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Fragmento:


Hoy es menos sencillo recordar ese idioma. Tubos metálicos cruzan los campos donde bailaban los ciempiés y la reverberación del sol sobre paneles solares a veces parece un reflejo de lo que se ha perdido: el ritmo de las estaciones, el correr desenfrenado del agua hacia cañones profundos, el ulular del búho en las madrugadas frías. Dicen que no se puede extrañar aquello que nunca supimos que existía, pero mutilar la tierra, construir un camino sobre el barranco, es también extirpar una memoria de la que fuimos parte sin darnos cuenta.

Duración: 04:15

Los nombres de los álamos
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El aire en el Colorado esta mañana huele a polvo y a sal. Las primeras luces caen sobre la superficie de la tierra como centellas silentes, azules y doradas. Me arrodillo junto al arroyo, toco el barro, siento el latido imperturbable del agua que permanece incluso cuando parece haberse ido. Mi madre solía decir que uno puede aprender a escuchar el tiempo en las piedras, y ahora, mientras las garzas alzan vuelo, juro que oigo antiguos susurros en la orilla erosionada.

En mi niñez, las fronteras eran invisibles, dibujadas no por humanos sino por la migración de las nubes, por el crujido de los álamos temblorosos que siguen insistiendo, año tras año, en vestirse de oro antes de dormirse. Sabíamos dónde dormían los zorros y en qué momento los sapos cruzarían el camino luminoso del crepúsculo hacia el follaje invisible donde sus voces se entrelazaban con las estrellas. Había reciprocidad hasta en la forma en que arrojábamos semillas de girasol al viento. Éramos, o al menos lo creí, parte de una gramática compartida.

Hoy es menos sencillo recordar ese idioma. Tubos metálicos cruzan los campos donde bailaban los ciempiés y la reverberación del sol sobre paneles solares a veces parece un reflejo de lo que se ha perdido: el ritmo de las estaciones, el correr desenfrenado del agua hacia cañones profundos, el ulular del búho en las madrugadas frías. Dicen que no se puede extrañar aquello que nunca supimos que existía, pero mutilar la tierra, construir un camino sobre el barranco, es también extirpar una memoria de la que fuimos parte sin darnos cuenta.

Cuando era joven, espiaba a mi abuelo en la huerta y comprendía que su paciencia era terrenal: escribía nombres en etiquetas de madera—manzana fuji, pera bartlett, ciruela santa rosa—como si al hablarle a cada árbol le regalara un destino. Me preguntaba si también hablaba con las lombrices, con las raíces profundas de los álamos que bebían silenciosamente del arroyo. “Todo vive”, decía, “y todo escucha”.

Hoy, la tierra también escucha, pero grita. La grieta en la esquina del huerto es más profunda que hace un año. Se ha tragado semillas, herramientas, el sueño de una primavera inminente. Al atardecer, voy allí y le ofrezco palabras—promesas, cánticos, confesiones. Cavo despacio, intentando encontrar humedad bajo la costra seca. Mis manos se oscurecen, ganan rugosidad. A veces susurro porque temo despertar algo dormido y a veces grito porque temo que ya no quede nadie al otro lado de esta corteza árida.

En el pueblo, la noticia de la sequía se desliza como el silbido de una brisa caliente. Los ganaderos discuten, hay protestas silenciosas frente al ayuntamiento, pancartas en el parabrisas de camionetas polvorientas. Los niños, al parecer, juegan menos al aire libre. Las madres pronuncian la palabra “esperanza” cada vez menos, como si tuvieran que ahorrar esa sílaba por si un día vuelve la lluvia.

Yo sigo regresando al arroyo, incluso cuando apenas queda agua. Mi cuerpo sigue reconociendo el lugar donde fui vestigio y promesa, donde el coyote dejó huellas y los sauces ofrecieron sombra. Me arrodillo y escucho. Me pregunto qué significan realmente las palabras “recuperar” o “restaurar”. A veces, no deseo regresar al pasado, sino simplemente aprender el arte de permanecer: de convivir con lo que existe y lo que se va. Tal vez, pienso, resistir es también rendirse momentáneamente ante la pérdida, permitir que la herida duela pero no se cierre por completo.

En la soledad de la noche, entre el silbido de la brisa y el crujido de los troncos secos, imagino una conversación no solo entre mí y la tierra, sino entre todas las cosas habitables: la memoria, la tristeza, la semilla, el polvo. Bajo las yemas de mis dedos, siento que el suelo vibra todavía, como si supiera que alguien sigue escuchando. El amanecer traerá de nuevo el perfume de la promesa, aun si la promesa es solo aprender a quedarse y a cuidar, aun si cuidar significa a veces simplemente no dar la espalda. La luz irá rompiendo el velo pálido del horizonte y la tierra, maltrecha, pedirá lo de siempre: atención, paciencia, una mano abierta, lista a sembrar algo nuevo aunque crezca lento, aunque duela su espera.

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