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Fragmento:


Savitri le ofreció un cuenco de agua pura. Le habló, no de dogmas o teorías, sino del agua misma: “Bebe despacio —le dijo— siente cómo este líquido se extiende sin esfuerzo, cómo acepta siempre la forma de cuanto la contiene. La paz que buscas no se cultiva en los campos que aramos con el esfuerzo del yo. Así como este agua, la paz es la rendición a lo que Es, no la conquista de lo que Quisiéramos que Fuese.”

Duración: 03:59

La Caverna Interior
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Muy dentro de la montaña, en un lugar donde la luz baila apenas sobre el umbral de las cuevas ancestrales, vivía Savitri, una mujer de ojos profundos, tan oscuros como el abismo de la noche. Nadie sabía cuándo llegó allí, ni por qué eligió ese retiro. Algunos decían que había perdido a todo cuanto amaba y que buscaba consuelo en el abrazo estático de la tierra. Pero Savitri reía cuando escuchaba tales historias; para ella, la soledad no era el castigo que muchos temen, sino la madre generosa que ofrece su regazo tibio a quien exhausto deambula por la feria tumultuosa del mundo.

Fue en esa caverna donde, una mañana, el rumor del viento trajo consigo la voz de un visitante inesperado: un anciano que había sido monje, guerrero y poeta. No había venido a buscar consuelo, ni respuestas simples, sino el misterio de los misterios: la fuente secreta de la paz. Ambos compartieron el silencio durante horas, como dos brasas que queman sin hacer humo. Savitri, tras largas estaciones a solas, ya no sentía urgencia por las palabras; el hombre, no obstante, trajo preguntas acuciantes: “¿Por qué no encuentro quietud en las sendas por donde otros hallan moradas seguras? ¿Por qué, cuanto más cultivo mi jardín de virtudes, más se alza la mala hierba del anhelo en mi interior?”

Savitri le ofreció un cuenco de agua pura. Le habló, no de dogmas o teorías, sino del agua misma: “Bebe despacio —le dijo— siente cómo este líquido se extiende sin esfuerzo, cómo acepta siempre la forma de cuanto la contiene. La paz que buscas no se cultiva en los campos que aramos con el esfuerzo del yo. Así como este agua, la paz es la rendición a lo que Es, no la conquista de lo que Quisiéramos que Fuese.”

Esa noche, el visitante observó cómo la luna derramaba su leche sobre las piedras frías del refugio y, entre parpadeos de luciérnagas, comprendió que su búsqueda, tejida de preguntas, dependía de la voluntad de dejar de remar en contra en ese mar de existencia. Emprendió el experimento de quedarse quieto, allí mismo, cada vez que una inquietud asomaba. En cada instante de tensión, recordaba el agua del cuenco y se permitía tomar la forma del instante. A medida que los días fluían, y la garganta del pasado ya no le quemaba, el anciano percibió que la mente es como una nube: aparece, cubre el cielo e igual que llega, se disuelve.

En los largos crepúsculos, ambos caminaban despacio a lo largo del río invisible que sigue a los pensamientos, aprendiendo a no apoderarse de nada, ni de la alegría ni del dolor. El monje-poeta empezó a escribir versos que no pretendían perdurar, solo ser ofrenda instantes antes de ser ofrecidos al fuego. Savitri, por su parte, cultivaba pequeños gestos de ternura: un pan compartido, una sonrisa al sol que nace, una caricia a la pared rugosa de la roca que la acogía.

Con el tiempo, la montaña misma pareció transformarse: susurros de aves que solo se escuchan en el silencio más hondo, aromas nuevos en la brisa, reflejos de luces lejanas en los surcos de la piedra. Un día, el visitante se inclinó, agradeció a su anfitriona y a la montaña, y marchó en silencio, igual que llegó. Savitri supo que, aunque se había ido, una parte de él permanecía en cada recoveco iluminado por su aprendizaje conjunto.

Quien escucha ahora este relato debe saber que la caverna sigue allí, eterna como el corazón detrás de toda tormenta. Los caminos exteriores pueden conducirnos hasta su umbral, pero solo el arrojo de soltar nuestras certezas y ser como el agua nos deja penetrar en su misterio último. La verdadera transformación ocurre no en el acto heroico, sino en el simple, invisible, y continuo abandono de lo que creemos ser, para dar la bienvenida al silencio original del que emergen todas las respuestas. Allí, en ese núcleo silencioso, cada uno puede oír finalmente el canto ininterrumpido de la vida y descansar, por fin, en la paz que no ha sido ganada, sino siempre presente.

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