Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
La grieta del silencio
Edición limitada de la novela Anatema.
Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
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La niñera
Portada del relato Vestigios de la carne
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Fragmento:


Suena, ahí fuera, la lluvia contra el metal de los toldos, pero la temperatura no cambia dentro. Aquí sólo el peso, el mismo de siempre: el cuerpo pegado contra el colchón de muelles desgarrados, el sudor corriendo como si quisiera borrar la piel y los pensamientos agitándose, pequeños y venenosos. Qué harías si de repente la puerta se abriera, qué podrías decir. Callaríamos, tapándonos con la nada de la noche. Porque en estos cuartos ya se han acabado todas las palabras, y las que quedan son demasiado frágiles para sujetar el peso de lo perdido.

Duración: 03:48

Vestigios de la carne
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Podrías estar aquí, arrastrando las uñas en los azulejos rotos de este cuarto sin ventanas, oliendo a sudor viejo y alcohol barato. Podrías estar aquí conmigo, oyendo el susurro de las cañerías como si fueran voces de fantasmas que aún saben apretar los ojos y llorar. Pero no estás. Y eso, aunque lo diga con calma, es peor que el dolor agudo de los cristales en la garganta, cuando uno se atreve a tragar los recuerdos que quedan.

Suena, ahí fuera, la lluvia contra el metal de los toldos, pero la temperatura no cambia dentro. Aquí sólo el peso, el mismo de siempre: el cuerpo pegado contra el colchón de muelles desgarrados, el sudor corriendo como si quisiera borrar la piel y los pensamientos agitándose, pequeños y venenosos. Qué harías si de repente la puerta se abriera, qué podrías decir. Callaríamos, tapándonos con la nada de la noche. Porque en estos cuartos ya se han acabado todas las palabras, y las que quedan son demasiado frágiles para sujetar el peso de lo perdido.

Antes, en la luz sucia del amanecer, tu sombra se recortaba contra la ventana empañada, y juré que sería la última vez, que no volverías. Pero la ciudad es un animal que mastica lento, cada barrio rugiendo su miseria, cada hombre una mordida distinta. Y tus botas resbalando en el barro, tu risa rota, la que siempre llega tres segundos después de los golpes. Aprendí, contigo, a contar los segundos entre uno y otro suspiro, a medir el terror en pasos por el pasillo. Cuando te ibas, toda mi piel se arrugaba hacia dentro, como si huyera de sí misma.

Pero ahora estás lejos, y la madrugada sólo me ofrece su falta de sentido. Si cierro los ojos lo bastante fuerte, puedo volver a la cicatriz en tu ceja, la línea rosa y brillante, recuerdo del último vaso estrellado. Amor —dijiste entonces— no sirve de nada si duele poco. Hundiste la cabeza en mis piernas, murmurando el nombre de alguien más, pero aún así te quedaste. Drogados los dos, pero juntos en la única verdad compartida: el dolor.

Hay noches en que la ventana deja colarse el reflejo de otra vida. ¿Quién sería si no hubiese roto ese vaso, si no hubiese gritado, si no hubiéramos arañado tan hondo? Lo imagino de nuevo: una casa en un pueblo donde el tiempo se arrastra, quizás algo de café caliente, la posibilidad de mirarnos sin miedo a que estalle de nuevo la guerra en mitad de la cocina. Pero no fuimos hechos para eso, no. El drama era el motor, la excusa, la leña echada a un fuego que sólo sabíamos avivar con uñas y dientes.

¿Dónde quedar, ahora, sino en el recuerdo del daño? A veces pongo la mano en la pared, esperando sentir tu calor del otro lado. Me imagino que sigues aquí, que no has decidido largarte por fin. Que el golpe de la puerta no fue definitivo. Pero sé, en el fondo, que cada paso que das hacia otra oscuridad es un clavo más en este ataúd sin tumba. Porque te quise de esa forma sucia, irreparable: te quise para fundirnos y desaparecer en el mismo estallido.

Y ahora, mientras la ciudad gime su propia melodía enferma, sólo me queda este dolor. No hay ninguna heroína en la televisión nocturna para salvarme, ni poemas escritos en las baldosas del baño. Sólo el eco de tus pies descalzos, el miedo de que regreses, la espera interminable de que nadie vuelva nunca. Al final, lo único que permanece, como una promesa helada, es la evidencia de esta carne herida y la certeza de que, aunque aún sigas respirando en algún rincón, ya no hay nada que juntar de nosotros.

La venda en el tobillo, el vaso vacío junto a mi cabeza, el deseo mudo de no despertar. Así termina: no con una explosión, ni siquiera con un grito. Termina como sangran las noches sin testigos: lentamente, una gota cada vez hasta que no queda nada, salvo un eco hueco donde aprendimos a no necesitar el aire.

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