Fragmento:
En el margen del arroyo, los sauces inclinaban su espalda plateada, marcando el lugar donde el agua, marrón y clara por turnos, discurría entre piedras grises y ramas caídas. Todo aquí hablaba. Todo cantaba en una lengua de gestos y silencios, donde la historia no era una línea, sino mil círculos en expansión. En ese borde, apoyé las manos en la tierra: sentí la pulseada constante, la forma en que el musgo encontraba grietas para asirse, la confianza inquebrantable de las semillas que dormían bajo la superficie.
Duración: 03:39
Amanecía y la luz no era limpia. Derramaba sus hilos dorados sobre la pradera recién mojada, y en esa vastedad donde el horizonte parecía respirar entre juníperos y artemisas, sentí el temblor de la tierra bajo mis pies descalzos. Entre los pastos y las flores aún no vencidas por el día, crecía un silencio sólo interrumpido por el aleteo inesperado de un zorzal. Pensé en cómo una pradera se sostiene, cómo un río razona su camino, cómo todas las cosas vivientes negocian un equilibrio tan fino, casi transparente, al que sólo somos invitados como testigos efímeros.
Me agaché. Bajo las hojas perladas de rocío descubrí un escarabajo, lento en su proeza, llevando la fragmentada corteza de un pasado que yo no podía descifrar: el suelo olía a hojas vencidas, a raíces negociando sombra y sustancia, a años incontables de paciencia mineral.
En el margen del arroyo, los sauces inclinaban su espalda plateada, marcando el lugar donde el agua, marrón y clara por turnos, discurría entre piedras grises y ramas caídas. Todo aquí hablaba. Todo cantaba en una lengua de gestos y silencios, donde la historia no era una línea, sino mil círculos en expansión. En ese borde, apoyé las manos en la tierra: sentí la pulseada constante, la forma en que el musgo encontraba grietas para asirse, la confianza inquebrantable de las semillas que dormían bajo la superficie.
Recordé a mi abuela, cuyas manos guardaban la memoria de los surcos. Ella decía que la tierra escucha quienes caminan con humildad. “Si llegas sin exigir nada, aprenderás a leer lo que crece”, susurraba. Sus palabras no eran poema ni sermón, sino consejo ampliado por generaciones de observación quieta y labor callada. “El dolor de la tierra y el gozo de la tierra son inseparables”, agregaba. He regresado una y otra vez a ese consejo: ¿cómo celebrar la exuberancia sin sentir el luto de lo que hemos perdido? ¿Cómo llorar sin reconocer aún la belleza?
Avanzando leve, apenas tocando los montículos donde los pequeños insectos bailaban su incomprensible festival, vislumbré tras los estáticos álamos dos ciervos. El movimiento de sus cuellos era la pregunta y la respuesta a la vez: ¿Dónde terminamos nosotros y empiezan ellos? ¿O acaso terminamos todos juntos, fundiéndonos en la amalgama de polvo y alimento que nos precede y nos sobrevive? Los ciervos desaparecieron entre la luz moteada, fugaces como la respiración al despertar.
Me senté en una roca. Cerré los ojos. Escuché: un trueno distante, la sinfonía de las hojas agitadas, el rumor de los insectos. Dejé que el mundo se escribiera a sí mismo en mi piel, en mis pulmones, en la leve humedad que me cobijaba. Me reconocí no como alguien aparte, sino como un pasaje, una grieta por donde la vida cruzaba, un cauce abierto por el anhelo y el asombro.
Mientras el sol crecía, lo impredecible de la vida silvestre me devolvía la certeza de que no hemos entendido del todo nuestro lugar aquí. No estamos al centro sino en los bordes, en el margen de lo que no comprendemos. Allí, en ese límite filoso como la hoja nueva de un cardo, todo es posible: la pérdida y la renovación, el silencio y la canción, la herida y la sanación.
Cuando finalmente volví a casa, llevé el olor de la tierra pegado a mis manos, la memoria del viento en mi pelo. Supe que la verdadera madurez no era entender, sino acompañar. Saber estar. Perder el miedo a la transformación constante. Porque la vida, como la pradera al alba, siempre está cambiando bajo la mirada atenta de quienes se atreven a amar, aunque duela, aunque sea por un instante apenas, antes de que la luz vuelva a oscurecerse con la promesa de otra historia en ciernes.
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