El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Edición limitada de la novela Anatema.
Alchemised: No queda nadie a quien salvar
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Portada del relato Susurros del Alba
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Fragmento:


En el frescor azul de la mañana, Nadim solía caminar junto a un río que serpenteaba por entre piedras pulidas por la memoria de los siglos. No era un sendero transitado, y la naturaleza, en su callado esplendor, acogía cada paso suyo como si se reencontrase con una parte olvidada de sí. Allí, bajo los sauces inclinados, él aprendía a escuchar. Porque si hay un don que el silencio concede, es el de escuchar no solo el murmullo de las aguas, sino el delicado palpitar de la vida en su seno.

Duración: 03:58

Susurros del Alba
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Quizá hayas sentido, al abrir los ojos antes del alba, ese instante leve en que el mundo aún no reclama su peso, y el alma parece flotar sobre un mar invisible. Así le sucedía a Nadim, un hombre cuyo corazón había transitado por sendas luminosas y otras tantas veces se había extraviado en la maraña de sus propias preguntas. Nadim, como muchos, buscaba con ansias un significado, una luz que disipara nieblas y revelase la forma última de aquello a lo que llamamos vivir.

En el frescor azul de la mañana, Nadim solía caminar junto a un río que serpenteaba por entre piedras pulidas por la memoria de los siglos. No era un sendero transitado, y la naturaleza, en su callado esplendor, acogía cada paso suyo como si se reencontrase con una parte olvidada de sí. Allí, bajo los sauces inclinados, él aprendía a escuchar. Porque si hay un don que el silencio concede, es el de escuchar no solo el murmullo de las aguas, sino el delicado palpitar de la vida en su seno.

Un día, mientras sus pies descalzos sentían el frío de la tierra, Nadim se detuvo frente a una roca cubierta de musgo. En su superficie, la mano paciente del tiempo había dibujado arabescos de líquenes y huellas de diminutos insectos. Le pareció, en ese instante, que la roca respiraba, que todo respiraba, y que incluso su pensamiento era una brizna flotando en la vastedad de un aliento desconocido.

—¿Quién eres? —susurró, sin saber a quién dirigía la pregunta: si a la piedra, al río, al viento, o a sí mismo.

El silencio respondió, pero no con palabras, sino con esa plenitud que llena cuando se ha aprendido a vaciarse. Nadim comprendió que durante toda su vida había mirado afuera en busca de respuestas, pero que en ese observar constante nunca se había detenido a mirar el mirar mismo; nunca había examinado el crisol invisible donde se funden las preguntas y desde donde brotan los posibles cantos de la existencia.

En ese claro matutino, sintió por primera vez la profundidad de su propio ser, no como una posesión, sino como algo compartido, indisoluble de lo que le rodeaba: la luz filtrándose entre los árboles, la brisa acariciándole la piel, el distante tañido de una campana llevada por el viento. Él era eso, y eso era él. No había separación, sólo la ilusión, tenue como el sueño de la bruma, de que el río podía correr sin el abrazo de sus orillas.

Continuó su camino entre las voces que no necesitan lengua para expresarse: la melodía de las hojas, la geometría inabarcable de una tela de araña, la segura torpeza de un escarabajo que remontaba el tronco de un cedro. En cada detalle encontraba un destello de lo inabarcable y, al mismo tiempo, la paz de lo suficiente.

Al atardecer, cuando el sol huía dejando tras de sí pinceladas de oro y púrpura, Nadim regresó a su morada hecha de adobe y humildad. Encendió una lámpara de aceite y, en su titilar, captó la fragilidad de la vida. Se sentó en silencio, percibiendo el pulso de su sangre y la música secreta de su aliento. En ese momento supo que el verdadero templo no era de piedra, ni de palabras inscritas en antiguos pergaminos, sino de instante en instante, memoria efímera y a la vez eterna de aquello que observa en la quietud.

Las preguntas, comprendió Nadim, siempre son semillas. Algunas brotarán y se convertirán en árboles debajo de los cuales hallaremos sombra; otras dormirán en la tierra, aguardando el momento oportuno. Así también los anhelos de sentido: nacen como ecos de un canto olvidado y, con el tiempo, nos devuelven a nuestro centro, ese fuego imperturbable que nunca se consume y nunca termina de revelarse.

Mientras la noche desplegaba su manto tachonado de estrellas, Nadim cerró los ojos y descansó. No buscaba ya respuestas afuera; había aprendido a habitar la pregunta, a admirar la belleza de su forma, y a confiar en que, así como el río sigue su curso, también el alma encuentra, en su propio fluir, la melodía secreta de la vida.

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