Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
Novela romántica Antes del amor
Dire Bound. Alma de lobo
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Edición limitada de la novela Anatema.
La grieta del silencio
Portada del relato Ecos de una casa azul
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Fragmento:


“¿Has comido?”, pregunta la madre sin girarse, la voz a medio camino entre el interés sincero y un reproche ancestral.

Duración: 04:36

Ecos de una casa azul
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Erika gira la llave con delicadeza, como quien duda abrir un cofre lleno de secretos. La humedad del otoño impregna el vestíbulo y en la estancia apenas iluminada le reciben los retazos de su propia infancia: ese perchero descascarado, los retratos torcidos que su madre nunca terminó de colgar bien, y el eco hueco de un reloj encallado en las tres y media desde hace años. Fuera, la tarde se exprime lenta, apretada entre charcos y el rumor de los pasos ajenos sobre la acera.

Desde la cocina, el zumbido de la radio lucha contra el silencio. A su madre, sentada frente a la ventana con una taza entre las manos, se la ve pequeña, absorbida. Las manos, nudosas y gastadas, tiemblan bajo la luz difusa. Erika deja la maleta junto a la puerta. No era la bienvenida calurosa que ni siquiera esperaba, solo la constatación de un mundo que ha cambiado. El regreso después de nueve años tiene el sabor de la leche agriada, un poco por la culpa, otro tanto por las heridas viejas.

“¿Has comido?”, pregunta la madre sin girarse, la voz a medio camino entre el interés sincero y un reproche ancestral.

“He comido, madre.” Se escucha un ligero asentimiento, apenas perceptible.

El pueblo parece detenido en una especie de parálisis discreta. Por la tarde, cuando Erika se atreve a salir, los rostros son otros, aunque la desconfianza vecinal permanece idéntica. Al pasar frente a la mercería, alguien murmura a espaldas y ella se pregunta si ve en sus ojos la huida de quien no supo quedarse. Desde la ventanilla de la panadería, la señora Felisa marca con la vista aquellos años en los que Erika era parte de la vida común, antes de la marcha precipitada a la ciudad, antes del divorcio, de la carta que nunca llegó a mandarse con explicaciones.

Aquella noche, la madre de Erika espera a oscuras en la sala, los labios apretados como una rendija de tristeza. “Hay cosas que aquí no cambian”, dice, más como sentencia que como simple reflexión.

Durante los días siguientes, Erika vaga por los cuartos cerrados donde aún flota el olor de las vidas no vividas. El cuarto de su padre, intacto desde el infarto, y la habitación de su hermano que murió hace más de dos décadas y sin embargo nunca acabó de irse de la casa. Sobre la cama quedan dibujos infantiles, una gorra de visera, un libro roto sobre la mesilla. En el fondo de ese silencio, Erika siente la presión de las palabras no dichas, los duelos mantenidos a fuego lento, la erosión recíproca del tiempo sobre los vínculos.

Por las calles, la vida sigue en suspenso constante. El bar del cruce cierra antes de la cena, la plaza mayor se vacía en cuanto cae la niebla. Erika pasa las tardes con su madre, sentadas casi en paralelo, comentando las noticias de la radio, los sucesos de la parroquia. Las quejas por la subida de la luz, la visita del alcalde prometiendo arreglos que nadie espera ya. Solo en la intimidad del baño, Erika se permite llorar.

Una tarde de domingo, encuentran en la acera a don Julián, el vecino de al lado, tendido entre los restos de una bolsa de la compra. Se diría que la vejez lo acurrucó hasta convertirlo en una figura entrañable y callada, aunque en el pueblo siempre fue blanco de susurros por una vida truncada por el alcohol y el fracaso. Erika acompaña a su madre al velatorio, donde la conversación fluye como un río de reproches velados y anécdotas tristes. En la capilla, entre el olor a flores y ropa húmeda, Erika recuerda la última Navidad con su padre: los tres repartiendo silencios, partidos solo por el tintineo de una copa rota.

Esa noche, Erika le pregunta a su madre si alguna vez se sintió verdaderamente libre. La madre tarda en responder, mira la lámpara de cristal, como quien busca un pasado entre destellos y polvo. “Ser libre era esto”, susurra finalmente. “A veces lo era, contigo dormida y sin preguntas.”

Y en ese hueco, Erika entiende que regresó para hacerse cargo no solo de la ancianidad de su madre sino de todos los fantasmas acumulados. Sabe que la marcha no solucionó nada, que la distancia solo pospuso reuniones como esa, incómodas, necesarias. Al alba, cuando afuera llueve y el café humea en la penumbra, Erika toma la decisión de quedarse una temporada. No es un retorno triunfal ni heroico, es la aceptación fatigada de su propio sitio en la cadena de desamores cotidianos. Un reencuentro con lo que la vida fue y quizás puede volver a ser.

En la mesa, la madre le sirve una tostada. El silencio entre ambas no es menos denso, pero ya no es enemigo. Afuera el pueblo despierta lento. Erika mira el horizonte, levemente diferente, y por primera vez en años no desea estar en ningún otro lugar.

Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
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