Fragmento:
No tenía sello ni remitente. Sus dedos temblorosos abrieron el pliegue. Dentro, una hoja doblada en la que sólo se leía: “A las once, frente a la estación”. No era necesario más. El tiempo había convertido a Ildefonso en un hombre de silencios y resignaciones, de aquellos que esperan poco y nada piden, pero aquella frase era como un reloj resucitado en el fondo de la memoria.
Duración: 04:32
Nunca se había detenido a mirar la habitación después del mediodía. Siempre cruzaba la estera de juncos, abrumado por la rutina, el pensamiento encorsetado en las órbitas de una existencia pequeña. Pero aquel jueves, mientras la luz se colaba polvorienta entre las cortinas raídas, Ildefonso percibió el ruido seco de una carta deslizándose bajo la puerta. Le sorprendió porque nadie le escribía desde el último otoño. Se acercó con la cautela de quien teme romper la tersa membrana de la costumbre y recogió el sobre, dirigido a él con una caligrafía extrañamente familiar.
No tenía sello ni remitente. Sus dedos temblorosos abrieron el pliegue. Dentro, una hoja doblada en la que sólo se leía: “A las once, frente a la estación”. No era necesario más. El tiempo había convertido a Ildefonso en un hombre de silencios y resignaciones, de aquellos que esperan poco y nada piden, pero aquella frase era como un reloj resucitado en el fondo de la memoria.
El barrio, desde la ventana, parecía una colección de promesas a medio cumplir: los niños jugando con bolas de barro entre los charcos, las mujeres cargando las bolsas del mercado, el anciano ciego acariciando la barandilla mientras contaba los escalones. Las paredes, afligidas de humedades en sus entrañas, soportaban la historia muda de quienes las habían habitado y abandonado.
Nada en aquel mundo parecía destinado a cambiar, salvo que Ildefonso decidió esa mañana que iría a la cita. Se vistió con la ropa menos ajada, remedó los botones con minuciosa dignidad y bajó la escalera. Cada paso resonaba como un antiguo eco, recordatorio de otro tiempo en el que aún se sorprendía a sí mismo canturreando para espantar la soledad.
Caminó despacio. Los portales desprendían aromas densos de guisos pobres, el rumor de radios viejas acompañando las tareas. Cruzó frente al ‘Amanecer’, la taberna donde todavía fiaban a los que aguantaban la afrenta de pedir. Un par de hombres jugaban al dominó, las fichas golpeando la madera y rasgando, como un látigo, el aire opaco del local. Ildefonso avanzó sin saludar: hacía años que prefirió el silencio al saludo forzado.
Llegó a la estación con antelación. Los bancos de madera parecían tan antiguos como él, y las paredes vestían grafitis desvaídos: nombres de jóvenes enamorados, insultos que ya no ofendían a nadie, proclamas de esperanza escritas durante alguna huelga olvidada. En el andén, una mujer de abrigo gastado alimentaba a las palomas; un niño contemplaba, con los ojos fijos, el giro interminable de las ruedas de una maleta abandonada.
Esperó. Las manecillas del gran reloj apenas parecían avanzar. Ildefonso repasó los rostros que se cruzaban: el rostro severo del jefe de estación, la vendedora de periódicos, un joven que aspiraba a marcharse lejos. Recordó las palabras del padre cuando era niño: “No te hagas esperar nunca. Y si te hacen esperar, es que en algo has fallado”. Lo pensó por un instante, después lo desechó. Ahora las reglas eran otras.
A las once en punto, una figura emergió entre la niebla del andén. Era Eudosia, su hermana, a quien no veía desde hacía veinte años. El tiempo le había borrado la exuberancia de la juventud y le había dejado aquel aire de dignidad cansada, de los que han luchado y apenas han ganado. Se acercaron despacio, los dos titubeando como adolescentes antes de un primer beso. Ninguno extendió los brazos.
-Buenos días, Ildefonso.
Las palabras flotaron entre ambos, envueltas en un pasado compartido y un presente que no sabían articular.
-¿Vamos a caminar? –propuso ella.
Anduvieron por el paseo de tierra junto a las vías. El silencio resultaba más fácil que la conversación. Pequeños gestos, miradas furtivas a los labios del otro, como quien presiente una revelación. Finalmente, Eudosia se detuvo frente a un árbol viejo y musgoso.
-Me voy a marchar –dijo, con voz firme-. Es la última vez que vengo.
Ildefonso asintió, sin pedir explicación. Él conocía aquel sentimiento. El deseo de empezar de nuevo, de dejar atrás el lodo pegajoso del entorno y de los recuerdos.
-Me alegro por ti –musitó.
Durante largos minutos, el ruido de un tren tapó las palabras posibles. Sus miradas, en cambio, decían lo que los labios ahorraban: que ambos sabían de abandono, de pueblos que mueren despacio, de la promesa incumplida de una vida mejor.
Cuando la locomotora se perdió, Eudosia soltó un suspiro que parecía arrastrar todo su pasado; Ildefonso la observó alejarse, el paso firme, la cabeza alta pese al temblor de los labios.
Regresó solo, como tantas veces, con la certeza de que, esta vez, el silencio pesaría todavía un poco más. Pero también con la extraña esperanza de que, al menos, había sido testigo del último acto de dignidad de aquella a quien más había querido. Cuando volvió a cruzar la estera, la luz de la tarde parecía menos amarga.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.