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Fragmento:


No sé si fue el rumor de la tempestad en la distancia o la promesa de tierras nunca holladas por el hombre lo que nos impulsó a aceptar aquel viaje. En la víspera de mi trigésimo octavo cumpleaños, una carta de papel grueso y bordes dorados llegó a mi puerta sin remitente conocido. “Sir Samuel Blackwood solicita de su presencia. Detalles posteriores.” Sin más explicación, supe que lo inusual se avecinaba. Yo, que había dedicado mi vida al estudio meticuloso del comportamiento dócil de los océanos y a publicar sabios tratados de profundidad teórica, me apresté a cruzar el umbral de lo desconocido movido por una inquietud más antigua que el lenguaje: el ansia de lo que yace tras el último susurro del viento.

Duración: 06:37

El Límite del Viento
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No sé si fue el rumor de la tempestad en la distancia o la promesa de tierras nunca holladas por el hombre lo que nos impulsó a aceptar aquel viaje. En la víspera de mi trigésimo octavo cumpleaños, una carta de papel grueso y bordes dorados llegó a mi puerta sin remitente conocido. “Sir Samuel Blackwood solicita de su presencia. Detalles posteriores.” Sin más explicación, supe que lo inusual se avecinaba. Yo, que había dedicado mi vida al estudio meticuloso del comportamiento dócil de los océanos y a publicar sabios tratados de profundidad teórica, me apresté a cruzar el umbral de lo desconocido movido por una inquietud más antigua que el lenguaje: el ansia de lo que yace tras el último susurro del viento.

Blackwood, poseedor de una fortuna incalculable y una reputación forjada tanto en salones iluminados como en embarcaciones olvidadas, nos reunió a cinco, cada uno con talento propio y cicatrices indecibles. Había médicos, químicos, ingenieros, un cartógrafo holandés con la mirada vacía de quien ha extraviado un continente, y yo, obseso de los enigmas naturales. La cita fue en su residencia, un caserón apartado en las afueras de Southampton, donde el rumor del mar era suficiente para llenar de sal hasta los espejos. Una vez dentro, la familiaridad del claroscuro y el aroma a cedro viejo me tranquilizó sólo un instante.

“Señores”, dijo Blackwood, “lo que persigo es un lugar que no consta en carta náutica alguna, ni figura en cuaderno de bitácora. Las gentes lo llaman La Última Esfera. Navegantes lo sugieren hacia el sudeste, más allá de las islas Hundidas. Nadie regresa con los ojos completos.” La seriedad en su acento no dejaba lugar a bromas. El plan era zarpar en una semana con provisiones para seis meses y reserva de carbón suficiente para doblegar el invierno.

El acceso hasta la zona señalada, según los cálculos, requería bordear dos veces el cabo de Hornos, una maniobra explícitamente suicida en otoño. Pero había en su promesa algo indecible, un imán para los desesperados o los insatisfechos. Llegada la mañana del 23 de septiembre, partimos a bordo del Mourning Star, una goleta de hierro reforzado. El océano nos recibió como la lengua de un animal hambriento, pero al menos aún había estrellas para guiarnos.

Durante las primeras semanas, la convivencia limó el brillo dorado de la aventura y reveló las fisuras: la forma en que el médico, Hargreaves, esquivaba nuestra mirada cuando el viento arreciaba, o cómo la mano de la ingeniera francesa, Elodie Fournier, temblaba ante cada chirrido del casco. La noche, sin luna, devoraba los pensamientos y multiplicaba los rumores. Se decía que Blackwood había perdido a su esposa en aquellas mismas aguas, que la propia esfera era una invención suya para justificar el tormento interior. Sin embargo, cada avance hacia el sur era un paso más allá del recuerdo y la razón; era, inevitablemente, fascinación pura.

En la tercera semana, el mar se tornó tan denso que la hélice amenazó con rendirse. Surgieron bancadas de niebla negra, inhabitual, que no parecía desplazarse sino observarnos. La brújula comenzó a girar lentamente, como si el magnetismo de la Tierra se concentrase en un punto invisible donde toda lógica se diluía. El cartógrafo dibujó líneas que no existían en mapa anterior, siguiendo sólo el rumbo de sus sueños perturbados por voces que a veces musitaba en flamenco. Yo me dediqué, cada madrugada, a registrar anomalías: el vapor azul que salía de la bodega, los peces con ojos de bruma, la música submarina que se colaba entre las tablas como si el abismo tuviera cuerdas vocales.

Una madrugada, en plena guardia, divisé en el horizonte un resplandor magenta, a contraluz de nubes que parecían costras de sangre vieja. Blackwood, que rara vez se despojaba del abrigo de cuero, ordenó virar rumbo hacia aquella luz. La niebla se apartó como una cortina. Lo que emergía era prodigioso: una isla flotante, anclada a la nada, rodeada de esferas traslúcidas que giraban entorno a sí mismas, reflejando constelaciones inéditas. El mar en torno a la isla era sólido durante cinco minutos y luego líquido, como si la física vacilara ante la presencia de su frontera postrera.

Aterramos con botes salvavidas, avanzando entre vapores y ecos. El suelo, al pisarlo, vibraba como membrana de tambor. Blackwood, con la mirada de quien ha hallado a su dios y a su verdugo, encabezó la columna. “Aquí está”, murmuró. Lo que vimos desborda cualquier arquitectura humana: una esfera de cristal, de unos veinte metros de altura, flotando entre los pilares de roca negra. Dentro, formas titilaban; eran recuerdos, voces, tiempos perdidos. Elodie, la ingeniera, intentó tomar una muestra: su instrumento desapareció en el aire, y en su rostro brotó un grito tal que, quienes sobrevivimos, nos preguntamos si fue humano.

La Esfera no era destino ni origen, sino umbral: con cada paso más cerca, nuestros pensamientos se desprendían del cuerpo, revelando deseos enterrados y miedos que nos anclaban a la vida. Como hojas buscando tierra, flotamos un instante en ese abismo, percibiendo los hilos que nos formaban. Yo vi, en mi visión más profunda, la imagen de mi padre llevándome de la mano a la costa, una promesa rota que aún sangraba en mis noches. Hargreaves cayó de rodillas, balbuceando nombres que no eran de este siglo; el cartógrafo intentó trazar un mapa sobre el aire, y descubrió que su mano pintaba líneas de fuego.

Blackwood llegó a la superficie de la esfera y apoyó su mejilla como quien busca el frío de una madre perdida. Jadeó, lloró, se rió al mismo tiempo: “Ahora somos de aquí”, declaró. En ese mismo instante, la Esfera dejó caer lluvias de luz y cada uno vimos, por un parpadeo, los secretos de todos. Comprendí que explorar no es conquistar ni poseer, sino ser vulnerado hasta el hueso por lo que no puede ser dicho.

Regresamos, o creímos regresar. El Mourning Star nos llevó de vuelta al continente, pero ninguno tenía el mismo rostro al desembarcar. Blackwood rompió su silencio para siempre, publicando un tratado jamás comprendido; Elodie, enloquecida, fue hallada hablando con su reflejo días enteros. El cartógrafo desapareció por el delta del Orinoco, siguiendo líneas invisibles. Yo, cada noche, escribo lo sucedido, pues temo olvidar. No he dormido desde que arrojé mi corazón a la última Esfera. A veces, cuando la bruma lo permite, creo ver el límite real del viento desde mi ventana, y entonces sé que aún queda por explorar aquello que ninguna palabra mía, ni siquiera las más precisas, podrán jamás encerrar.

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