Fragmento:
El sol golpeaba la corteza agrietada, pero nadie, salvo una garza enferma y los hombres que instalaron el último monitor, prestaban atención a la piel reseca del manglar. Hacía años, Jara había llegado a este rincón con la esperanza ingenua de anotar el renacimiento, la vuelta de los peces en la marea, y se lo había prometido a sí misma: encontraría una historia de regreso, no de pérdida. Pero el olor era distinto cada año, cada temporada más amargo. En el barro quedaban huellas humanas, profundas, rodeadas de pequeños charcos brillantes tras la lluvia, como cicatrices húmedas.
Duración: 04:47
El sol golpeaba la corteza agrietada, pero nadie, salvo una garza enferma y los hombres que instalaron el último monitor, prestaban atención a la piel reseca del manglar. Hacía años, Jara había llegado a este rincón con la esperanza ingenua de anotar el renacimiento, la vuelta de los peces en la marea, y se lo había prometido a sí misma: encontraría una historia de regreso, no de pérdida. Pero el olor era distinto cada año, cada temporada más amargo. En el barro quedaban huellas humanas, profundas, rodeadas de pequeños charcos brillantes tras la lluvia, como cicatrices húmedas.
Esa mañana, mientras aún la niebla transitaba el borde del canal, Jara sintió que todo cuanto fue silencio en ese lugar se había convertido en memoria suspendida. En las ramas retorcidas descansaban aves flacas y ceñudas, y los cangrejos, antaño infinitos, apenas replegaban sus tenazas junto a latas y plásticos que el agua traía con descuido. Se sentó frente a una raíz sumergida, rompió la corteza del barro con una varilla de bambú y observó. Las burbujas salieron lentas, perezosas, cargadas de metano y misterio. De niña no pensaba en el veneno oculto ni en las palabras que no aprendió a pronunciar: microplásticos, retroceso de marea, colapso sistémico.
El grupo llegó horas más tarde: dos biólogos de laboratorio, un político municipal y la representante de la cementera. Jara ya conocía la danza—sonrisas forzadas, frases de informe, promesas que se diluían en la brisa cálida. “Implementaremos medidas de mitigación,” dijo uno. “El empleo también importa,” recitó otro. Pero todos evitaban apartar la vista de sus botas, como si la arcilla pudiera ocultar la transparencia ortodoxa de sus negaciones. Detrás de ellos, el canto del cenzontle se apagó: incluso los sonidos parecían saber que la tregua se había terminado.
Era difícil recordar la última vez que llovió de manera limpia y honda. El agua caía espaciada, ingrata, y traía consigo residuos de industrias lejanas, promesas incumplidas y la lentitud apática de quienes aprendieron a sobrevivir con menos. Jara pensó en los niños que a veces acompañaban a los pescadores; no dibujaban barcos ni peces, solo líneas oscuras en el cuaderno, representaciones amorfas de algo que ellos mismos ya no alcanzaban a distinguir. Pero aún insistían en jugar como lo hicieron aquellos que construyeron allí mismo los sueños de sus abuelos, cuando la laguna rebosaba vida y la palabra “futuro” no tenía el peso de la nostalgia.
Esa tarde, Jara recogió muestras para analizar. Algunos fragmentos parecían huesos; otros, vetas de sombra en la arena. “¿Para qué insistir?” le había dicho su madre por teléfono la noche anterior, tras otro informe sombrío. Jara guardó silencio. Sólo tenía sentido insistir, pensaba ella, porque una palabra, una grieta, una raíz podían bastar para no olvidarse. Si las hojas caían, alguien debía recogerlas, nombrarlas, dejar registro de que alguna vez existió eso que ahora llamaban “recurso”.
Al día siguiente amainó el viento. Desde el borde de la laguna, las casas del pueblo parecían exhaustas, líneas torcidas bajo el sol persistente. Algunas mujeres limpiaban ropa en cubetas, otras recogían agua de un pozo salitroso. Los hombres del municipio llegaron con más papeles; “certificaciones ambientales”, decían, firmados con una indolencia cansada, mientras las mujeres desviaban la mirada. Jara miró el rostro de una niña: su expresión era tan clara y severa como el reflejo del agua estancada. Ella, tal vez, sería quien en algunos años recordaría con detalle la textura de esa tierra, el tacto olvidado de una caracola pulida por una marea que no regresaría.
Esa noche, el canto de los grillos sustituyó a los motores que empleaban para bombear un poco más de agua de los canales muertos. Jara, tumbada cerca del manglar, pidió a la oscuridad una señal, una razón nueva para seguir contando. Los biólogos regresaron a sus laboratorios y el político se despidió con una frase aprendida (“la naturaleza es nuestro hogar”), pero la representante de la cementera se quedó. Se sentó a su lado, en silencio. Escuchó, finalmente, la desolación de los grillos y el murmullo azul distante de la laguna.
“¿Y si mañana nada cambia?”, preguntó la representante, sin énfasis. Jara sintió en esas palabras la honestidad desnuda de quienes no pueden fingir más. “Entonces escribiré el nombre de cada pez que ya no vi”, respondió ella, “para demostrar que alguna vez existieron”. La cementera miró durante un buen rato el reflejo de la luna en el agua lodosa. “Quizás así aprendamos a recordar antes de construir sobre el olvido”, susurró, más para sí misma que para Jara.
Ambas callaron. A lo lejos, una garza insomne despeinó el aire con sus alas y se perdió en la penumbra. El olor de la tierra húmeda, cruel y tierno, envolvió a las dos hasta que el alba partió en dos el horizonte, y dejó entre ramas y restos un delgado hilo de esperanza: el recuerdo de que la vida, incluso acurrucada en la decepción, late más fuerte cuando alguien decide atestiguarla.
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