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Fragmento:


En la cooperativa, don Evaristo, el hombre encargado de pesar las bolsas de grano, se encogió de hombros frente a las quejas de los jornaleros. Los precios bajaban y bajaban, y la sequía era tema viejo. —Esto ya lo hemos vivido, decía, aunque nadie recordara que alguna vez la situación fue distinta. El viejo guardaba su tristeza tras una montaña de habas y cuentas inútiles, y los más jóvenes lo miraban con una mezcla de lástima y resentimiento, como si fuera un profeta cansado repitiendo un versículo gastado.

Duración: 04:43

La estación quebrada
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El aire era espeso y gris, como una sábana echada sobre el valle que alguna vez fue fértil. Entre las hileras de maíz marchito y los nogales amenazados por el olvido, deambulaban los hombres con las cabezas gachas y las camisas pegadas a la piel por el sudor y la angustia. Entre ellos caminaba Tomás, cuya espalda curvada hablaba de años transportando sacos, levantando esperanzas y, más recientemente, huecos promesas.

La tierra se partía bajo sus botas, surcada de raíces muertas como venas resecas de un animal enorme. Mientras el sol ascendía, la luz recortaba formas duras sobre el suelo y todo el valle parecía posarse inmóvil en un silencio hecho de cansancio. Tomás contaba mentalmente las baldías hectáreas que debía arar antes del mediodía. Nadie preguntaba por qué seguía yendo al campo; la pregunta no tenía dueño, y la respuesta era una mezcla de necesidad y terquedad.

En la casa, Clara, su mujer, hervía agua para el café y buscaba en los restos de pan la compañía suficiente para la mañana. Los niños no hablaban mucho. Desde hacía meses, un silencio denso y agrio circulaba entre las paredes, dejando apenas espacio para las voces. Miraban a su padre salir cada amanecer y, a medida que el estómago crujía, las esperanzas también se encogían. Los estudios eran para otros; en ese tiempo, el conocimiento se medía en las formas de buscar trabajo, de pedir crédito y de sobrevivir a los días en que no llegaban noticias.

En la cooperativa, don Evaristo, el hombre encargado de pesar las bolsas de grano, se encogió de hombros frente a las quejas de los jornaleros. Los precios bajaban y bajaban, y la sequía era tema viejo. —Esto ya lo hemos vivido, decía, aunque nadie recordara que alguna vez la situación fue distinta. El viejo guardaba su tristeza tras una montaña de habas y cuentas inútiles, y los más jóvenes lo miraban con una mezcla de lástima y resentimiento, como si fuera un profeta cansado repitiendo un versículo gastado.

Tomás y los otros se turnaban el trabajo más pesado. A veces uno caía al suelo, rendido por el calor o por el hambre, y en vez de ayuda recibía silencio. Era un pacto no escrito: en esta tierra, cada quien cargaba su peso y la única manera de soportarlo era fingiendo que aún tenía sentido continuar. Sólo al caer la noche, cuando la brisa volvía y las sombras desdibujaban las aristas de la miseria, alguien se atrevía a contar una historia. Solían ser cuentos de tiempos mejores, de promesas electorales jamás cumplidas, de hijos que se marcharon buscando futuro del otro lado de la sierra.

Clara miraba a través de la cortina remendada y esperaba el regreso de su esposo con una ansiedad contenida. Se preguntaba hasta cuándo resistirían antes de unirse al éxodo silencioso de las familias que, de madrugada, dejaban el pueblo para no volver. Cada vez que algún vecino desaparecía, los rumores crecían como hierba de entre surco: que se fueron a la ciudad, que encontraron trabajo en la capital, que allá tampoco hay futuro pero al menos no duele tanto la memoria.

Un día, llegó una camioneta con un hombre de traje. Se presentó como el nuevo delegado del gobierno. Aseguró que traía soluciones, fondos, promesas con membrete oficial. Los campesinos lo escucharon, en silencio, con los puños cerrados en los bolsillos y las miradas vueltas tierra. Cuando el hombre se fue, sólo quedaron palabras flotando como polvo en la brisa, y elocuentes gestos de cansancio entre los que se quedaron atrás.

La rabia era silenciosa, pero latía fuerte en los pechos de quienes no querían rendirse. Los jóvenes, cansados de callar, comenzaron a reunirse por las noches en la esquina de la plaza, bajo el farol quebrado. Hablaban de organizarse, de exigir lo suyo. Miraban con asombro a los viejos, preguntándose por qué agachaban la cabeza. Los viejos, por su parte, les temían a los sueños. Ya habían visto demasiado, y sabían que la esperanza podía ser cruel.

Clara tejía en las tardes para vender muñecas en el mercado. A veces vendía alguna, y con las monedas compraba arroz. Le costaba mirar a Tomás a los ojos, por miedo a perder la fuerza que todavía conservaba en las manos. En la última lluvia, sus hijos bailaron bajo el aguacero como si se tratara de una fiesta, y Clara sintió por un instante que el futuro era posible, aunque fugaz y pequeño.

La historia de Tomás y Clara era la de todos: vivir con el agua hasta el cuello, contar los días por sacos de grano y sonrisas escasas, guardar dignidad donde quedaba un hueco. Pero bajo la costra del suelo resquebrajado y entre las sombras del desamparo, seguía latiendo un pulso, una certeza frágil de que no todo estaba perdido mientras el pueblo siguiera reuniéndose cada tarde en torno al viejo árbol de la plaza, donde las palabras, aunque cansadas, aún tenían la forma de la resistencia.

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