Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
Edición limitada de la novela Anatema.
Novela romántica Antes del amor
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
MEMENTO MORI: Las Tumbas
Portada del relato Niebla sobre el puente
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Fragmento:


El conductor parece dormido, repite la ruta una y otra vez sin advertir que, detrás del vidrio empañado, los pasajeros huyen de sí mismos. Cada uno esconde un dolor en el fondo del bolsillo, detrás de la mirada o bajo las uñas limpias. Una estación más adelante suben dos chicos con uniforme escolar y una madre con ojeras, demasiadas bolsas de pan y el tiempo justo para llegar a la fábrica antes de que cierren el portón de chapa.

Duración: 04:29

Niebla sobre el puente
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Las miradas no siempre se cruzan en la ciudad de las veredas rotas. En el barrio donde viven los olvidados, las historias se escurren como el agua sucia entre los adoquines, cuerpo furtivo de secretos y sueños aplastados. Ernesto baja la vista al subir el colectivo 89, como si le pesara reconocer a alguien, como si llevara en la frente el sello de quien ya no espera mucho. Dos asientos por delante viaja Marta, la mujer de los labios apretados y las manos siempre en movimiento, amasando el aire, revisando su cartera gastada en un gesto aprendido.

El conductor parece dormido, repite la ruta una y otra vez sin advertir que, detrás del vidrio empañado, los pasajeros huyen de sí mismos. Cada uno esconde un dolor en el fondo del bolsillo, detrás de la mirada o bajo las uñas limpias. Una estación más adelante suben dos chicos con uniforme escolar y una madre con ojeras, demasiadas bolsas de pan y el tiempo justo para llegar a la fábrica antes de que cierren el portón de chapa.

Ernesto los observa. Los recordará más tarde, en el momento exacto en que la soledad le pese más que el abrigo. Siente envidia de la mano pequeña aferrando el dedo materno, buscando un refugio contra el frío y la intemperie. Él ya no sabe quién sostenía su mano cuando era joven. El rostro de su madre es apenas una sombra deshilachada en la memoria.

El colectivo se detiene y sube Julián, con el pelo mojado, olor a cigarrillo y papeles arrugados sobresaliendo del bolsillo. Se sienta al lado de Ernesto y le sonríe. Ernesto asiente, por educación, pero no dice nada. Julián vive en una pensión y sale cada mañana a buscar trabajo, pero las oportunidades siempre parecen escapársele, como el agua por los dedos; lo sabe y ha aprendido a bromear sobre eso para no doler tanto por dentro.

El viaje sigue entre frenadas, aceleraciones y ese murmullo constante de resignación. Cada tanto alguien baja la mirada. Otros espían la pantalla del celular ajeno para no pensar en sus propios silencios. Afuera, la ciudad sigue gris, vestida de lluvia, indiferente a las luchas de sus habitantes.

En una de esas esquinas donde el asfalto se desmorona, sube Carolina. Es joven y tiene los ojos hinchados por la falta de sueño; anoche discutió con su pareja y hoy lleva la duda a cuestas. Se sienta sola y busca consuelo en la música que sale de los auriculares. Nadie la ve llorar. Cada lágrima es una batalla callada, invisible para el resto.

Transcurren minutos, igual que vidas, todos juntos y extraños a la vez, compartiendo el mismo aire viciado sin cruzarse una palabra. Marta baja de un salto y apretando más fuerte su cartera, piensa en los documentos que debe presentar al asistente social; sueña, aún, que las cosas mejorarán para su hijo, el menor, el que aún cree en los reyes magos aunque los buzones ya estén oxidados y nadie los vacíe.

Julián saca un papel del bolsillo y, con un bolígrafo mordido, anota números; cuentas, acaso una dirección, un recordatorio de que la esperanza se sostiene más por costumbre que por fe. Cuando lo ve, Ernesto recuerda la carta que no se animó a enviar a su hija. Piensa “ya no hace falta”, pero un nudo le aprieta la garganta, cada vez más áspero.

El colectivo sigue, lento. Los pasajeros se miran y no se ven. Son fragmentos de historias no contadas, esperando que una señal los rescate. Afuera, la lluvia se ha detenido, pero la ciudad, indiferente y cansada, sigue bañada en un gris perpetuo. Ernesto, en un gesto de coraje minúsculo, apoya una mano en el hombro de Julián. “Hoy va a salir el sol”, miente, pero la mentira flota y, por un segundo, alivia la pesadumbre.

Cuando el vehículo dobla por la avenida principal, la gente comienza a descender. Marta ya no tiene miedo de enfrentarse al burocrático escritorio del Estado. Carolina se limpia el rostro antes de bajar, ajustando los auriculares como si fueran una coraza. Julián, alentado por ese toque, decide caminar una cuadra más, solo para ver si la suerte cambia. Ernesto baja último y, en su caminar lento, advierte que, aunque los hilos parecen sueltos, todos formaron parte de un mismo tapiz breve y misterioso.

En el umbral de un día sin certezas, observan su reflejo en el vidrio de la puerta, cada uno diferente, cada uno igual. Es la ciudad la que los vio pasar, la ciudad de todos y de nadie, donde el eco de los pasos resuena mucho después, cuando ya nadie mira. Lo que el silencio deja es todo lo que queda.

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