Fragmento:
El viejo quinqué parpadeaba sobre la mesa de roble, proyectando sombras tambaleantes sobre la madera cansada, el pañuelo de encaje y los papeles amontonados. Violeta recogió el vaso vacío, lo apretó con los dedos, todavía entibiados por el ansia de una respuesta. El reloj de péndulo en la esquina marcó las nueve; su esposo, Octavio, no regresaba. Fuera, la lluvia insistía, repiqueteando contra las baldosas y desintegrando el jardín bajo una cortina de incertidumbre. Había aprendido a temer la noche: en esas horas se agolpaban las voces mudas, los recuerdos viscosos de otro tiempo en que la casa rebosaba cena, risas y un frágil ballet de esperanza.
Duración: 04:28
El viejo quinqué parpadeaba sobre la mesa de roble, proyectando sombras tambaleantes sobre la madera cansada, el pañuelo de encaje y los papeles amontonados. Violeta recogió el vaso vacío, lo apretó con los dedos, todavía entibiados por el ansia de una respuesta. El reloj de péndulo en la esquina marcó las nueve; su esposo, Octavio, no regresaba. Fuera, la lluvia insistía, repiqueteando contra las baldosas y desintegrando el jardín bajo una cortina de incertidumbre. Había aprendido a temer la noche: en esas horas se agolpaban las voces mudas, los recuerdos viscosos de otro tiempo en que la casa rebosaba cena, risas y un frágil ballet de esperanza.
Violeta se irguió y cruzó la estancia como si caminara sobre escombros invisibles. La repisa de la chimenea estaba atestada de fotografías en blanco y negro, rostros almidonados, sonrisas apenas sugeridas, la imagen de su hijo con el uniforme del instituto. Se detuvo frente a esa última foto. No le gustaba mirarla por mucho tiempo: un dolor sordo le subía desde el estómago hasta la garganta. El teléfono no había sonado esa tarde, ni una carta, ni un mensaje. Luis se había marchado dos años antes a la ciudad, devorado por las urgencias de juventud y su rebelión contra la quietud, y desde entonces, solo en los aniversarios recibía una llamada breve, casi administrativa.
La puerta crujió, y el viento coló una bocanada de frío. Las pisadas de Octavio reverberaron por la entrada. Entró empapado, la gabardina lucía las heridas de la lluvia, y en sus ojos había una fatiga de derrota. Se quitó el sombrero, lo dejó sobre una silla desocupada y contempló a su esposa durante un largo minuto. No se dijeron nada. Era demasiado difícil ya romper el silencio forjado por meses de desencanto y reproches sutiles.
“El doctor pidió verme,” musitó Octavio, la voz asfixiada entre los dientes. “Mañana temprano.”
Violeta sintió una ola de terror quemarle el pecho, pero fingió serenidad. “¿Y qué te dijo? ¿Te encuentras mal?”
Octavio apartó la mirada. Sus manos temblaban apenas, un temblor contenido como la súplica que no encontraba salida. “Dijo que los análisis… que deberé quedarme en observación. Que hay que probar un tratamiento nuevo.”
Por un momento, solo el crepitar distante del quinqué rellena la sala. Violeta sintió brotar en su mente una serie interminable de preguntas, pero nada logró pronunciar. Recordó aquellos primeros años: el teatro pequeño donde se conocieron, las cartas que él le escribía, la promesa de que la vida sería una danza a pesar de la pobreza y las tormentas. Pensó en la manera en que todo había cambiado desde que Luis partió, y esa soledad feraz e innombrable que les separó incluso debajo del mismo techo.
Se sentaron juntos en el diván raído, de cara al ventanal donde la tormenta seguía descargando su furia. Ninguno habló del futuro. El futuro había dejado de existir hacía tiempo, o al menos de ser algo diáfano y amable. Ahora era una neblina apretada de presagios.
“¿Te acuerdas,” murmuró Octavio, sin mirarla, “de aquella noche en que robamos manzanas del huerto del padre Esteban? Tú reías y yo pensé que esa risa podía salvarme de cualquier mal.”
Violeta esbozó una sonrisa minúscula. “Creí que seríamos eternos, invencibles.”
“Y aquí estamos,” suspiró él, “apenas sombras.”
La madrugada fue escurriéndose entre preguntas y recuerdos. Compartieron un té hecho con cacharros desportillados, como si quisieran reconstruir la vida con los pedazos del pasado. Nadie lloró. Era una casa que ya se había agotado de lágrimas y solo tenía espacio para esas palabras tímidas, balbuceantes, que ocupaban el sitio del cariño.
El amanecer fue un reflejo ceniciento en las cortinas. Octavio se vistió sin decir demasiado. Prometió enviar noticias desde el hospital, prometió regresar tan pronto pudiera. Violeta se quedó en la puerta, sosteniéndose tan firme como la fachada carcomida de la casa.
Antes de marchar, Octavio la abrazó. Por un instante, fue como volver a aquella noche, al roce urgente de dos vidas que aún no conocían el eco del fracaso ni la mordedura del tiempo.
Él partió y ella regresó al salón. El quinqué ya no palpitaba. Afuera, la lluvia se disipaba despacio, como si el mundo estuviera permitiéndose un respiro. Violeta se tumbó en el diván. Cerró los ojos, oyendo el eco de esa risa lejana, prometida a una memoria que era, también, apenas un frágil y valiente acto de amor.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.