Viaje Sin Retorno: (El Proyecto Orfeo, Libro1)
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
La chica del lago
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
Edición limitada de la novela Anatema.
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
Portada del relato La senda invisible
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Fragmento:


El viejo André bajó al bosque esa mañana con la misma calma de siempre, aunque sentía que algo diferente flotaba en el aire. Sus pasos eran lentos pero decididos y la brisa jugaba con los cabellos que le quedaban, plateados como la luna de la noche anterior. Desde hacía tiempo, la vida había comenzado a revelársele en sus pequeños milagros cotidianos: el árbol que abrazaba al sendero con una raíz curva, las piedras que parecían conversar en murmullos que sólo un corazón atento podía percibir, y los pájaros que, sin razón aparente, improvisaban sinfonías para el caminante solitario.

Duración: 04:44

La senda invisible
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El viejo André bajó al bosque esa mañana con la misma calma de siempre, aunque sentía que algo diferente flotaba en el aire. Sus pasos eran lentos pero decididos y la brisa jugaba con los cabellos que le quedaban, plateados como la luna de la noche anterior. Desde hacía tiempo, la vida había comenzado a revelársele en sus pequeños milagros cotidianos: el árbol que abrazaba al sendero con una raíz curva, las piedras que parecían conversar en murmullos que sólo un corazón atento podía percibir, y los pájaros que, sin razón aparente, improvisaban sinfonías para el caminante solitario.

Al llegar al claro, André se detuvo. Allí estaba la vieja banca de madera, desgastada por el sol y las lluvias. Cada vez que la tocaba, sentía que el tiempo retrocedía y que todo, de alguna manera misteriosa, podía volver a empezar. Sentado, respiró hondo y permitió que el silencio, ese verdadero amigo de los que buscan respuestas, penetrase hasta lo más profundo de su ser.

Cerró los ojos y recordó su infancia. El mundo le había parecido entonces un territorio sagrado, donde la memoria y la imaginación se entrelazaban como las ramas jóvenes de un sauce. Recordó los consejos de su abuelo, que siempre hablaba de una llama interior que todos poseemos, una luz que, pese a todo, nunca se apaga. "Escúchate —decía el anciano—. La verdad se dice en voz baja, como un susurro en el alba".

André comenzó a meditar en todo aquello que había perdido y en lo que aún conservaba. Había amado y había sufrido; había experimentado la dulzura del éxito y el amargor de la pérdida. Sin embargo, aquel día comprendió que todas esas experiencias sólo eran diferentes lecturas de un mismo libro. Algo dentro de él había cambiado. No buscaba ya la felicidad frenética que lo había impulsado años atrás, ni tampoco la resignación que a veces paralizaba su ánimo. Ahora formaba parte de una corriente que lo invitaba a dejarse llevar, a confiar en que cada paso es significativo aunque lo ignorásemos en el momento.

El murmullo del bosque lo despertó de sus cavilaciones. Sintió que, aunque su cuerpo envejecía, un niño curioso seguía danzando dentro, riendo entre los pliegues arrugados de su rostro. Abrió los ojos y el sol descendía entre las copas de los árboles en haces dorados. Fue entonces cuando notó que alguien lo observaba desde la distancia. Una mujer, de cabellos trenzados y ojos oscuros, estaba allí parada con un cuaderno en las manos.

Ella se acercó y, como si compartieran un secreto, le preguntó: “¿Ha dejado usted algo atrás en su camino?”. André la miró, sonrió, y replicó: “Quizá, pero lo importante es lo que encontramos mientras avanzamos”. La mujer asintió, sentándose junto a él. Le mostró su cuaderno. Estaba lleno de frases sueltas, dibujos inacabados, fragmentos de historias que ansiaban completarse.

“Busco respuestas”, confesó ella. “No encuentro sentido a lo que me rodea. Siento que todo lo que hago carece de profundidad”.

André tomó una hoja suelta del suelo, húmeda y dorada por el otoño, y se la entregó. “La vida a veces sólo requiere estar presente. Mira esta hoja: cayó, creyendo que era el final. Pero siendo parte del suelo, alimenta un nuevo brote. Así somos los seres humanos: nuestras etapas, nuestras pérdidas, nuestros silencios, preparan la tierra para nuestras renacidas primaveras”.

La mujer lo escuchó con atención. Ambos guardaron silencio, dejándose envolver por el rumor de las hojas y el canto de los pájaros. A lo lejos, una pequeña ardilla buscaba semillas entre el musgo. Ella abrió su cuaderno y, por primera vez en mucho tiempo, supo qué escribir. No lo hizo con premura ni afán, sino con la presencia de quien sabe que cada palabra es una semilla lanzada al misterio del universo.

Permanecieron juntos hasta que la luz empezó a declinar. No intercambiaron nombres. No hicieron promesas. Sin embargo, cuando se despidieron, cada uno supo que algo fundamental había ocurrido en aquel encuentro silencioso. A partir de ese día, André caminó por el bosque con el corazón aún más atento y la mujer, desde lejos, siguió escribiendo. Cada uno encontró en la presencia del otro la confirmación de que los caminos que parecen solitarios, en realidad, están poblados de encuentros invisibles, de gestos que, aunque sencillos, contienen la respuesta a todas las preguntas que alguna vez nos atrevimos a formular bajo el susurro del alba.

Y así, en la danza perpetua de los días, André comprendió que el verdadero viaje nunca termina: es la búsqueda humilde del sentido detrás de cada instante, la certeza de que, al escuchar con atención, incluso el viento puede hablarnos del profundo vínculo entre todos los seres y esa luz interior que jamás, siquiera en la más densa oscuridad, deja de brillar.

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