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Portada del relato Las Puertas del Umbral
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Fragmento:


Esa noche, tumbada en la penumbra, una figura de ojos inolvidables apareció junto a su cama, tras una ráfaga de aire frío. No era un ángel con trompetas ni demonio de caricatura, sino algo ancestral y familiar —como si su propia sombra hubiera aprendido a caminar. Lucía no sintió miedo, sino un temblor de expectativa.

Duración: 04:11

Las Puertas del Umbral
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Fue en una noche sombría, cuando los gatos cruzaban las callejuelas desiertas y las campanas de la catedral sonaban graves en la niebla, que una mujer —a quien llamaré Lucía— sintió el más profundo presentimiento de ruptura. Había vivido ya sesenta y ocho eneros: todos. Había conocido la ternura de un primer hijo, los sobresaltos del matrimonio, y la incertidumbre de la viudez. Había rezado en iglesias incensadas y también en la soledad helada de un hospital a medianoche. Sabía que su tiempo ya no era lineal.

Esa noche, tumbada en la penumbra, una figura de ojos inolvidables apareció junto a su cama, tras una ráfaga de aire frío. No era un ángel con trompetas ni demonio de caricatura, sino algo ancestral y familiar —como si su propia sombra hubiera aprendido a caminar. Lucía no sintió miedo, sino un temblor de expectativa.

Sin palabras, la figura le condujo, ligera como el humo, hacia una vasta sala de mármoles grises, donde docenas de seres esperaban en silencio. Todos tenían en la mano una pequeña esfera luminosa —sus almas, supo Lucía, pues resplandecían con recuerdos, sueños incumplidos y el polen dorado de la esperanza.

Un hombre alto—su propio padre, caído tres décadas atrás—levantó la voz. “En este lugar se celebra el vaticinio final”, dijo. “No como sentencia, sino como profunda revelación: la verdad de lo que hemos llegado a ser.”

A cada alma le era pedido sentarse ante un gran espejo, donde no se reflejaba el cuerpo, sino el entretejido de todos los pensamientos, elecciones y silencios. El espejo era transparente y, a la vez, terrible: no censuraba, no adornaba. Y sin embargo, era un espejo de misericordia. Allí, Lucía vio el hilo brillante de cada amor regalado—y juntó esas hebras con sus zonas de sombra, allí donde calló, derribó o descuidó.

“¿Qué ves?” preguntó la figura.

“Yo misma”, dijo Lucía. “Pero más: veo mi vida como nunca la entendí. Todo el daño y toda la belleza. Todo se ofrece, nada se oculta.”

En una esquina de la sala, otros seres celebraban una subasta. Lucía vio cómo algunos ofrecían sus almas, deseando cambiarlas por poder, reconocimiento, o la falsa promesa de no envejecer jamás. Pero cuando uno entregaba su esfera luminosa a manos desconocidas, el brillo se desvanecía y un vacío mudo ocupaba el espacio.

Lucía comprendió, con súbita claridad, que ese deseo de subasta ocurre ya en la vida: cada vez que intercambiamos el alma por una importancia fugaz, cada vez que negocia el yo auténtico por aprobación, por seguridad, por confort ilusorio. Vio, también, que nunca era demasiado tarde para dejar de ofrecer su vida en pequeñas subastas cotidianas y entregarla, entera, a quien solo pide transparencia y entrega.

Un anciano se acercó. Sus ojos destellaban compasión, y en sus manos sostenía una esfera tan clara como el agua.

—¿Sabes qué es lo que salva al alma en el vaticinio final? —preguntó suavemente—. No son las luchas ganadas o los logros exhibidos en vitrinas polvorientas; es la humilde confesión de que todo viene de la gracia, y de que el único precio digno es la autenticidad.

—¿Y si me equivoco, o fallo? —inquirió Lucía.

—El amor lo restaura todo —contestó el hombre con una sonrisa—, si no has malvendido tu alma, sino que la has entregado, tal como vino, en confianza.

De nuevo, la figura oscura la tomó de la mano y una luz cálida invadió los mármoles de la sala. Lucía se vio retrocediendo hacia su cama, el aliento del amanecer asomando entre las cortinas. Sabía que el vaticinio final ocurría cada día, a cada instante en que elegimos si somos vendidos o regalados, máscaras o corazones desnudos.

Entendió, finalmente, el misterio: la vida no es sentenciada por fuerzas externas ni se gana por sobresalir en subastas de apariencias, sino que se renueva, incansablemente, cuando decidimos ser enteramente, humildemente, nosotros mismos. Porque solo un alma no vendida es capaz de recibir el fulgor inextinguible de la gracia. Y así, en el alba, Lucía se levantó, respiró, y supo que podía volver a empezar.

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