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Fragmento:


Madame Fardel llevaba el abrigo apretado contra el pecho, aunque el clima no lo requería. Era un gesto aprendido, uno de esos movimientos automáticos que el cuerpo adopta cuando la vida lo ha acostumbrado a cruzar el barrio con los ojos bajos y el corazón bajo llave. Salía del supermercado con una bolsa de pan y una caja de leche, las monedas justas, los míseros euros contados antes de salir aquella mañana de su apartamento mínimo, con ese olor persistente a col hervida que parecía impregnarse en sus faldas y en la piel.

Duración: 03:19

Las formas de un martes
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Madame Fardel llevaba el abrigo apretado contra el pecho, aunque el clima no lo requería. Era un gesto aprendido, uno de esos movimientos automáticos que el cuerpo adopta cuando la vida lo ha acostumbrado a cruzar el barrio con los ojos bajos y el corazón bajo llave. Salía del supermercado con una bolsa de pan y una caja de leche, las monedas justas, los míseros euros contados antes de salir aquella mañana de su apartamento mínimo, con ese olor persistente a col hervida que parecía impregnarse en sus faldas y en la piel.

El barrio llevaba años transformándose, ella apenas se atrevía a nombrarlo; los edificios grises, antes nítidos en la tristeza de los años ochenta, ahora se cubrían de murales multicolores que nada decían a los viejos moradores. Todo parecía una fiesta pensada para otros, para esa juventud que empujaba y bailaba en los portales, ocupando los escalones y mirando a los mayores con insolencia amable, como se mira a una mantis religiosa atrapada en un vaso.

Madame Fardel recordaba haber sido joven también, y creyó contra toda evidencia que el bullicio de aquellos días la volvería a llamar. Pero la juventud de ahora no quería saber de la vida pasada, y ella, marcada por las ausencias definitivas de su marido, de su mejor amiga, del hijo mayor que se fue a Marsella y no volvió nunca salvo en tarjetas postales sin sentimiento, se resignaba a este deambular diario.

Ese martes había algo nuevo: en una esquina, donde la carnicería cerró el año pasado y la fachada ahora lucía una grieta como el río de una infancia, varios vecinos discutían. Dos hombres después de la jornada en la obra, una mujer robusta con las mejillas encendidas, y lejos, como en una valla protectora, el joven árabe del segundo que siempre llevaba auriculares y no pronunciaba palabra jamás. Algo en la acera detenía el paso de los demás: una bolsa de plástico medio abierta con una manta y, asomando, la pata de un perro viejo, tiesa y polvorienta.

Ella no se detuvo. Siguió hasta su portal, la llave tensa entre los dedos, el oído atento, como si regresara a otra tarde, la de la huelga de 1995, cuando todos estaban en la calle y la vida parecía a punto de desmoronarse, pero con una promesa de reconstrucción. Ahora la calle era nada más ruido hueco y resignación. Subió despacio los tres pisos, ignorando los gritos intermitentes de la hija de la vecina, tan similares a los de su propia infancia, y al llegar a la puerta, escuchó dentro: el tic-tac del reloj, la persiana golpeada suavemente por el viento.

Encendió la radio, apenas un murmullo. Deslizó la leche en el refrigerador, colocó el pan sobre la mesa y, antes de quitarse el abrigo, se miró en el espejo doméstico. Ahí, la mujer sin historia aparente, el rostro sin huellas de obras ni murales, la sombra de todo lo que no se cuenta por temor a volver a sentir. Pensó en la bolsa, en el ruido de voces en la calle, en el perro muerto y en el muchacho con auriculares, preguntándose si alguna vez el barrio volvería a sentirse suyo, o si ya sólo era eso: un escenario donde los recuerdos y los días se rozan y se ignoran, esperando una señal, tal vez un martes, cualquier martes, para desplegar por última vez las alas invisibles de una vida entera comprimida en gestos breves, austeros, obstinados, que nadie mira ni desea comprender.

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