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Fragmento:


La respuesta es una sonrisa irónica en la boca de Oscar, pero no en sus ojos. Sabe, como sólo saben los que se han mentido mucho, que la dignidad es uno de esos lujos baratos que se pierden con los años.

Duración: 04:01

Rostros en la penumbra
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Abría la puerta como quien abre un libro con páginas húmedas, con temor de encontrar frases que no quiere leer. Teresa, suéter beige, peinado que delata la prisa, entra al departamento como si estuviera entrando a la jaula del león al final de la función. El aire, que huele a café requemado y ansiedad, ofrece una tregua corta antes de que la rutina vuelva a la carga.

Oscar está en la mesa, manos anudadas sobre la frente, los nudillos como pequeñas confesiones que no se atreven a salir. Hay platos sucios en el fregadero; la radio murmura noticias al fondo, como si buscara una razón para que el tiempo siga girando, por inercia, por costumbre.

—Pensé que hoy llegarías temprano —dice Oscar sin mirar. No es un reproche. Si lo fuera, al menos supondría un lugar común; esto es peor, ni siquiera espera respuesta.

—El presupuesto no se cerró —Teresa deja el bolso sobre la silla como quien suelta un bulto de ladrillos—. Falta el desglose financiero y todo el mundo decidió que podía esperar cinco horas más en la oficina.

La respuesta es una sonrisa irónica en la boca de Oscar, pero no en sus ojos. Sabe, como sólo saben los que se han mentido mucho, que la dignidad es uno de esos lujos baratos que se pierden con los años.

Teresa enciende la luz de la cocina. Se ven mejor las manchas de salsa sobre la madera clara. Piensa en decir algo, un saludo más cálido, un “¿cómo estuvo tu día?”, o tan solo una cortina de humo, pero la mente se le atasca como un bolero atrancado en el inconsciente.

—Llamó tu madre —añade Oscar, intentando que su voz tenga la neutralidad de un periodista—. Dijo que necesita la receta de tu tía.

Teresa se limita a asentir mientras busca comida, frío doméstico, resignado, ese que parece invadir todo después de años de repetir la misma coreografía en distintos escenarios.

El teléfono suena. Ni uno ni otro mueve un músculo. Es la quinta vez que llaman esa noche y siempre cuelgan. Quizá algún vecino perdido, quizá solo el eco de algo que ya ni les pertenece.

Suenan cuatro timbres y el silencio que sigue es tan pesado como una promesa rota. Oscar observa el techo, como si ahí estuvieran las respuestas.

—¿Alguna vez pensaste que sería así? —su voz arrastra las palabras como si pesaran toneladas.

—¿Así cómo?

—Esto. Nosotros.

Teresa deja de buscar sobras y gira, la cara tan cansada que da miedo mirarla de frente.

—No es “esto”, Oscar. Es “todo”. El trabajo, el alquiler, la espera, tu madre, mis silencios, tus ausencias. Todo está aquí, mirándonos desde los platos sucios y desde esa lámpara rota que dijimos que íbamos a arreglar.

Oscar la mira, finalmente, como a un animal herido al borde de la carretera. Suspira, y el sonido se rompe entre los vasos vacíos.

—Podríamos irnos.

—¿A dónde?

—A cualquier parte.

Pero la frase queda colgando, viuda de sentido.

Teresa suelta una risa, breve, amarga.

—No podríamos ni llegar a la esquina sin olvidarnos de por qué nos fuimos.

Oscar asiente y apaga la radio. Lo que queda se parece sospechosamente al silencio que siempre temieron y en el que, sin embargo, han aprendido a nadar.

—La gente no se queda porque quiere —dice Oscar—. Se queda porque no recuerda cómo se va.

Teresa piensa en todas las veces que quiso cruzar la puerta con otra ropa, otra vida, otro apellido, y cómo, al final, el cuerpo se le pegaba a este piso, a este miedo, a esta costumbre.

—No hay guion —dice finalmente, con dolor y ternura—. Nunca lo hubo.

Oscar le tiende la mano como quien tiende una cuerda salvavidas sabiendo que solo sirve para prolongar la caída. Teresa la toma, y juntos, sin palabras, apagan la última luz.

No hay redención. Solo la penumbra, la respiración compartida de dos animales cansados, y la certeza de que el mundo afuera tampoco ofrece respuestas. Y en algún lugar, muy lejos de esa casa, la noche sigue; el teléfono vuelve a sonar. No contestan.

La quietud, por un instante, les sienta bien.

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