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Portada del relato La Insondable Luz del Martes
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Fragmento:


A lo lejos el sonido de unas botas sobre la acera. El eco resuena, firme, cortando la siesta de las palomas, el murmullo de las hojas. Ella aparece, tan real y tan fantasmal como siempre, con una bufanda demasiado roja, esta vez sin paraguas. Hace veinte años, una bufanda igual tapaba su sonrisa, la primera vez que le dijo adiós sin decirlo. Ahora, en el temblor de sus manos, en la manera en que ajusta el chal, hay una vela encendida para el pasado y su recelo.

Duración: 04:09

La Insondable Luz del Martes
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Un banco de madera carcomida por la humedad, cansada de los pacientes de la tarde, susurra bajo el peso de Gerardo. El abrigo pelado, que lleva años recogiendo lluvias, abismos y recuerdos, cubre su torso curvado como una promesa fallida. La plaza está casi vacía, salvo por una anciana que lanza migas imaginarias a palomas indiferentes, y por el reloj del ayuntamiento que, como cada hora par, salta su latido mecánico sobre las cabezas. La luz, tras las nubes acuchilladas, se escapa en hebras débiles, como si el cielo conspirara en el secreto de los enfermos, los viudos y los que esperan.

Gerardo deja caer su mirada sobre sus manos, tan rotas como el banco, y tararea un himno que sólo él recuerda. Le duele el pecho, por la nostalgia o por las costuras del corazón, y piensa en las horas en las que la vida era una serie de ventanas abiertas, promesas impuestas por los adultos, cuando él mismo no era más que otro niño gritando bajo el aguacero. Ahora solo están las promesas que no se cumplieron y las palabras no dichas, que pesan más que el abrigo húmedo.

A lo lejos el sonido de unas botas sobre la acera. El eco resuena, firme, cortando la siesta de las palomas, el murmullo de las hojas. Ella aparece, tan real y tan fantasmal como siempre, con una bufanda demasiado roja, esta vez sin paraguas. Hace veinte años, una bufanda igual tapaba su sonrisa, la primera vez que le dijo adiós sin decirlo. Ahora, en el temblor de sus manos, en la manera en que ajusta el chal, hay una vela encendida para el pasado y su recelo.

Se sienta a su lado. El banco se queja. Ninguno se mira. El reloj escupe tres campanadas. Ella saca una carta del bolsillo, doblada, arrugada, húmeda de espera. La sostiene entre ambos como quien muestra un insecto atrapado en un vaso. El pulso del mundo se detiene; sólo se escucha el zumbido de la carta. Gerardo no pregunta, sabe de antemano el contenido. Ha pasado tantas veces por esta rutina que cualquier variante es una herejía.

Un cuervo, insolente, rompe el momento con su gruñido. La anciana ríe, como si recordara la broma secreta de los días vencidos. Él y ella permanecen anclados, náufragos de la misma isla, incapaces de mirarse a los ojos sin romperse. Ella habla primero, la voz llena de campanas viejas: “No podía esperar más.” Hay un “perdón” flotando entre las sílabas, hay otra vida posible que se marcha entre las ramas.

Gerardo asiente; el ademán de los resignados. Sus ojos se pasean por la carta, la punta de los dedos trémulos la recibe. “Mejor así,” susurra, pero la frase cae al suelo y se hace trizas. Nadie es mejor después del amor imposible, nadie sale indemne del tiempo. Callan un rato. Turbios reflejos del pasado saltan en los charcos cerca de sus pies.

Ella contiene un sollozo y exhala el nombre de una ciudad, amurallada y oscura, donde piensa esconder su vejez. Gerardo piensa en el invierno próximo, en la butaca vacía, en los platos de una cena sin apuro ni palabras. “¿Volverías, si pudieras?” pregunta, y ella niega con la cabeza sin responder, porque la pregunta es una grieta sin fondo.

Las sombras crecen, el banco traga la distancia entre sus cuerpos. Un coche pasa lejos, ajeno como la felicidad. Él recuerda a su padre, la ventana por la que miraba caer el día, la soledad de una pieza demasiado grande para una sola sombra. Ella se levanta despacio, con el rumor de la tela, la carta permanece entre los dedos de Gerardo, como una promesa que no supo deshacer.

El reloj marca la última campanada de la tarde. El banco queda vacío. Las palomas regresan, la plaza retoma su ritmo de abandono. Gerardo relee la carta: nombres antiguos, palabras gastadas, y el vacío multiplicándose con cada palabra leída. Rompe el papel en cuatro partes iguales y las deja volar en el viento débil, como si fueran semillas de otra vida, o piezas del alma que no sabrá nunca juntar. La noche cae sin piedad, y el drama, como todo, termina en silencio, bajo la luz impersonal de un farol, donde ni las sombras se dignan ya a quedarse.

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