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Fragmento:


"Pensé que hoy saldrías antes," murmuró él, sin girarse. Su voz era una cuerda tensa, un hilo de miedo que vibraba en el silencio. Nora apagó el cigarro en un cenicero agrietado, percibiendo la electricidad en el aire. "Me pidieron que cerrara el local," justificó, "hubo problemas con la caja." La mentira se le deslizaba como una lengua de serpiente, y supo que él lo notó, por ese medio giro de sus hombros, esa respiración contenida.

Duración: 04:12

Voces entre paredes
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La lluvia caía con una insistencia indolente sobre el asfalto desierto, como si la ciudad estuviera siendo lavada de todas sus culpas y secretos. En el interior de la vieja casa victoriana, a dos calles de la decadente estación de tren, Nora encendió un cigarrillo con manos temblorosas. El humo ascendía en espirales, ocultando el temblor de su boca y ese brillo triste que asomaba a sus ojos, como un animal asustado al fondo de una jaula.

Esa noche, como tantas otras, había regresado tarde, esperando no encontrar a Emile despierto. Pero Emile la esperaba siempre, apostado en la mecedora de la galería, con la mirada fija en el techo, como si escuchara voces que nadie más oía. Nadie, salvo quizá Nora. Nadie, salvo quizá los ecos que nunca abandonaban esas paredes antiguas, tan cargadas de sonidos viejos.

"Pensé que hoy saldrías antes," murmuró él, sin girarse. Su voz era una cuerda tensa, un hilo de miedo que vibraba en el silencio. Nora apagó el cigarro en un cenicero agrietado, percibiendo la electricidad en el aire. "Me pidieron que cerrara el local," justificó, "hubo problemas con la caja." La mentira se le deslizaba como una lengua de serpiente, y supo que él lo notó, por ese medio giro de sus hombros, esa respiración contenida.

La casa era un animal grande y sombrío, lleno de habitaciones sin dueño. A veces parecía latir, como si guardara un corazón secreto entre los listones de madera. Pero el verdadero corazón era el cuarto al fondo del pasillo, donde la abuela de Emile había pasado sus últimos veinte años, postrada, negándose a morir. Nora evitaba ese cuarto por las noches, aunque la tarde la sorprendía a veces espiando por la cerradura. Había leído en alguna parte que los lugares antiguos absorbían las palabras, los gritos, los sollozos; que los guardaban entre las paredes como reliquias inconfesables. Y esa casa tenía demasiados secretos. Demasiados ecos.

Emile se levantó, arrastrando la bata. Caminó como si explorara un terreno minado, sus pies descalzos resonando sobre los tablones. "¿Escuchaste eso?" preguntó, señalando la dirección del pasillo. Nora negó, pero el silencio dolía. No era exactamente silencio: era un murmullo sordo, un retumbar lejano, como si alguien susurrara de una pared a otra. Lo llamaban 'el eco', con una mezcla de burla y respeto, como si fuera un dios caprichoso.

Se miraron largo rato. El matrimonio, pensó Nora, era esa tensión: la espera de una palabra que nunca se decía, el miedo de que el otro la dijera primero. Se amaban aún, a su manera, sin saber cómo rescatarse. Pero la casa era testigo. Sabía demasiado. Emile puso una mano en el marco de una puerta. "Tal vez", dijo con voz ronca, "no debimos quedarnos aquí. Esta casa no es nuestra. Sólo determina lo que somos cuando estamos solos."

La lluvia seguía. Al fondo, el eco tembló. Esta vez, Nora sí lo sintió; como si una frase antigua luchara por hacerse oír bajo toneladas de polvo y olvido.

Esa noche, la puerta del cuarto prohibido se abrió por sí sola, mientras ambos fingían dormir. Una ráfaga de aire húmedo barrió el corredor. Emile creyó escuchar el llanto de su madre, el mismo grito opaco de años atrás. Nora se sentó en la cama, cogida por una tristeza desbordada. "¿Qué es lo que quiere de nosotros?" sollozó, resignada.

Nadie respondió. Pero las paredes retumbaron, devolviendo su pregunta mil veces, transformándola en algo más oscuro: una promesa o una amenaza. Todo dependía de cómo eligieran escuchar.

Al amanecer, Emile se marchó de la casa. Nora abrió las ventanas, dejando que la luz invadiera la penumbra, intentando disipar los fantasmas, pero sintió cómo cada palabra, cada mentira, cada abrazo roto seguía flotando en ese aire estancado. Comprendió que el eco era el verdadero habitante, el guardián de todo lo que habían callado.

Decidió entonces vivir en voz baja, como quien no quiere despertar a lo que duerme en los muros. Afuera, la lluvia se retiró tímida, y la ciudad volvió a respirar. Adentro, la casa seguía hablando para quien supiera oír. Y el eco, perpetuo, aguardaba siempre el siguiente secreto.

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