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Portada del relato La senda de los dioses olvidados
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Fragmento:


El tam-tam lejano de los nativos se extendía como un zumbido incómodo a través del espeso sudario de neblina. James Claymore avanzaba, machete en mano, sintiendo cómo el sudor se mezclaba con el barro en el cuello de su camisa. Aquella parte del Congo jamás había sido pisada por hombre blanco, o al menos eso decían las lenguas temblorosas en el puerto, llenas de miedo y reverencia. Lo acompañaba Ingrid Von Seel, sus ojos acerados y su porte prusiano desmentían la fragilidad de su reloj de oro, único vínculo brillante con la civilización.

Duración: 04:01

La senda de los dioses olvidados
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El tam-tam lejano de los nativos se extendía como un zumbido incómodo a través del espeso sudario de neblina. James Claymore avanzaba, machete en mano, sintiendo cómo el sudor se mezclaba con el barro en el cuello de su camisa. Aquella parte del Congo jamás había sido pisada por hombre blanco, o al menos eso decían las lenguas temblorosas en el puerto, llenas de miedo y reverencia. Lo acompañaba Ingrid Von Seel, sus ojos acerados y su porte prusiano desmentían la fragilidad de su reloj de oro, único vínculo brillante con la civilización.

A cada paso, la selva parecía tragarlos: lianas como serpientes, raíces tumorosas y la humedad empapándolo todo en una sensualidad sofocante. Un perfume pesado a flores y podredumbre se colaba por sus narices; detrás, los porteadores murmuraban entre dientes supersticiosos. Claymore, guiado por el mapa de su padre, sentía la presión de generaciones empujándolo hacia adelante, en busca de la ciudad perdida que, decían, brillaba aún bajo la maleza.

Tras una noche en vela, rodeados de grillos y los jadeos lejanos de animales invisibles, los exploradores descrubieron una abertura en la roca al pie de una cascada. Era un umbral, tallado por manos antiguas, cubierto de líquenes y signos sin descifrar. Un escalofrío los recorrió. ¿Cuánto tiempo antes de que la bestialidad de la selva reclamara también sus vidas?

Ingrid lideró la entrada, linterna en mano. El túnel olía a sudor seco, a promesas rotas y muerte. Y sin embargo, no dudó. Cliff de pronto cayó de rodillas, sus dedos rozando una losa tallada. Allí, la historia se abría como una herida: dioses bestiales con colmillos de marfil, mujeres talladas con caderas orgullosas, hombres de ojos vacíos. Claymore sintió la urgencia animal de tocar la historia, de probar su poder, de rendirse al misterio.

Más allá, una cámara abovedada se abría ante ellos. Relieves dorados y piedras preciosas centelleaban en la penumbra; oro cubierto de óxidos, idolillos y brazaletes yacían entre cráneos y vasijas. El eco de los dioses olvidados parecía vibrar entre las paredes. Ingrid respiró hondo, ojos brillando; Claymore, en su interior, ya se veía ataviado con las riquezas, admirado por los sabios, amado por las cortesanas en Londres.

Pero los dioses de la selva no regalan sus tesoros a cualquiera. Una sombra reptó desde la esquina oscura; el filo de un cuchillo ceremonial rasgó el aire, hecho por una mano minúscula, huesuda, cubierta de pinturas tribales. Un sacerdote muy viejo, retirado de la cicatriz del tiempo, boqueaba palabras en una lengua desconocida. Antes de que pudieran reaccionar, una docena de figuras emergió: los Guardianes de la Ciudad Durmiente, cuerpos pintados, lanzas y penachos, ojos más hambrientos que el león.

El enfrentamiento fue rápido, brutal. Sangre en las piedras, gritos entre el oro y el polvo. Claymore vio cómo Ingrid despedazaba el miedo con cada disparo y cada puñalada. Aquel era el momento que había soñado entre mapas y relatos de fogón, pero ahora lo vivía entre la vida y la muerte, entre la gloria y la destrucción. El sacerdote cayó, su sangre formando un charco en la base del altar. Un silencio pesado siguió; la selva misma pareció contener el aliento.

Desnudos de arrogancia, cubiertos de heridas, los exploradores supieron que el precio del misterio era demasiado alto. Aun así, se acodaron ante el altar. La ciudad brillaba para ellos solos, el mundo conocido tan lejos como la civilización que tan orgullosamente portaban bajo la piel. Salieron al amanecer, con el oro justo para un cuento más, para que el horror nunca oscureciera del todo el fulgor de la búsqueda. De regreso en el río, mientras Ingrid besaba el borde de la copa ceremonial aún sangrienta, Claymore supo que en sus venas corría, ya para siempre, la furia y la bruma que solo la selva puede dar a los que se atreven a buscarla más allá de los mapas.

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