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Fragmento:


Llegó a una explanada donde un viejo roble se erguía como un guardián del umbral. Allí se sentó, cerró los ojos y dejó que el silencio la envolviera. Pronto, empezó a sentir el rumor de su propio pensamiento, tan bullicioso como un río desbordado. Sin embargo, en ese bullicio, notó que, por breves instantes, había pequeños islotes de quietud; respiró profundamente y trató de quedarse en esos momentos de calma.

Duración: 04:40

La Voz de las Montañas
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A menudo la vida se nos presenta como un sendero largo y sinuoso, oculto tras la niebla de lo desconocido. Fue una mañana en la que el aire olía a tierra mojada y los árboles parecían murmurar antiguos secretos, cuando Helena decidió despertar más temprano que de costumbre y caminar hacia las colinas que rodeaban su pueblo. Había sentido, desde hacía meses, un peso sobre el pecho: preguntas sin respuesta, una sensación de vacío que ni el amor, ni el trabajo, ni las pequeñas alegrías cotidianas conseguían llenar.

Salió en silencio, solo acompañada por el ritmo de su respiración y el latir de su corazón. Helena buscaba algo que no sabía nombrar. Recordaba, en su infancia, cuando su abuela la tomaba de la mano y juntas recorrían los caminos de piedras, recogiendo flores silvestres y hojas caídas. “Todo lo que buscas, niña, se encuentra en el espacio entre dos pensamientos”, le decía la anciana. Esas palabras habían quedado grabadas en lo profundo de su memoria, esperando el momento de germinar.

A medida que ascendía, la niebla se cerraba a su alrededor. Los contornos del paisaje se volvían difusos, y cada paso la sumergía en un mundo distinto, donde el tiempo parecía detenerse. Sintió miedo: miedo de perderse, miedo de no regresar. Pero, al mirar hacia atrás, vio cómo el pueblo desaparecía en el blanco lechoso, y supo que la única dirección posible era hacia adelante.

Llegó a una explanada donde un viejo roble se erguía como un guardián del umbral. Allí se sentó, cerró los ojos y dejó que el silencio la envolviera. Pronto, empezó a sentir el rumor de su propio pensamiento, tan bullicioso como un río desbordado. Sin embargo, en ese bullicio, notó que, por breves instantes, había pequeños islotes de quietud; respiró profundamente y trató de quedarse en esos momentos de calma.

Poco a poco, una sensación de paz comenzó a surgir en su interior, como si algo dentro de ella susurrara: “Suelta”. Dejó caer sus preocupaciones como hojas secas. En ese instante, percibió la presencia de alguien. Abrió los ojos y vio, a unos metros, a un anciano de barba blanca, apoyado en un bastón de madera trenzada. Nunca lo había visto antes, sin embargo, no sintió temor, sino una mezcla de familiaridad y respeto.

“Buscas respuestas”, dijo el hombre, su voz era profunda y gentil, como el viento entre las ramas. Helena asintió en silencio. El anciano se sentó a su lado y señaló el horizonte, donde la niebla comenzaba a disiparse. “Todo en la vida es un ciclo: el miedo, el dolor, la alegría. Tratas de huir del vacío, pero a veces es necesario vaciarse para poder llenarse. La vida te pide desapego, aprender a soltar no solo lo malo, sino también las certezas que te atan”, sus palabras tenían un ritmo pausado y sereno.

Helena sintió que algo dentro de ella se abría. Le confesó que sentía que caminaba sin destino, que nada la llenaba. El anciano, con una sonrisa melancólica, respondió: “El sentido no se busca, se descubre en el caminar, en el acto de estar presente. Los grandes misterios de la vida se revelan sólo a quienes tienen el coraje de permanecer quietos en su incertidumbre”.

El tiempo pareció detenerse. El sol comenzó a filtrarse entre las nubes, iluminando la copa del roble. El anciano prosiguió: “Toda persona enfrenta sus propias sombras. No luches contra ellas, obsérvalas. Dales la bienvenida. Solo así aprenderás su lección. Cuando el corazón está dispuesto a escuchar, la vida se convierte en un maestro silencioso”.

Helena recordó las palabras de su abuela y se dio cuenta de que el espacio entre dos pensamientos era precisamente ese instante de vacío en el que todo podía ser comprendido. Sintiéndose ligera, le agradeció al anciano su compañía, y aunque quiso hacer más preguntas, entendió que las respuestas más profundas no siempre llegan en palabras, sino en silencios compartidos.

Cuando comenzó el descenso, el pueblo, su rutina y sus preocupaciones seguían allí, pero todo había cambiado. En su interior algo nuevo había nacido: una confianza tranquila en el curso de la vida, una fe en que cada paso, incluso cuando parecía perdido, formaba parte de un mapa invisible al entendimiento ordinario.

Esa noche, Helena miró el cielo estrellado desde su ventana y supo que cada ser humano atraviesa sus propias nieblas y encuentros. Que todos poseemos la capacidad de escuchar, si aprendemos a callar el ruido del mundo y del propio corazón. Y así, en el silencio de la noche, sintió —como un eco de lejanía y de hogar— la certeza de que nunca estamos realmente solos, y que la vida nos habla siempre, si nos atrevemos a escuchar con humildad y asombro.

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