Fragmento:
Abel había escuchado, desde niño, las historias acerca del gigante seco que custodiaba la loma detrás del cementerio. Un tronco solitario, ennegrecido y nudoso, bajo el cual su bisabuela acostumbraba sentarse a llorar, y donde los perros aullaban por razones que los vivos evitaban comentar. Cuando cumplió cincuenta años, Abel, empujado por la urgencia de su propio final, comenzó a visitar ese árbol al atardecer, a veces acompañado por una piedra que le pesaba por dentro, otras, simplemente para escuchar el viento removiendo ese matorral petrificado.
Duración: 04:41
Abel había escuchado, desde niño, las historias acerca del gigante seco que custodiaba la loma detrás del cementerio. Un tronco solitario, ennegrecido y nudoso, bajo el cual su bisabuela acostumbraba sentarse a llorar, y donde los perros aullaban por razones que los vivos evitaban comentar. Cuando cumplió cincuenta años, Abel, empujado por la urgencia de su propio final, comenzó a visitar ese árbol al atardecer, a veces acompañado por una piedra que le pesaba por dentro, otras, simplemente para escuchar el viento removiendo ese matorral petrificado.
El pueblo, antes bullicioso y desesperadamente vivo, se había ido marchitando igual que las manos de la madre de Abel: un poco cada invierno. Los jóvenes se mudaron, unos por hambre, otros por miedo, algunos por ambos motivos. Lo que quedó fue una procesión de rostros curtidos, abuelos arrastrando recuerdos y una sensación de que el tiempo no circulaba, sino que se depositaba en capas, como el polvo sobre los mausoleos.
Una tarde, la profesora retiraba de la única escuela decidió pasar por la loma. Había sido maestra de Abel y de todos los niños del pueblo. Llevaba consigo un cuaderno. Se encontraba con Abel de vez en cuando en esa colina, y juntos suponían quién reposaba bajo cada losa del cementerio, ya que los nombres se habían borrado, o habían sido erosionados por la lluvia y el viento, o simplemente nunca estuvieron escritos. El árbol era el único que los recordaba a todos.
Dicen que las raíces del árbol se extendían por entre las tumbas, como arterias sumergidas, y que bebían historias en vez de agua. Abel creía imaginarlo al ver cómo el polvo de huesos y letras sin dueño se acumulaban en el vendaval crepuscular. No era supersticioso, pero sentía la necesidad de pedirle permiso al árbol antes de pisar la loma, como si interrumpir su vigilia pudiera atraer algún resentimiento. Se inclinaba y susurraba, aunque no recordaba con claridad a quién le estaba hablando—si a los de abajo, al tronco seco o a sí mismo.
Una noche, después de una tormenta eléctrica, el árbol pareció cantar. Abel despertó sobresaltado por un bramido sordo, algo entre gemido y risa, que se arrastraba hasta su ventana. Como nadie más pareció oírlo, pensó que sería el viento, pero esa noche soñó con voces. Viejas voces. Voces que repetían palabras en idiomas rotos, nombres olvidados, noticias que ya no importaban. La voz de un hombre joven diciendo que cruzaba el río, la de una mujer llamando a un hijo muerto en la guerra. El eco de todas esas vidas rebotando en su mente hasta el amanecer.
Al día siguiente, Abel encontró a la profesora en la loma. Ella tenía círculos oscuros bajo los ojos y le confesó, en un susurro roto, que también la habían visitado las conversaciones nocturnas. Juntos se pararon bajo las ramas, y sintieron un temblor en las piernas, como si la tierra misma tratara de empujarlos a hablar. Así comenzó su costumbre: al caer la tarde, cada uno contaría en voz alta un recuerdo, una anécdota de alguien que fue y ya no era. Pensaban que, quizás, así los ecos y los muertos pudieran dormir un poco más en paz.
El árbol, mientras tanto, seguía creciendo sin ramas nuevas, pero sus raíces engrosaban, como si se alimentara de la confesión y la memoria. Hasta que Abel enfermó. Ya no podía subir la colina y sintió entonces que las voces regresaban, insomnes, demasiado despiertas. Gritaban, reían, rezaban. A través de sus párpados febriles, veía rostros deformes formándose en el techo de su casa. Sólo se calmaban cuando la profesora venía a relatarle alguna historia recogida del pueblo, el aliento fresco de las otras vidas equilibrando la asfixia de las propias.
Un día, al no poder más y sintiendo que uno de esos ecos ya estaba demasiado dentro de él, pidió que lo llevaran al pie del árbol. Lo depositaron, y la tierra, aún húmeda por las lluvias, le impregnó las piernas. Le agradeció en voz baja al árbol por cargar con todo ese peso invisible, y prometió dar algo a cambio: su silencio, su olor a laurel, su sombra inútil pero fiel.
Cuando murió, lo enterraron allí mismo, bajo las raíces. La profesora supo, en ese momento, que el árbol había engullido una voz más, pero le alivió pensar que, mientras el viento siguiera moviéndose por las ramas secas, los ecos de Abel, y de todos aquellos que fueron y serán olvidados, seguirían entrelazados, hablándose en un idioma que sólo el árbol entiende. El pueblo, ya casi vacío, nunca dejó de temer ni de respetar al vigía de madera negra, sabiendo que, en el retumbar de sus raíces, dormían no sólo los cuerpos, sino también los ecos de otras vidas, eternamente rebotando en el aire húmedo de la loma.
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