decisión. Regresar, por las sendas cubiertas y la promesa de un hogar; o seguir adelante, sabiendo que no habría compasión ni rescate. Nadie habló. Seguimos adelante. Porque el corazón del hombre tal vez sea una fosa, pero también es semilla: crece mejor cuanto más hostil es la tierra que lo cubre.

Así cruzamos el río helado, Vera y su andar obstinado, Anders sacando el ánimo de relatos antiguos y Henry volviendo a sonreír, solo que ahora reía para sí mismo. Yo, por mi parte, dejé de escribir y comencé a imaginar otras palabras, esas que se pronuncian sólo en el pensamiento, temerosas de escuchar su eco en la noche.

Cuando llegamos a los riscos que el mapa llamaba “la garganta de los susurros”, supimos que habíamos dejado algo irremediable tras nosotros. No encontramos oro. Pero sí, la línea fronteriza de nuestro propio miedo, la medida exacta de lo que puede tragarse el hombre antes de ser digerido por el invierno.

Esa primavera, Vera no regresó. Algunos dijeron que vio lo que buscaba —algo demasiado grande para traerlo de vuelta. Los otros, lentamente, bajamos de nuevo hacia el sur, a la ciudad, a las tabernas y al humo y al falso consuelo del calor civilizado.

Ahora, cuando la nieve reluce bajo la luna y la madera cruje, siento que la llamada permanece. No hay oro en la lejanía, sólo la promesa rota de la frontera, pero sigue siendo suficiente. Porque es ese grito del horizonte, el que arrastra a los hombres hacia donde no hay huella, ni senda, ni regreso. Allí, en el filo del mundo, seguimos marchando.

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