Las luces del aeropuerto apenas filtraban la neblina del amanecer cuando Margot vio a Oliver por primera vez en cinco años. No se abrazaron; él sostenía sus manos en los bolsillos y ella torcía el broche del bolso una y otra vez. No sabían quién debía hablar primero. "¿Dormiste bien?", preguntó Margot, como si el trayecto Londres–Madrid hubiera dejado alguna esperanza para el descanso. Oliver asintió, y su sombra se proyectó larga sobre la loseta blanca, cruzando la de ella. Margot siempre había notado ese efecto cuando estaban juntos: dos personas proyectando una tercera figura, una forma ambigua de nosotros.
La ciudad les resultaba extranjera en todos los aspectos posibles. Margot venía para firmar el convenio de su nueva exposición, Oliver para asistir a una conferencia de ciencias cognitivas. "No fue planeado", se dijeron ambos varias veces, y ninguno supo si se intentaban convencer de que el encuentro era casual, o un revés del destino al que debían asistir con resignación. Caminaron por la Gran Vía como turistas, aunque conocían bien el ritmo de las ciudades modernas, sus cafés impersonales y las pastelerías que ofrecen el mismo croissant en cualquier idioma. A la hora de la sobremesa, agotados, se sentaron en un banco mirando pasar familias y parejas de la mano.
"¿Sigues dibujando?", preguntó Oliver.
"Siempre. Ahora líneas más limpias. Menos color", dijo Margot.
Él asintió como si le doliera. "A veces intento explicarte. Cuando hablo de ti a los demás… No sé por dónde empezar."
Margot rió, bajo y rápido. "Es mejor no empezar nunca. Hay cosas que no se pueden decir bien", dijo, y le rozó con la rodilla.
Oliver no la apartó.
Habían sido ya demasiado cercanos, demasiado hirientes, demasiado imposibles. El amor –aquella palabra gastada, a la que ambos preferían no acudir– les había servido de campo de experimentación, de anestesia y a veces de excusa para el daño. Pero aquel día, en ese banco, las heridas parecían cicatrices limpias y la vida algo menos envenenada.
Más tarde subieron juntos al hotel de Margot. El pasillo era largo y olía a detergente. Ella le invitó a pasar sin encender la luz. Solo la ventana proyectaba una cuadrícula azul sobre la cama blanca. Oliver bajó la vista al suelo. "Teníamos que intentarlo", murmuró, y Margot supo que no hablaba sólo de ese momento.
"Olvídate de lo que pasó. No sirve de nada", dijo ella, y lo dijo tan convencida que se asustó un poco de sí misma.
Oliver se acercó y la besó. Fue un gesto nervioso, famélico de memoria. Todo el tiempo juntos antes –los siete años de convivencia, los meses de discusiones, las largas cartas tras la separación– quedó suspendido en ese roce, que apenas parecía amoroso y más bien gesto de pacto.
Margot le acarició el rostro, tanteando el contorno, recordando con los dedos las marcas que la convivencia había dejado en ambos. "¿No estamos repitiendo el pasado?", preguntó él.
"El pasado fue otra gente", dijo Margot. "Hoy eres sólo tú. Y yo, que no soy la de antes."
La noche fue lenta y los silencios más importantes que las palabras. Despertó el día con el ruido de la ciudad. Él la miraba, los ojos abiertos, el miedo mezclado con ternura en la cara. "Tengo miedo de volver a perderte", confesó, y Margot se preguntó cuándo, exactamente, habían empezado a perderse. Quizá nunca hicieron otra cosa.
Bajaron juntos, y desayunaron en la cafetería del hotel, sin tocarse. Afuera llovía, y la despedida flotaba en cada gesto torpe. "No prometamos nada", sugirió ella. "Al menos, no todavía."
Oliver sonrió, y por fin, después de tantas cosas mudas, la besó en la mejilla con la dulzura exacta de una reconciliación.
Quizá volverían a buscarse. Quizá no. Pero al separarse, Margot supo que esa mañana, en Madrid, habían encontrado algo real: no la promesa de un amor sin fisuras, sino la certeza de que a veces basta con acercarse un poco, volver a tocar la sombra del otro, para entender que la distancia es a veces la única forma posible de ternura.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.