La lámpara titilaba en silencio sobre la mesa. No era la luz la que inquietaba, sino ese rumor casi imperceptible en el aire, como si las palabras quisieran cruzar de una boca a otra y no supieran cómo. Emma giró la cucharilla en su taza con el mismo gesto desde hacía años, mientras Daniel la observaba, oculto tras el humo oblicuo del primer cigarro de la noche. Habían aprendido a mirarse sin rozarse, ese era el pacto mudo: un acuerdo tan antiguo como los silencios que lo sostenían todo.
Fuera, la ciudad se arremolinaba en sus propios secretos. Dentro, el reloj de la pared marcaba las horas como si cada tic fuera un aplazamiento, otro giro de la cucharilla, un parpadeo. La tetera humeaba hasta empañar el cristal, y en la lente resbalada se multiplicaba el espectro de Emma, sus manos nerviosas, el anillo en el dedo índice, vuelta y vuelta.
—No tienes que quedarte —dijo Daniel, rompiendo finalmente la acumulación de palabras no dichas—. No esta vez.
—Y sin embargo estoy aquí —respondió Emma, con una sonrisa que era tanto refugio como pregunta—. Siempre vuelvo. No sé si por costumbre o por necesidad.
Había algo en la voz de Emma que en otra época hubiera bastado para ofrecerle un beso, una mano abierta, promesas. Ahora, Daniel solo pudo dejar que el cigarro se consumiera, dejando caer la ceniza en una danza pausada.
—Ignoro si alguna vez te irás. —Daniel apuró la frase, como si al decirla pudiera evitar el temblor en sus dedos—. O si yo te pediré que te vayas.
Ella se inclinó levemente sobre la mesa acristalada, dejando que el vaho de la tetera les uniera como en una cámara lenta de vapor y escuchas.
—¿A qué le tienes miedo? —preguntó Emma, y fue entonces cuando Daniel la miró de veras, enfrentando los años apilados entre ellos como piezas de dominó cuidadosamente dispuestas.
—A olvidarme de ti mientras sigues aquí.
Ella rió, breve, y sus labios dejaron una marca en la porcelana. Era la risa la que siempre los desarmaba, porque contenía todos los tiempos: el de la primera vez y el de la última.
Detrás del gesto, una memoria: la tarde en que bailaron en el salón vacío, con la radio encendida a bajo volumen y las cortinas agitándose como banderas de un país al que ya no pertenecían. Nadie pensó entonces que existiría un después. Nadie pensó en el después, nunca.
—¿Y si decidiera marcharme esta noche? —Emma sostuvo la mirada más tiempo del prudente, retando la vieja lógica de sus encuentros—. ¿Qué memoria te quedaría?
La tetera burbujeó, un espasmo de la rutina. Daniel sostuvo la taza entre las manos y no respondió.
—No sé si la memoria alcanza para tanto —murmuró al fin—, pero no me atrevo a comprobarlo.
Los labios de Emma se curvaron, y en la curva se asomaron todas las ocasiones en que los cuerpos se buscaban apenas, bajo la mesa, en los ascensores, en los mensajes ambiguos enviados antes de dormir.
El teléfono vibró. Se miraron. Nadie respondió.
—Siempre he pensado que huimos, Daniel. Tú, con ese miedo de quedarte vacío, y yo, con este absurdo empeño en aguantar la mano que nunca se abre del todo.
El agua en la tetera apenas silbaba ya. Afuera, los faroles destilaban una claridad oblicua. Dentro, solo quedaba la constancia de dos almas sentadas en mitades. Daniel extendió los dedos y, por primera vez en mucho tiempo, tocó ligeramente la muñeca de Emma. Un roce torpe, casi invisible, pero suficiente para que el aire cambiara de densidad.
—¿Sabes lo peor de todo? —dijo ella, apenas un suspiro—. Que me quedaría si lo pidieras. Más de lo prudente, más allá de lo razonable.
Él cerró los ojos. Sintió el suelo moverse bajo los pies, el reloj marcando la próxima hora, la tetera callando.
—No sé pedir las cosas importantes. Solo sé extrañar lo que pierdo.
Emma retiró la mano. El teléfono vibró otra vez, de lejos, como si el exterior quisiera incluirse en una conversación a la que nunca sería invitado.
Se levantó despacio, recogió el bolso, su abrigo. La noche aguardaba afuera, paciente y amplia, como un refugio.
—Quizá la próxima vez logres decirlo —fue todo lo que dijo Emma desde la puerta. Y en la forma en que dijo “próxima vez” vivía la posibilidad—y la amenaza—de un nunca.
Daniel contempló la tetera, el círculo de vapor contra el vidrio, la silla vacía. Encendió otro cigarro. Escuchó el eco de los pasos de Emma en las escaleras, cada uno una página cerrada con cuidado, sin marca, sin rabia.
Fuera, la sombra prolongada aguardaba; dentro, el drama seguía, invisible, en las cosas no dichas que alguna vez, quizá, serían lo único que quedaría de ellos.
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