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Portada del relato La sombra del horno apagado
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Fragmento:


La mañana amaneció en Madrid, entre la bruma y el tañido lejano de los carruajes que aún se atrevían por las calles de adoquín húmedo. En la casa de los Ortega, las paredes descascaradas parecían albergar fantasmas; tenía aquel hogar un color entre el gris y el amarillo, huella de tiempos mejores que ya sólo quedaban en los recuerdos de doña Manuela. En la mesa el pan era escaso y la leche aún más, acallando con su ausencia los estómagos de Felisa y Germán, los dos hijos que la vida le dejó, tras la marcha irreversible de su esposo, Don Julián, primero al hospital de San Carlos y después al cementerio del sur, igual que tantos otros agobiados por la enfermedad y el trabajo.

Duración: 04:48

La sombra del horno apagado
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La mañana amaneció en Madrid, entre la bruma y el tañido lejano de los carruajes que aún se atrevían por las calles de adoquín húmedo. En la casa de los Ortega, las paredes descascaradas parecían albergar fantasmas; tenía aquel hogar un color entre el gris y el amarillo, huella de tiempos mejores que ya sólo quedaban en los recuerdos de doña Manuela. En la mesa el pan era escaso y la leche aún más, acallando con su ausencia los estómagos de Felisa y Germán, los dos hijos que la vida le dejó, tras la marcha irreversible de su esposo, Don Julián, primero al hospital de San Carlos y después al cementerio del sur, igual que tantos otros agobiados por la enfermedad y el trabajo.

Manuela, con su falda remendada y los dedos ateridos de lavar camisas ajenas, se esforzaba por mantener la dignidad familiar, esa herencia invisible que pesa como una cadena. Cada amanecer era una promesa vacía. Los vecinos del barrio, gentes sencillas, hacían vida en común: la escalera era un confesionario, la portera una suma de secretos, y los niños —caramelos de mugre y esperanza— el único color verdadero.

Felisa, la mayor, tenía ya dieciocho años y la espalda encorvada de tanto coser botones en el taller de la señora Rosalía, almacenista de modas mundanas que nunca llegaban a sus propias empleadas. Miraba la vida desde la ventana, soñando con algún seminarista de paso, con un joven dependiente que la rescatara de aquel tedio, de aquel futuro hecho del mismo sumo de miseria que bañaba el presente. Germán, tres años menor, vendía periódicos en la glorieta, esquivando coches y señoritos, aprendiendo a calcular el hambre según la hora del día.

El invierno llegó pronto aquel año, quebrando la moral del barrio con su látigo de viento y carencias. Una noche, Manuela regresó del lavadero con la tos apretada en el pecho. Felisa la esperaba con una sopa rala y miradas llenas de interrogantes. Habían llegado nuevas cartas del casero, exigiendo el pago atrasado o el desahucio inminente. Manuela temblaba al dejar la ropa, y no sólo por el frío.

Fue entonces cuando apareció don Ignacio, un médico retirado que vivía en el entresuelo y apreciaba la honradez de la familia Ortega. Sabía de las dificultas, cuántas veces había visto a Felisa en el corral, intentando disimular el hambre con dignidad. Ofreció a Germán un pequeño puesto de ayuda en su consulta, llevando recados y ordenando frascos, por unas pocas pesetas. Manuela aceptó, no sin dolor: confiaba así apartar a su hijo del torbellino de la calle, donde la justicia era un juego de cartas marcadas.

Con su nuevo trabajo, Germán volvió a casa más cansado, pero menos temeroso. El muchacho guardaba en el bolsillo una moneda pequeña que hacía sonar con disimulo, como el único talismán frente al infortunio. Felisa, entretanto, luchaba con una costura rebelde y la tentación de aceptar el ofrecimiento de un comerciante —de manos blancas y promesas sucias— que le aseguraba fortuna a cambio de servidumbre.

Una tarde de marzo, cuando la primavera parecía haberse olvidado de la ciudad, la desgracia golpeó a los Ortega con fuerza: la tos de Manuela se volvió sangre. Germán corrió a pedir ayuda a don Ignacio, pero el médico sabía demasiado bien que las medicinas no podían comprar el tiempo, y menos la suerte. Felisa permaneció junto a su madre, rezando a una Virgen desconchada, suplicando a la imagen por un milagro para quien había hecho del sacrificio su vida.

Pasaron los días, y la noticia del desaliento traspasó umbrales. La portera subió con un poco de leche, un vecino dejó pan en la puerta, y hasta las niñas de la escalera traían flores marchitas del parque. El corazón de Manuela, agradecido pero exhausto, se apagó una mañana fría, acompañada por Felisa y Germán, que lloraban en silencio la pérdida de la única certeza que habían conocido.

El casero no esperó más. La orden de desalojo era inapelable. Sin más, Felisa y Germán, con una maleta raída y un fajo de cartas de la madre, salieron bajo la llovizna, cruzando la calle Olmeda con la esperanza de un refugio y la certeza del sufrimiento. Nadie les aguardaba salvo el porvenir: una pensión de mala muerte, algún trabajo provisional, la caridad de don Ignacio y la fuerza de una decencia heredada.

En los días siguientes, Felisa aceptó el taller de costura recomendado por una vecina. Germán, encallecido por el dolor, comenzó a soñar por las noches con una casa grande y soleada, con una mesa llena de pan y café, y una madre que reía. De tanto mirar la desesperanza afrontaron juntos el abismo, y en la adversidad encontraron un afecto aún más profundo. Sabían que la ciudad no tiene compasión, pero también que la dignidad humana, cuando se aferra al amor y al recuerdo, puede vencer la niebla más densa.

Así, la vida de los Ortega se disolvió en el tiempo, como tantas otras, invisible para los poderosos, esencial para quienes entienden que la tragedia, en los rincones humildes de Madrid, no tiene eco, pero sí memoria. Y en el rumor de la vecindad y en las manos zagalas de Felisa cosiendo hasta el alba, se escribió, sin que nadie lo supiera, el relato de una esperanza que, pese a todo, no quiso morir.

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