La chica del lago
Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
Novela El calendario del amor
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Portada del relato Sombras bajo el dintel
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Fragmento:


Andrew, su hijo, había cambiado desde la muerte de Helen. Lo sabían, aunque nunca lo mencionaron en voz alta, porque decir el nombre era reabrir la herida. Helen, la hermana menor, el alma inquieta de la familia, se fue una noche de abril, risueña, prometiendo regresar antes de medianoche. El coche, el cruce, el otro conductor. Un segundo partido en mil pedazos.

Duración: 05:31

Sombras bajo el dintel
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El pitido del tren se alejaba, dejando tras de sí un murmullo de vapor que parecía querer colarse en las grietas de las ventanas del salón. Harold se levantó del sillón con la rigidez de quien intenta no romper el cristal invisible que sostiene el orden de su existencia. Era lunes y el olor a lluvia penetraba la vieja casa como un recuerdo: húmedo y acre, uno de tantos que no se atreven a irse. Martha, sentada frente a la mesa, cortaba la corteza del pan con el mismo cuchillo que había usado durante veinte años. El silencio entre ambos era profundo, no hecha de palabras no dichas, sino de conversaciones agotadas, de otras épocas.

La radio chisporroteaba en la esquina, anunciando sin emoción una tormenta que cruzaría el río al caer la tarde. Martha miró por la ventana a los álamos desnudos temblando en el jardín y, por un instante, pensó en decirle algo a Harold. Pero hacía meses —tal vez años— que no encontraba las sílabas correctas. En cambio, deslizó el cuchillo con precisión, como si suavizando el borde del pan pudiera, de alguna manera, suavizar también los bordes de aquellos días densos y apagados.

—¿Vendrá Andrew a cenar? —preguntó Harold sin mirar, como si la dirección de su mirada pudiera afectar el peso de la respuesta.

Martha tardó, como haciéndose un inventario de ternura agotada. —No lo sé. Dijo que tenía trabajo.

Harold aplastó los labios y asintió. El abuelo reloj de pie en la esquina marcó las nueve. El tic-tac era un látigo perezoso que los mantenía sujetos a la rutina diaria. Afuera, la lluvia comenzaba a salpicar, cada gota marcando un tempo invisible que no supieron nunca si les aliviaba o les pesaba.

Andrew, su hijo, había cambiado desde la muerte de Helen. Lo sabían, aunque nunca lo mencionaron en voz alta, porque decir el nombre era reabrir la herida. Helen, la hermana menor, el alma inquieta de la familia, se fue una noche de abril, risueña, prometiendo regresar antes de medianoche. El coche, el cruce, el otro conductor. Un segundo partido en mil pedazos.

El dolor, con el tiempo, se volvió silente, una gota de agua detrás de la pared: a veces parecía que iba a reventar; otras, apenas era perceptible, pero siempre estaba allí, mojando lo invisible. A Harold le pesaba más por las noches cuando apagaba la lámpara y escuchaba a Martha respirar. A Martha, el peso la aplastaba en la mesa, frente a los platos, por las mañanas.

De modo que la ausencia de Andrew era una sombra distinta, menos trágica, pero mucho más enervante porque estaba hecha de despreocupación, de juventud en fuga, de un futuro que ya no les correspondía. Él llegaba tarde, cenaba solo, se marchaba sin despedirse. Y ellos, conscientes del cambio, no encontraban el modo ni el derecho de reclamarle.

Aquella noche, la tormenta arreciaba cuando una puerta se cerró en la entrada, seca y rápida. Andrew apareció en el umbral, el pelo mojado y los ojos perdidos en otra parte.

—He venido por algunas cosas —dijo, sin quitarse el abrigo.

Nadie preguntó adónde iría; ambos sabían que aquello era apenas una parada, un trámite de un viaje largo. La voz de Andrew era fría, como si ya se hubiera acostumbrado a hablar desde el otro lado de una frontera. Harold se frotó las manos sobre las rodillas, inquieto.

—¿Cenarás con nosotros? —preguntó Martha, partidora de luchar por la naturalidad aunque supiera que era inútil.

Andrew negó, absorto en el móvil. Se despidió con un gesto breve y subió al cuarto. Silencio otra vez. Martha recogió los cubiertos. Sus mejillas estaban secas, pero sus ojos tenían la humedad de alguien que no termina de acostumbrarse al vacío.

Solo entonces Harold se levantó y fue hasta la ventana. Miraba el jardín, pero en realidad veía veinte años atrás, cuando Andrew e Helen jugaban en la hierba, saltando entre charcos sin miedo alguno al daño, al lodo ni al tiempo. Se oía el tintinear de las risas infantiles, mezcladas con el rumor de los truenos lejanos. Y se preguntó, sin atreverse a mirar a Martha, si alguna vez podría volver a sentir otra cosa que no fuera resignación.

Esa noche, Andrew bajó con una caja de cartón y un bolso. Se detuvo un segundo antes de salir a la lluvia.

—Tal vez vuelva el sábado —dijo, sin compromiso.

—Te esperaré para la cena —mintió Martha, la voz temblorosa.

Andrew sonrió con amargura. Entonces, sin decir nada más, abrió la puerta y se marchó. El sonido de la cerradura fue limpio, un corte. Martha y Harold escucharon la lluvia, más intensa, como si quisiera borrar cualquier huella de pasos en la entrada.

Pasaron horas antes de que Martha se levantara de la mesa. Fue al gabinete y buscó la vieja llave que colgaba de un clavo. La sostuvo en la mano, contemplando el metal gastado, y la depositó en el mantel, bajo el foco cálido de la lámpara. A veces, pensó ella, todo lo que queda de una vida en común es una llave en la mesa, el eco persistente de una promesa hecha en algún rincón del tiempo. Elevó la vista hacia Harold, quien no podía evitar ver la grieta en los ojos de su esposa, esa abertura por donde se escapan los recuerdos más leves y las esperanzas más pequeñas.

Luego, se dirigió a la ventana. Afuera, la tormenta seguía cayendo sobre Bridgeport, sobre el jardín vacío, sobre la casa que, aunque crujía bajo el peso de la lluvia y de los años, seguía en pie. Más allá del cristal, creyeron oír, de nuevo, risas en la oscuridad. Esta vez no preguntaron si era el viento.

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