Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
La niñera
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
Edición limitada de la novela Anatema.
Powerless (edición especial limitada)
Portada del relato Las reglas del whiskey
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Diecisiete días sin llamarse. Suficiente para que el deseo duela, pero insuficiente para que duela más que el miedo. Raúl, cuando finalmente apareció, parecía tan cansado como la ciudad misma. Sus ojos, ojerosos, se detenían en ella con ese modo particular de quien sabe que le están esperando y, al mismo tiempo, detesta llegar. Se sentó, no muy cerca pero tampoco lejos. Apenas un centímetro y medio de espacio entre el roce de la piel, la electricidad minúscula mitificando el aire.

Duración: 04:04

Las reglas del whiskey
-a / +A

El reloj marcaba las once menos cuarto cuando Helena empujó la puerta giratoria del Hotel Arlington. El vestíbulo olía a mármol frío y a una colonia barata que intentaba colarse con insistencia por las rendijas de la historia. A esa hora, todos los cansancios caminan despacio: el del cuerpo, el del corazón, el de la vida. Al fondo, tras el mostrador, el portero fingía leer una revista de crucigramas. Había silencio, sólo rasgado por los pasos medidos de alguien invisible en el corredor de moqueta verde.

Helena avanzó hasta la butaca junto al ventanal, la de siempre, esa donde desde hacía un mes venía a esperar. Raúl llegaba tarde, lo sabía. Ese era su lenguaje común: el retraso, la demora, las palabras escritas en la frontera entre quedarse y largarse. Ella cruzó la pierna, dejó el bolso sobre sus rodillas, y contempló las sombras de las farolas temblando en la acera.

Diecisiete días sin llamarse. Suficiente para que el deseo duela, pero insuficiente para que duela más que el miedo. Raúl, cuando finalmente apareció, parecía tan cansado como la ciudad misma. Sus ojos, ojerosos, se detenían en ella con ese modo particular de quien sabe que le están esperando y, al mismo tiempo, detesta llegar. Se sentó, no muy cerca pero tampoco lejos. Apenas un centímetro y medio de espacio entre el roce de la piel, la electricidad minúscula mitificando el aire.

Raúl pidió dos whiskeys al camarero. Pedía dos, siempre dos, porque así evitaba la pregunta: “¿Quieres algo?”. Helena lo sabía mejor que su propio nombre. Hablaban, pero el murmullo no era conversación, sino inventario: “¿Cómo va el trabajo?”, “¿Sigues viendo a Lucía?”, “¿Estás comiendo bien?”. Ella respondía lo justo, esperando que en algún rincón súbito de la charla explotara un “Te he extrañado”, o un “Odio este modo de vivir”. Pero lo único que estallaba era la risa del personal de limpieza desde el ultramar de la trastienda, y el eco contra las columnas doradas del salón.

La mano de él temblaba un poco al acercar el vaso a la boca, y tuvo que apoyar el codo para que el hielo no lo delatara. “¿Te acuerdas del cine Astoria?”, preguntó Raúl de pronto, y ella, en vez de responder, arqueó una ceja. El cine Astoria cerró hace años, como se cierran los días felices. “Me acuerdo de la butaca rota”, dijo al fin, y los dos hicieron ese gesto universal de mirar al punto medio, el suelo, como si ahí la memoria doliera menos.

El silencio, entonces, pasó a ser otro modo de tocarse. Cada mirada evitada era un roce, cada pausa, una mano recorriendo la espalda desnuda del recuerdo. Helena supo que iban perdiendo, que ya sólo tenían el vestíbulo y los whiskeys, que la promesa de una noche juntos valía lo mismo que un paraguas perdido en un taxi ajeno. Ella quiso llorar, pero en cambio sonrió. Eso es lo que hacen los adultos: sonríen por no llorar.

“¿Te vas a quedar?”, preguntó ella. Simple, como si preguntar fuera una forma de quedarse también. Raúl dejó escapar el aire, y aquello sonó a derrota. “No lo sé”, murmuró, y ambos comprendieron que el amor, a veces, se erosiona a fuerza de preguntas pequeñas y pospuestas.

El portero carraspeó; la medianoche llegaba con su puntualidad de verdugo. Alguien tiró de la puerta con fuerza y el aire frío se coló hasta sus rodillas. Helena tragó el último sorbo del vaso y se puso de pie antes que él. “Mañana es martes”, dijo, y nadie supo si era una constatación o un adiós. Raúl la miró como si acabara de olvidarse de cómo se maneja el mundo, pero asintió.

“No pases frío”, pidió, y el eco de la frase fue la alfombra sobre la que caminarían, cada uno hacia una habitación distinta, cada uno hacia un sueño que tendría el rostro del ausente.

Y así, el vestíbulo arrojó de vuelta a la ciudad sus dos mitades desnudas. Afuera, los semáforos parpadeaban su promesa indiferente de continuidad. Adentro, el cristal empañado guardaba, apenas, el rumor secreto de los cuerpos que no supieron despedirse y que, sin embargo, nunca dejaron de hacerlo.

Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
La niñera
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
Edición limitada de la novela Anatema.
Powerless (edición especial limitada)

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.