Fragmento:
La selva no era solo un mar de árboles, pensaba, sino la suma y entrelazamiento de voces y silencios. Podía sentir, en cada paso, el eco de las lluvias que alguna vez saciaron raíces profundas, el andar de elefantes lejanos, los nidos palpitantes de aves invisibles. Pero también le llegaba la ausencia: las zonas desiertas, donde la sombra parecía perder densidad y la tierra se mostraba desnuda, herida por el ganado o el fuego.
Duración: 03:18
En el frescor perezoso de un atardecer, bajo una bóveda de ramas entrelazadas donde la luz se filtraba como hilos en movimiento, Mosi caminaba, siguiendo un sendero trazado por generaciones que apenas rozaba la corteza de la antigua selva. Sus botas hundían el musgo y las hojas muertas en un crujido suave, como si el bosque, aún sutilmente religioso, le recordara su condición de huésped y no de dueño.
La selva no era solo un mar de árboles, pensaba, sino la suma y entrelazamiento de voces y silencios. Podía sentir, en cada paso, el eco de las lluvias que alguna vez saciaron raíces profundas, el andar de elefantes lejanos, los nidos palpitantes de aves invisibles. Pero también le llegaba la ausencia: las zonas desiertas, donde la sombra parecía perder densidad y la tierra se mostraba desnuda, herida por el ganado o el fuego.
Años atrás, Mosi recordaba los cuentos de su abuela, historias de lagos llenos de vida, de noches en que los árboles murmuraban en lenguajes antiguos. Ahora, era raro oírlos. Donde antes existía la sombra generosa de los ficus y los sicomoros, los claros resultaban inhóspitos, la tierra resquebrajada y sin promesa. Para muchos, estos cambios solo eran el precio inevitable del progreso. Pero para Mosi, quien sentía que algo esencial huía con cada raíz arrancada, la pérdida tenía peso de ausencia personal.
Así, cada tarde, recogía semillas caídas. No por trabajo ni mandato, sino por una incertidumbre que le empujaba a actuar, una especie de deuda imposible de saldar. Sentía que al devolverlas a la tierra, preparando el suelo con manos y herramientas rudimentarias, reiniciaba un pequeño ciclo, una posibilidad contra el deterioro. Sabía que era un gesto diminuto frente al tamaño de la selva perdida; a veces la duda le oprimía los dedos, preguntándose si alguna mano humana podría ser suficiente.
El rumor creció mientras recogía semillas. Se le unieron otras figuras, vecinos, mujeres y hombres cuyos campos dependían de lo que el bosque pudiera ofrecerles. Al principio cargados de dudas, pronto hallaron una liturgia, casi secreta, en los pequeños rituales de siembra. No era solo plantar árboles, sino invocar paciencia frente a la prisa del hacha y las llamas, tejer futuro bajo la amenaza del presente.
Cuando surgieron brotes entre las cicatrices de la tierra, un aire diferente se instaló en la comunidad. Niños jugaban otra vez bajo sombreadas ramas jóvenes; el agua de la lluvia tardaba más en escurrirse, las aves regresaron en tímidos destellos de alas. Pronto, los relatos de abuelas y abuelos volvieron, y cada vez menos se parecían a fábulas; más bien, eran advertencias, y también invitaciones, para no olvidar nunca el delicado tejido de la vida.
El tiempo avanzó y con él nuevas tormentas: intereses de fuera, caminos, amenazas de lucro. Pero cada árbol plantado era, en sí mismo, un acto de resistencia callada. El bosque no debía sobrevivir solo como nostalgia sino como refugio, como cuerpo vivo que abraza y enseña. Con cada estación, mientras la selva recobraba espesor y voz, Mosi y su gente aprendieron a leer la tierra: no como un mapa de conquista, sino como un texto antiguo y profundo, en el que cada semilla plantada escribía un verso para la esperanza.
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