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Fragmento:


Era una noche sin luna y el aire parecía inmóvil, tan denso que el suspiro del viento solo era intuido por el leve crujir de las hojas. En aquel pequeño pueblo, donde el tiempo discurría como un arroyo lento, vivía Adrián, un hombre que había dedicado su vida a buscar respuestas. Buscaba en los libros antiguos, en conversaciones profundas y en el reflejo dorado del crepúsculo. Cada día, sin embargo, sentía que cuanto más descubría, más lejos se quedaba de aquello que ansiaba comprender. Había una inquietud, un vacío sutil, una nostalgia de algo que no podía nombrar.

Duración: 03:54

La Luz Entre los Instantes
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Era una noche sin luna y el aire parecía inmóvil, tan denso que el suspiro del viento solo era intuido por el leve crujir de las hojas. En aquel pequeño pueblo, donde el tiempo discurría como un arroyo lento, vivía Adrián, un hombre que había dedicado su vida a buscar respuestas. Buscaba en los libros antiguos, en conversaciones profundas y en el reflejo dorado del crepúsculo. Cada día, sin embargo, sentía que cuanto más descubría, más lejos se quedaba de aquello que ansiaba comprender. Había una inquietud, un vacío sutil, una nostalgia de algo que no podía nombrar.

Una noche, cansado ya de sus propias preguntas, Adrián decidió caminar sin rumbo. El silencio era total, a excepción de sus propios pasos sobre el sendero de grava. Al llegar a un claro, se detuvo y, por primera vez en mucho tiempo, se permitió estar quieto. Todo su aprendizaje, todas sus teorías y respuestas se asentaron en el fondo, como si la mente misma se rindiera ante lo desconocido. Inspiró profundamente. Entonces, sucedió algo extraño: el mundo no cambió, pero sus sentidos sí. Percibía con una nitidez asombrosa los detalles de aquella noche: la frescura en la piel, el zumbido lejano de un insecto, la vasta oscuridad que lo envolvía y, sobre todo, el pulso silencioso con el que el universo parecía vibrar.

En ese instante, comprendió que toda su vida la había vivido afuera de sí mismo, siguiendo el vaivén de los pensamientos como un barco a la deriva. Recordó todas las veces que intentó entender la vida a través de las palabras, pero ahora, en la vibrante presencia del momento, descubría que no había nada que comprender, solo experimentar. El “yo” que constantemente cuestionaba y luchaba pareció desvanecerse. Todo era tan simple, tan directo. No había metas, ni ansiedad, ni recuerdos que lo atenazaran. Solamente estaba ahí, consciente de su propia existencia y, paradójicamente, de la ausencia total de separación entre él y lo demás. Era, simplemente, parte de una totalidad que no necesitaba explicación.

Por primera vez sintió lo que los antiguos llamaban “el despertar”. No era un suceso milagroso ni una revelación estridente, sino el suave crujir de una puerta demasiado tiempo cerrada. Sintió gratitud por lo que es. Cada objeto, cada sonido y cada sombra del claro nocturno era sagrado en su simpleza; nada le faltaba a ese momento. Comprendió, sin palabras, que el sufrimiento solo existía en la resistencia al ahora, en la huida perpetua hacia el pasado o el futuro, en la identificación con historias personales, miedos y expectativas.

En ese claro, rodeado de silencio, Adrián no era ni alguien especial ni insignificante; era simplemente una expresión de la vida misma, como el árbol, el insecto o el murmullo del viento. Entendió que no necesitaba buscar más, que la vida no era un secreto a descifrar sino un misterio a abrazar. Con cada respiración, sentía cómo la quietud se expandía dentro y fuera de él, hasta que ya no supo dónde empezaba y terminaba su propio ser, ni dónde comenzaba el mundo. En la vastedad del instante presente, todos sus miedos y anhelos se disolvieron, y en su pecho solo quedó una profunda paz, una felicidad silenciosa, ajena a toda razón.

Cuando, al cabo de un tiempo indefinido, regresó a su hogar, algo había cambiado para siempre. No porque poseyera una nueva explicación de la vida, sino porque reconoció que la vida estaba allí, en la quietud y en la acción, en las risas y en las lágrimas, aguardando ser vivida, sentida, aceptada sin condiciones. Ya no era un buscador extraviado. Había encontrado, sin buscar, aquello que siempre estuvo presente: la plenitud incomparable del ahora. Y en ese hallazgo, se liberó para siempre de la carga del tiempo, viviendo cada jornada con la humildad y el asombro de quien despierta, por fin, a su propio ser.

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